El pasaje del buen samaritano es uno de los más citados en la nueva pastoral surgida tras el posconcilio. Así lo ha apuntado el Papa emérito Benedicto en su reciente entrevista. Analicemos un poco dicho pasaje para extraer su enseñanza, para lo cual transcribo aquí el texto de la web vaticana:
Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo.
También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió.
Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: "Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver".
¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?». El que tuvo compasión de él», le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: «Ve, y procede tú de la misma manera»
Lc 10, 30ss
El hombre apaleado probablemente era judío, pues dice el texto que bajaba desde Jerusalén a Jericó. El contraste viene dado porque los dos primeros que se lo encuentran medio muerto tras haber sido asaltado también son judíos, o al menos pertenecen a una tradición judía: un sacerdote y un levita.
Sin embargo, quien lo atiende y se hace cargo de él es un samaritano. Los samaritanos y los judíos no se podían ver. De hecho los samaritanos no iban a Jerusalén a hacer sus sacrificios al Templo, sino que tenían su propio santuario en el monte Garizim. Y cuando un judío tenía que viajar hasta Galilea, prefería cruzar el Jordán y bajar por la otra orilla del río, antes que cruzar la Samaría.
Esto se aprecia notablemente en el episodio del encuentro del Señor con la samaritana (Jn 4), en el que le pide de beber. Todos se extrañan de cómo un judío le pide de beber a una samaritana.
Todo esto viene a resaltar en la narración del Señor cómo los propios conciudadanos del apaleado lo ignoran, mientras es el samaritano (el enemigo mortal) el que lo atiende y cuida. Maravillosa la lección del Señor sobre nuestra actuación en la vida, siempre que extraigamos de la parábola la enseñanza que la parábola nos da:
La Parábola del buen samaritano DICE:
- que tenemos que asistir a quien lo necesite, sin fijarnos si es nuestro amigo o enemigo. La parábola dice que bajaba "un hombre" sin aclarar si era judío o no. Esto está claro y siempre lo ha estado: no tenemos excusa para esquivar a la persona que lo necesita.
- la parábola surgen en la boca del Señor para explicar quién es mi prójimo y qué es portarse como prójimo de alguien. Para el judío el único prójimo era otro judío. En el libro del Deuteronomio se dice:"si el asno de tu hermano cae, lo ayudarás a levantarse" (Dt 22, 4)(Ex 23, 5) entendiendo "hermano" como sinónimo de judío. Jesús se distancia de ese concepto y ante la pregunta de qué es necesario para salvarse, dice que el amor a Dios y en segundo lugar, el amor al prójimo.
La Parábola del buen samaritano NO DICE:
- cuando Jesús propone esta parábola y dice que el samaritano actuó como prójimo de un desconocido que había allí, no quiere decir que no tenga que hacer lo mismo si se encuentra a otro samaritano. Hacer decir esto al texto sería absurdo. Si un cristiano se encuentra a un no cristiano apaleado, tiene que socorrerlo, pero si se encuentra a un cristiano también tiene que socorrerlo. Y aquí puede iluminarnos San Pablo: "el que no se ocupa de los suyos, especialmente de los que conviven con él, ha renegado de su fe y es peor que un infiel" (1 Tim 5, 8).
- el buen samaritano, una vez que ha atendido los primeros auxilios del necesitado (la primera noche) deja dinero al posadero y le promete que a la vuelta le pagará lo que haya gastado de más. El samaritano sabe que volverá por ese camino (lo dice él mismo), y suponemos que su viaje se debe a que tiene algunas obligaciones que cumplir (que desconocemos). El samaritano no descuida sus obligaciones pues ambas cosas pueden hacerse a la vez.
- El interés de Jesús no es mostrar hasta qué punto tiene que llegar el samaritano por atender a aquel hombre necesitado, sino simplemente eliminar cualquier traba a que otra persona, distinta a nosotros, sea digna de nuestra atención. El samaritano cuida a la persona lesionada hasta procurar su recuperación, pero no le da las llaves de su casa.
Utilizar la parábola del buen samaritano para justificar cualquier decisión de política internacional es un desatino en nuestro mundo occidental. El buen samaritano nos recuerda que debo amar a todos sin hacer distinciones y atenderlos en sus necesidades sin que tenga que poner en juego mi integridad, ni mi hogar ni mi misión en la vida.
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martes, 26 de abril de 2016
sábado, 15 de febrero de 2014
El futuro de la Iglesia
El futuro de la Iglesia (Ratzinger, 1968)
Lo que dijo Joseph Ratzinger en 1968 acerca de la Iglesia del 2000
Hace poco más de cuarenta años y casi una década antes de ser nombrado obispo por Pablo VI, el entonces sacerdote y profesor de teología en Tubinga y luego Ratisbona, Dr. Joseph Ratzinger, emitía una serie de charlas en un programa radiofónico de su país. La misma ha sido publicado en un libro titulado "Fe y futuro".
...sólo quien se da a sí mismo crea futuro. Quien sólo quiere enseñar, quien sólo desea cambiar a los otros, permanece estéril.
No necesitamos una Iglesia que celebre el culto de la acción en «oraciones» políticas. Es completamente superflua y por eso desaparecerá por sí misma.
Permanecerá la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia que cree en el Dios que se ha hecho ser humano y que nos promete la vida más allá de la muerte.
De la misma manera, el sacerdote que sólo sea un funcionario social puede ser reemplazado por psicoterapeutas y otros especialistas.
Pero seguirá siendo aún necesario el sacerdote que no es especialista, que no se queda al margen cuando aconseja en el ejercicio de su ministerio, sino que en nombre de Dios se pone a disposición de los demás y se entrega a ellos en sus tristezas, sus alegrías, su esperanza y su angustia.
Demos un paso más. También en esta ocasión, de la crisis de hoy surgirá mañana una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio.
Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad.
Se presentará, de un modo mucho más intenso que hasta ahora, como la comunidad de la libre voluntad, a la que sólo se puede acceder a través de una decisión. Como pequeña comunidad, reclamará con mucha más fuerza la iniciativa de cada uno de sus miembros.
Ciertamente conocerá también nuevas formas ministeriales y ordenará sacerdotes a cristianos probados que sigan ejerciendo su profesión: en muchas comunidades más pequeñas y en grupos sociales homogéneos la pastoral se ejercerá normalmente de este modo.
Junto a estas formas seguirá siendo indispensable el sacerdote dedicado por entero al ejercicio del ministerio como hasta ahora. Pero en estos cambios que se pueden suponer, la Iglesia encontrará de nuevo y con toda la determinación lo que es esencial para ella, lo que siempre ha sido su centro: la fe en el Dios trinitario, en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, la ayuda del Espíritu que durará hasta el fin.
La Iglesia reconocerá de nuevo en la fe y en la oración su verdadero centro y experimentará nuevamente los sacramentos como celebración y no como un problema de estructura litúrgica.
Será una Iglesia interiorizada, que no suspira por su mandato político y no flirtea con la izquierda ni con la derecha.
Le resultará muy difícil. En efecto, el proceso de la cristalización y la clarificación le costará también muchas fuerzas preciosas. La hará pobre, la convertirá en una Iglesia de los pequeños. El proceso resultará aún más difícil porque habrá que eliminar tanto la estrechez de miras sectaria como la voluntariedad envalentonada.
Se puede prever que todo esto requerirá tiempo. El proceso será largo y laborioso, al igual que también fue muy largo el camino que llevó de los falsos progresismos, en vísperas de la revolución francesa –cuando también entre los obispos estaba de moda ridiculizar los dogmas y tal vez incluso dar a entender que ni siquiera la existencia de Dios era en modo alguno segura(9)– hasta la renovación del siglo xix.
Pero tras la prueba de estas divisiones surgirá, de una Iglesia interiorizada y simplificada, una gran fuerza, porque los seres humanos serán indeciblemente solitarios en un mundo plenamente planificado.
Experimentarán, cuando Dios haya desaparecido totalmente para ellos, su absoluta y horrible pobreza. Y entonces descubrirán la pequeña comunidad de los creyentes como algo totalmente nuevo. Como una esperanza importante para ellos, como una respuesta que siempre han buscado a tientas.
A mí me parece seguro que a la Iglesia le aguardan tiempos muy difíciles. Su verdadera crisis apenas ha comenzado todavía. Hay que contar con fuertes sacudidas. Pero yo estoy también totalmente seguro de lo que permanecerá al final: no la Iglesia del culto político, que fracasó ya en Gobel, sino la Iglesia de la fe.
Ciertamente ya no será nunca más la fuerza dominante en la sociedad en la medida en que lo era hasta hace poco tiempo. Pero florecerá de nuevo y se hará visible a los seres humanos como la patria que les da vida y esperanza más allá de la muerte.
lunes, 23 de julio de 2012
¿Qué hacer con los hijos cuando los padres se separan o se divorcian?
Me atrevería a decir que esta es una de las situaciones más estresantes y difíciles de superar para los hijos, debido también a la frecuencia con la que se dan estos casos en la vida de hoy.
Y también es una de las circunstancias que más les afectan y les repercute en su modo de enfrentarse a la vida y a su propio crecimiento.
Por ello, los padres que pasan por el trance de separarse o de divorciarse deben prestar extraordinario cuidado con la situación de sus hijos.
Conocemos muchos casos de este tipo y nos atrevemos a hacer unas reflexiones basándonos en lo que hemos visto, de manera reiterada, en la inmensa mayoría de ellos:
1.- Los hijos son la parte más vulnerable de una separación o un divorcio. En estas situaciones aparecen entre dos personas los argumentos y las circunstancias más afiladas y punzantes que pueda uno imaginar. No los vuelvas hacia ellos, no los utilices como arma arrojadiza en vuestros asuntos.
2.- Los niños necesitan sentirse queridos, este es un alimento esencial para el crecimiento sano. Esta es la tarea principal de ser padres, la de ser vehículos y transmisores del amor de Dios. Convierte esta tarea en el centro de tu nueva vida. No veas a tus hijos como parte de un pasado a superar.
3.- Me dices que tienes derecho a rehacer tu vida, a ser feliz, a empezar de nuevo. ¿Has pensado mejor esto?: tienes la obligación de "hacer" la vida de tus hijos; tienes la obligación de hacer felices a tus hijos; tienes la obligación de estar ahí cuando tus hijos "comiencen" sus vidas. Y todo esto por encima de tus necesidades particulares. Ánimo que no es difícil: son tus hijos, ¿no lo harás por ellos?.
4.- No conviertas a tus hijos en un pozo de contemplaciones sin fin. Es fundamental que vosotros, sus padres, trabajéis conjuntamente por su felicidad, no ofreciéndoles caprichos cada vez mayores, "los tuyos sobre los míos". Utilizar los regalos como una espiral de chantajes emocionales, las vacaciones, etc. conduce a un precipicio educativo.
5.- Los hijos de padres separados o divorciados (aunque no sólo ellos) pasan mucho tiempo solos en sus casas. Esto es terrible. La consecuencia inmediata es la ociosidad, las distracciones inoportunas e innecesarias, los vicios que las acompañan, la falta de aprovechamiento en los estudios, la relación indiscriminada con otros amigos por el mero hecho de estar aburridos. Piensa en cómo puedes mejorar o cambiar esto. La labor callada de unos abuelos o de otras personas cercanas es impagable.
6.- Si te has separado o divorciado, eso no quiere decir que hayas renunciado a los valores fundamentales de la sociedad según Dios. Resiste la tentación de complacer a tus hijos en todos los errores de la vida moderna, pensando en que si lo haces, contribuirás a su felicidad (maltrecha por la separación): salidas sin límite, compras compulsivas, móviles que no necesitan, internet indiscriminado, relación con cualquier tipo de personas que se encuentren en las calles.
7.- No pretendas forzar su crecimiento porque a tí te convenga. Pasas por una situación difícil en tu vida y piensas que si tus hijos se hacen mayores pronto, todo mejorará. Pero esto perjudicará tremendamente a tus hijos, porque los habrás sometido a un desarrollo forzado para el que no van a estar preparados. No precipites las etapas de crecimiento.
8.- Imagínate que te obligaran a cambiar de piso cada semana y estuvieras constantemente de un lado para otro. O que te cambiaran de centro de trabajo continuamente, que tu entorno más próximo termine por ser algo lejano porque siempre está cambiando. ¿Por qué lo haces con tus hijos? Cuando la convivencia es imposible, tenemos que darle una solución, claro está. Pero siempre que se pueda, el niño debe mantener su rutina diaria como parte esencial de su vida. Si hoy no encuentras la manera de hacerlo, piensa en cómo lo puedes conseguir el día de mañana.
9.- "Manolo, estás siendo muy exigente conmigo y me pides unas cosas casi irrealizables. Parece que no conoces el mundo de hoy...".
Te contesto: estando vivo y feliz tu matrimonio, si tu hijo hubiera necesitado un riñón tuyo, ¿se lo habrías dado? Seguro que sí. ¿Y si hubiera necesitado tu vida para que él siguiera viviendo, se la habrías dado? Sin pensarlo...
Ahora él necesita otros sacrificios tuyos, ¿se los negarás?. No son cosas fáciles de hacer, como tampoco lo es renunciar a un riñón que puede servirte a tí. ¿Entonces ...?
Muchas personas tratan el tema de los hijos como un capítulo más de un largo documento de acuerdo matrimonial. Trabaja para que esto no sea así. Los hijos son algo central en vuestras vidas.
10.- Benedicto XVI nos ilumina siempre con su doctrina: los divorciados vueltos a casar no están marginados de la Iglesia, sino que pueden vivir su fe plenamente, aunque no puedan acercarse a recibir los sacramentos. Se participa en la Eucaristía si realmente se entra en comunión con el Cuerpo de Cristo. Si la Iglesia te acoge aún en esta situación tan difícil, no pienses que todo está perdido y lleva a tus hijos a Misa, porque Dios no os ha abandonado ni tú le has abandonado a Él.
Qué palabras tan consoladoras las de nuestro Santo Padre.
Cada pareja es un mundo. Es cierto. Y como todo esto depende de la voluntad de dos (no sólo de la mía), muchas de estas cosas son irrealizables porque la otra persona no está en sintonía mental y espiritual conmigo, con lo que yo pienso. Desgraciadamente, es así. ¿Qué puedo hacer?. 1) Haz lo que esté en tu mano, todo lo que puedas hacer. 2) Arrodíllate ante Dios y confía en Él. Sí, no basta la mera pasividad, creer que si yo hago lo que puedo, ya lo he hecho todo. No. Confía en Él, pon esto en sus manos, haz lo que puedas y lánzale la pelota al tejado de Dios, con humildad y amor. Él la recibirá con gusto, porque quiere ayudarte.
Enlaces relacionados:
¿Qué podemos hacer por nuestros hijos?
¿Qué podemos hacer por nuestros hijos cuando crecen?
¿Qué hacer cuando tenemos sequedad de espíritu?
Y también es una de las circunstancias que más les afectan y les repercute en su modo de enfrentarse a la vida y a su propio crecimiento.
Por ello, los padres que pasan por el trance de separarse o de divorciarse deben prestar extraordinario cuidado con la situación de sus hijos.
Conocemos muchos casos de este tipo y nos atrevemos a hacer unas reflexiones basándonos en lo que hemos visto, de manera reiterada, en la inmensa mayoría de ellos:
1.- Los hijos son la parte más vulnerable de una separación o un divorcio. En estas situaciones aparecen entre dos personas los argumentos y las circunstancias más afiladas y punzantes que pueda uno imaginar. No los vuelvas hacia ellos, no los utilices como arma arrojadiza en vuestros asuntos.
2.- Los niños necesitan sentirse queridos, este es un alimento esencial para el crecimiento sano. Esta es la tarea principal de ser padres, la de ser vehículos y transmisores del amor de Dios. Convierte esta tarea en el centro de tu nueva vida. No veas a tus hijos como parte de un pasado a superar.
3.- Me dices que tienes derecho a rehacer tu vida, a ser feliz, a empezar de nuevo. ¿Has pensado mejor esto?: tienes la obligación de "hacer" la vida de tus hijos; tienes la obligación de hacer felices a tus hijos; tienes la obligación de estar ahí cuando tus hijos "comiencen" sus vidas. Y todo esto por encima de tus necesidades particulares. Ánimo que no es difícil: son tus hijos, ¿no lo harás por ellos?.
4.- No conviertas a tus hijos en un pozo de contemplaciones sin fin. Es fundamental que vosotros, sus padres, trabajéis conjuntamente por su felicidad, no ofreciéndoles caprichos cada vez mayores, "los tuyos sobre los míos". Utilizar los regalos como una espiral de chantajes emocionales, las vacaciones, etc. conduce a un precipicio educativo.
5.- Los hijos de padres separados o divorciados (aunque no sólo ellos) pasan mucho tiempo solos en sus casas. Esto es terrible. La consecuencia inmediata es la ociosidad, las distracciones inoportunas e innecesarias, los vicios que las acompañan, la falta de aprovechamiento en los estudios, la relación indiscriminada con otros amigos por el mero hecho de estar aburridos. Piensa en cómo puedes mejorar o cambiar esto. La labor callada de unos abuelos o de otras personas cercanas es impagable.
6.- Si te has separado o divorciado, eso no quiere decir que hayas renunciado a los valores fundamentales de la sociedad según Dios. Resiste la tentación de complacer a tus hijos en todos los errores de la vida moderna, pensando en que si lo haces, contribuirás a su felicidad (maltrecha por la separación): salidas sin límite, compras compulsivas, móviles que no necesitan, internet indiscriminado, relación con cualquier tipo de personas que se encuentren en las calles.
7.- No pretendas forzar su crecimiento porque a tí te convenga. Pasas por una situación difícil en tu vida y piensas que si tus hijos se hacen mayores pronto, todo mejorará. Pero esto perjudicará tremendamente a tus hijos, porque los habrás sometido a un desarrollo forzado para el que no van a estar preparados. No precipites las etapas de crecimiento.
8.- Imagínate que te obligaran a cambiar de piso cada semana y estuvieras constantemente de un lado para otro. O que te cambiaran de centro de trabajo continuamente, que tu entorno más próximo termine por ser algo lejano porque siempre está cambiando. ¿Por qué lo haces con tus hijos? Cuando la convivencia es imposible, tenemos que darle una solución, claro está. Pero siempre que se pueda, el niño debe mantener su rutina diaria como parte esencial de su vida. Si hoy no encuentras la manera de hacerlo, piensa en cómo lo puedes conseguir el día de mañana.
9.- "Manolo, estás siendo muy exigente conmigo y me pides unas cosas casi irrealizables. Parece que no conoces el mundo de hoy...".
Te contesto: estando vivo y feliz tu matrimonio, si tu hijo hubiera necesitado un riñón tuyo, ¿se lo habrías dado? Seguro que sí. ¿Y si hubiera necesitado tu vida para que él siguiera viviendo, se la habrías dado? Sin pensarlo...
Ahora él necesita otros sacrificios tuyos, ¿se los negarás?. No son cosas fáciles de hacer, como tampoco lo es renunciar a un riñón que puede servirte a tí. ¿Entonces ...?
Muchas personas tratan el tema de los hijos como un capítulo más de un largo documento de acuerdo matrimonial. Trabaja para que esto no sea así. Los hijos son algo central en vuestras vidas.
10.- Benedicto XVI nos ilumina siempre con su doctrina: los divorciados vueltos a casar no están marginados de la Iglesia, sino que pueden vivir su fe plenamente, aunque no puedan acercarse a recibir los sacramentos. Se participa en la Eucaristía si realmente se entra en comunión con el Cuerpo de Cristo. Si la Iglesia te acoge aún en esta situación tan difícil, no pienses que todo está perdido y lleva a tus hijos a Misa, porque Dios no os ha abandonado ni tú le has abandonado a Él.
Qué palabras tan consoladoras las de nuestro Santo Padre.
Cada pareja es un mundo. Es cierto. Y como todo esto depende de la voluntad de dos (no sólo de la mía), muchas de estas cosas son irrealizables porque la otra persona no está en sintonía mental y espiritual conmigo, con lo que yo pienso. Desgraciadamente, es así. ¿Qué puedo hacer?. 1) Haz lo que esté en tu mano, todo lo que puedas hacer. 2) Arrodíllate ante Dios y confía en Él. Sí, no basta la mera pasividad, creer que si yo hago lo que puedo, ya lo he hecho todo. No. Confía en Él, pon esto en sus manos, haz lo que puedas y lánzale la pelota al tejado de Dios, con humildad y amor. Él la recibirá con gusto, porque quiere ayudarte.
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martes, 3 de julio de 2012
Las homilías del Bautismo de S.S. Benedicto XVI
Siempre tenemos que agradecer a Dios, el Señor, su providencia para con nosotros. Y en este caso, especialmente, el que nos haya dado un Pastor de la calidad moral, pastoral e intelectual de S.S. Benedicto XVI.
Muchos serían sus logros en el ámbito litúrgico y de catequesis para con la Iglesia de Dios. Pero en este caso me voy a referir al compendio de homilías sobre el Bautismo que año tras año nos viene regalando en distintos momentos del año litúrgico, concretamente en la Festividad del Bautismo del Señor, en la que imparte el Bautismo a niños recién nacidos, y en la celebración de la Pascua, en la que administra el mismo sacramento a neófitos adultos que se incorporan a la Iglesia en la celebración más importante del año cristiano.
Sus homilías sobre el Bautismo tienen la cualidad de la claridad de ideas y la riqueza de matices que nos proporciona siempre el Santo Padre. El Bautismo es la puerta que nos abre la salvación, es el primer paso que ha de dar el cristiano que se acerca a su Maestro, es el cimiento, fundamento y origen de lo que somos.
Por esa razón, el Santo Padre da esta relevancia al sacramento de la iniciación cristiana, pues a él deberíamos referirnos siempre durante toda nuestra vida hasta el final.
He recopilado en un sólo documento en formato pdf las homilías de Benedicto XVI desde 2006 hasta 2012 tanto de ambas celebraciones mencionadas, como la Lectio Divina impartida por Su Santidad en San Juan de Letrán el 11 de junio de 2012 con motivo del congreso celebrado en la diócesis de Roma sobre el Bautismo y su pastoral.
Pueden descargarlo desde el enlace que coloco más abajo.
Homilías sobre el Bautismo de Benedicto XVI (pdf, 344 kb)
Enlaces relacionados:
Los regalos misteriosos de Dios
Formas de la adoración eucarística
¿Cuál es la verdadera libertad?
Muchos serían sus logros en el ámbito litúrgico y de catequesis para con la Iglesia de Dios. Pero en este caso me voy a referir al compendio de homilías sobre el Bautismo que año tras año nos viene regalando en distintos momentos del año litúrgico, concretamente en la Festividad del Bautismo del Señor, en la que imparte el Bautismo a niños recién nacidos, y en la celebración de la Pascua, en la que administra el mismo sacramento a neófitos adultos que se incorporan a la Iglesia en la celebración más importante del año cristiano.
Sus homilías sobre el Bautismo tienen la cualidad de la claridad de ideas y la riqueza de matices que nos proporciona siempre el Santo Padre. El Bautismo es la puerta que nos abre la salvación, es el primer paso que ha de dar el cristiano que se acerca a su Maestro, es el cimiento, fundamento y origen de lo que somos.
Por esa razón, el Santo Padre da esta relevancia al sacramento de la iniciación cristiana, pues a él deberíamos referirnos siempre durante toda nuestra vida hasta el final.
He recopilado en un sólo documento en formato pdf las homilías de Benedicto XVI desde 2006 hasta 2012 tanto de ambas celebraciones mencionadas, como la Lectio Divina impartida por Su Santidad en San Juan de Letrán el 11 de junio de 2012 con motivo del congreso celebrado en la diócesis de Roma sobre el Bautismo y su pastoral.
Pueden descargarlo desde el enlace que coloco más abajo.
Homilías sobre el Bautismo de Benedicto XVI (pdf, 344 kb)
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Los regalos misteriosos de Dios
Formas de la adoración eucarística
¿Cuál es la verdadera libertad?
lunes, 26 de septiembre de 2011
Te escuchamos
Con estas palabras la juventud del mundo recibía a S.S. Benedicto XVI el pasado mes de Agosto.
Con esas mismas palabras nos acercamos al Santo Padre para nutrirnos en la fe y en vida espiritual para nuestro caminar.
Pero no basta con escuchar. Es necesario que nos dejemos cambiar por la Palabra de Dios, sin desanimarnos, sin perder la paz, obstinados en amar.
Escuchar es el primer paso; nos queda andar por la vida de acuerdo con Jesús, con su ayuda y su misericordia.
Estas imágenes nos ayudan a recordar aquellos momentos y actualizarlos para que su mensaje quede impreso en nuestras mentes.
Enlaces relacionados:
jueves, 18 de agosto de 2011
BIENVENIDO, BENEDICTO XVI
Los jóvenes, España y el mundo necesitamos escuchar la Palabra de Cristo que nos trae Benedicto XVI.
Web oficial de la JMJ 2011
martes, 2 de agosto de 2011
De la homilía de Pentecostés de Benedicto XVI - 2011
La Fiesta de la Creación
En la liturgia de Pentecostés, a la narración de los Hechos de los Apóstoles sobre el nacimiento de la Iglesia (cf. Hch 2, 1‐11) corresponde el salmo 103 que hemos escuchado: una alabanza de toda la creación, que exalta al Espíritu Creador que lo hizo todo con sabiduría: «¡Cuántas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con sabiduría! La tierra está llena de tus criaturas... ¡Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras!» (Sal 103, 24.31). Lo que quiere decirnos la Iglesia es esto: el Espíritu creador de todas las cosas y el Espíritu Santo que Cristo hizo descender desde el Padre sobre la comunidad de los discípulos son uno y el mismo: creación y redención se pertenecen mutuamente y constituyen, en el fondo, un único misterio de amor y de salvación. El Espíritu Santo es ante todo Espíritu Creador y por tanto Pentecostés es también fiesta de la creación.
Jesús es Señor
El Espíritu Santo es Aquel que nos hace reconocer en Cristo al Señor, y nos hace pronunciar la profesión de fe de la Iglesia: «Jesús es el Señor» (cf. 1 Co 12, 3b). Señor es el título atribuido a Dios en el Antiguo Testamento, título que en la lectura de la Biblia tomaba el lugar de su nombre impronunciable. El Credo de la Iglesia no es sino el desarrollo de lo que se dice con esta sencilla afirmación: «Jesús es Señor»...
El Espíritu Santo, vida de la Iglesia
...El Espíritu Santo es Creador, es al mismo tiempo Espíritu de Jesucristo, pero de modo que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo y único Dios. Y a la luz de la primera lectura podemos añadir: el Espíritu Santo anima a la Iglesia. Esta no procede de la voluntad humana, de la reflexión, de la habilidad del hombre o de su capacidad organizativa, pues, si fuese así, ya se habría extinguido desde hace mucho tiempo, como sucede con todo lo humano. La Iglesia, en cambio, es el Cuerpo de Cristo, animado por el Espíritu Santo...
Para leer la homilía completa en castellano, seleccione este enlace.
Enlaces relacionados:
La inhabitación de las personas de la Trinidad
¿Cuál es la verdadera libertad?
Él no quita nada y lo da todo
En la liturgia de Pentecostés, a la narración de los Hechos de los Apóstoles sobre el nacimiento de la Iglesia (cf. Hch 2, 1‐11) corresponde el salmo 103 que hemos escuchado: una alabanza de toda la creación, que exalta al Espíritu Creador que lo hizo todo con sabiduría: «¡Cuántas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con sabiduría! La tierra está llena de tus criaturas... ¡Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras!» (Sal 103, 24.31). Lo que quiere decirnos la Iglesia es esto: el Espíritu creador de todas las cosas y el Espíritu Santo que Cristo hizo descender desde el Padre sobre la comunidad de los discípulos son uno y el mismo: creación y redención se pertenecen mutuamente y constituyen, en el fondo, un único misterio de amor y de salvación. El Espíritu Santo es ante todo Espíritu Creador y por tanto Pentecostés es también fiesta de la creación.
Jesús es Señor
El Espíritu Santo es Aquel que nos hace reconocer en Cristo al Señor, y nos hace pronunciar la profesión de fe de la Iglesia: «Jesús es el Señor» (cf. 1 Co 12, 3b). Señor es el título atribuido a Dios en el Antiguo Testamento, título que en la lectura de la Biblia tomaba el lugar de su nombre impronunciable. El Credo de la Iglesia no es sino el desarrollo de lo que se dice con esta sencilla afirmación: «Jesús es Señor»...
El Espíritu Santo, vida de la Iglesia
...El Espíritu Santo es Creador, es al mismo tiempo Espíritu de Jesucristo, pero de modo que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo y único Dios. Y a la luz de la primera lectura podemos añadir: el Espíritu Santo anima a la Iglesia. Esta no procede de la voluntad humana, de la reflexión, de la habilidad del hombre o de su capacidad organizativa, pues, si fuese así, ya se habría extinguido desde hace mucho tiempo, como sucede con todo lo humano. La Iglesia, en cambio, es el Cuerpo de Cristo, animado por el Espíritu Santo...
Para leer la homilía completa en castellano, seleccione este enlace.
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sábado, 25 de junio de 2011
Recursos de la Jornada Mundial de la Juventud 2011 - Madrid
Recursos de internet para la Jornada Mundial de la Juventud 2011 que se celebrará en Madrid:
Web Oficial
La JMJ-11 en Wikipedia
La JMJ-11 en Facebook
La JMJ-11 en Twitter
Inscripción en la JMJ
La Asociación Revaloria con la JMJ-11
Blog con información sobre la JMJ-11
Noticias sobre la JMJ-11
Enlaces relacionados:
¿Cuál es la verdadera libertad?
El verdadero tesoro de la Iglesia
Nueva edición de la Biblia
Web Oficial
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Inscripción en la JMJ
La Asociación Revaloria con la JMJ-11
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Noticias sobre la JMJ-11
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viernes, 19 de junio de 2009
Carta a los sacerdotes, de Benedicto XVI
Queridos hermanos en el Sacerdocio:
He resuelto convocar oficialmente un “Año Sacerdotal” con ocasión del 150 aniversario del “dies natalis” de Juan María Vianney, el Santo Patrón de todos los párrocos del mundo, que comenzará el viernes 19 de junio de 2009, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús –jornada tradicionalmente dedicada a la oración por la santificación del clero–.[1] Este año desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo, y se concluirá en la misma solemnidad de 2010.
“El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”, repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars.[2] Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de “amigos de Cristo”, llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?
Todavía conservo en el corazón el recuerdo del primer párroco con el que comencé mi ministerio como joven sacerdote: fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas al propio ministerio pastoral, llegando a morir cuando llevaba el viático a un enfermo grave. También repaso los innumerables hermanos que he conocido a lo largo de mi vida y últimamente en mis viajes pastorales a diversas naciones, comprometidos generosamente en el ejercicio cotidiano de su ministerio sacerdotal.
Pero la expresión utilizada por el Santo Cura de Ars evoca también la herida abierta en el Corazón de Cristo y la corona de espinas que lo circunda. Y así, pienso en las numerosas situaciones de sufrimiento que aquejan a muchos sacerdotes, porque participan de la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones o por las incomprensiones de los destinatarios mismos de su ministerio: ¿Cómo no recordar tantos sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados en su misión, a veces incluso perseguidos hasta ofrecer el supremo testimonio de la sangre?
Sin embargo, también hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En estos casos, es el mundo el que sufre el escándalo y el abandono. Ante estas situaciones, lo más conveniente para la Iglesia no es tanto resaltar escrupulosamente las debilidades de sus ministros, cuanto renovar el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios, plasmado en espléndidas figuras de Pastores generosos, religiosos llenos de amor a Dios y a las almas, directores espirituales clarividentes y pacientes. En este sentido, la enseñanza y el ejemplo de san Juan María Vianney pueden ofrecer un punto de referencia significativo. El Cura de Ars era muy humilde, pero consciente de ser, como sacerdote, un inmenso don para su gente: “Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”.[3] Hablaba del sacerdocio como si no fuera posible llegar a percibir toda la grandeza del don y de la tarea confiados a una criatura humana: “¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría… Dios le obedece: pronuncia dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia…”.[4] Explicando a sus fieles la importancia de los sacramentos decía: “Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas nacidos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma llegase a morir [a causa del pecado], ¿quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? También el sacerdote… ¡Después de Dios, el sacerdote lo es todo!... Él mismo sólo lo entenderá en el cielo”.[5] Estas afirmaciones, nacidas del corazón sacerdotal del santo párroco, pueden parecer exageradas. Sin embargo, revelan la altísima consideración en que tenía el sacramento del sacerdocio. Parecía sobrecogido por un inmenso sentido de la responsabilidad: “Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor… Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra… ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes… Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán a las bestias… El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para vosotros”.[6]
Llegó a Ars, una pequeña aldea de 230 habitantes, advertido por el Obispo sobre la precaria situación religiosa: “No hay mucho amor de Dios en esa parroquia; usted lo pondrá”. Bien sabía él que tendría que encarnar la presencia de Cristo dando testimonio de la ternura de la salvación: “Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida”. Con esta oración comenzó su misión.[7] El Santo Cura de Ars se dedicó a la conversión de su parroquia con todas sus fuerzas, insistiendo por encima de todo en la formación cristiana del pueblo que le había sido confiado.
Queridos hermanos en el Sacerdocio, pidamos al Señor Jesús la gracia de aprender también nosotros el método pastoral de san Juan María Vianney. En primer lugar, su total identificación con el propio ministerio. En Jesús, Persona y Misión tienden a coincidir: toda su obra salvífica era y es expresión de su “Yo filial”, que está ante el Padre, desde toda la eternidad, en actitud de amorosa sumisión a su voluntad. De modo análogo y con toda humildad, también el sacerdote debe aspirar a esta identificación. Aunque no se puede olvidar que la eficacia sustancial del ministerio no depende de la santidad del ministro, tampoco se puede dejar de lado la extraordinaria fecundidad que se deriva de la confluencia de la santidad objetiva del ministerio con la subjetiva del ministro. El Cura de Ars emprendió en seguida esta humilde y paciente tarea de armonizar su vida como ministro con la santidad del ministerio confiado, “viviendo” incluso materialmente en su Iglesia parroquial: “En cuanto llegó, consideró la Iglesia como su casa… Entraba en la Iglesia antes de la aurora y no salía hasta después del Angelus de la tarde. Si alguno tenía necesidad de él, allí lo podía encontrar”, se lee en su primera biografía.[8]
La devota exageración del piadoso hagiógrafo no nos debe hacer perder de vista que el Santo Cura de Ars también supo “hacerse presente” en todo el territorio de su parroquia: visitaba sistemáticamente a los enfermos y a las familias; organizaba misiones populares y fiestas patronales; recogía y administraba dinero para sus obras de caridad y para las misiones; adornaba la iglesia y la dotaba de paramentos sacerdotales; se ocupaba de las niñas huérfanas de la “Providence” (un Instituto que fundó) y de sus formadoras; se interesaba por la educación de los niños; fundaba hermandades y llamaba a los laicos a colaborar con él.
Su ejemplo me lleva a poner de relieve los ámbitos de colaboración en los que se debe dar cada vez más cabida a los laicos, con los que los presbíteros forman un único pueblo sacerdotal[9] y entre los cuales, en virtud del sacerdocio ministerial, están puestos “para llevar a todos a la unidad del amor: ‘amándose mutuamente con amor fraterno, rivalizando en la estima mutua’ (Rm 12, 10)”.[10] En este contexto, hay que tener en cuenta la encarecida recomendación del Concilio Vaticano II a los presbíteros de “reconocer sinceramente y promover la dignidad de los laicos y la función que tienen como propia en la misión de la Iglesia… Deben escuchar de buena gana a los laicos, teniendo fraternalmente en cuenta sus deseos y reconociendo su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, para poder junto con ellos reconocer los signos de los tiempos”.[11]
El Santo Cura de Ars enseñaba a sus parroquianos sobre todo con el testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían los fieles a orar, acudiendo con gusto al sagrario para hacer una visita a Jesús Eucaristía.[12] “No hay necesidad de hablar mucho para orar bien”, les enseñaba el Cura de Ars. “Sabemos que Jesús está allí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración”.[13] Y les persuadía: “Venid a comulgar, hijos míos, venid donde Jesús. Venid a vivir de Él para poder vivir con Él…”.[14] “Es verdad que no sois dignos, pero lo necesitáis”.[15] Dicha educación de los fieles en la presencia eucarística y en la comunión era particularmente eficaz cuando lo veían celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. Los que asistían decían que “no se podía encontrar una figura que expresase mejor la adoración… Contemplaba la hostia con amor”.[16] Les decía: “Todas las buenas obras juntas no son comparables al Sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres, mientras la Santa Misa es obra de Dios”.[17] Estaba convencido de que todo el fervor en la vida de un sacerdote dependía de la Misa: “La causa de la relajación del sacerdote es que descuida la Misa. Dios mío, ¡qué pena el sacerdote que celebra como si estuviese haciendo algo ordinario!”.[18] Siempre que celebraba, tenía la costumbre de ofrecer también la propia vida como sacrificio: “¡Cómo aprovecha a un sacerdote ofrecerse a Dios en sacrificio todas las mañanas!”.[19]
Esta identificación personal con el Sacrificio de la Cruz lo llevaba –con una sola moción interior– del altar al confesonario. Los sacerdotes no deberían resignarse nunca a ver vacíos sus confesonarios ni limitarse a constatar la indiferencia de los fieles hacia este sacramento. En Francia, en tiempos del Santo Cura de Ars, la confesión no era ni más fácil ni más frecuente que en nuestros días, pues el vendaval revolucionario había arrasado desde hacía tiempo la práctica religiosa. Pero él intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus parroquianos redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de la presencia eucarística. Supo iniciar así un “círculo virtuoso”. Con su prolongado estar ante el sagrario en la Iglesia, consiguió que los fieles comenzasen a imitarlo, yendo a visitar a Jesús, seguros de que allí encontrarían también a su párroco, disponible para escucharlos y perdonarlos. Al final, una muchedumbre cada vez mayor de penitentes, provenientes de toda Francia, lo retenía en el confesonario hasta 16 horas al día. Se comentaba que Ars se había convertido en “el gran hospital de las almas”.[20] Su primer biógrafo afirma: “La gracia que conseguía [para que los pecadores se convirtiesen] era tan abundante que salía en su búsqueda sin dejarles un momento de tregua”.[21] En este mismo sentido, el Santo Cura de Ars decía: “No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él”.[22] “Este buen Salvador está tan lleno de amor que nos busca por todas partes”.[23]
Todos los sacerdotes hemos de considerar como dirigidas personalmente a nosotros aquellas palabras que él ponía en boca de Jesús: “Encargaré a mis ministros que anuncien a los pecadores que estoy siempre dispuesto a recibirlos, que mi misericordia es infinita”.[24] Los sacerdotes podemos aprender del Santo Cura de Ars no sólo una confianza infinita en el sacramento de la Penitencia, que nos impulse a ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones pastorales, sino también el método del “diálogo de salvación” que en él se debe entablar. El Cura de Ars se comportaba de manera diferente con cada penitente. Quien se acercaba a su confesonario con una necesidad profunda y humilde del perdón de Dios, encontraba en él palabras de ánimo para sumergirse en el “torrente de la divina misericordia” que arrastra todo con su fuerza. Y si alguno estaba afligido por su debilidad e inconstancia, con miedo a futuras recaídas, el Cura de Ars le revelaba el secreto de Dios con una expresión de una belleza conmovedora: “El buen Dios lo sabe todo. Antes incluso de que se lo confeséis, sabe ya que pecaréis nuevamente y sin embargo os perdona. ¡Qué grande es el amor de nuestro Dios que le lleva incluso a olvidar voluntariamente el futuro, con tal de perdonarnos!”.[25] A quien, en cambio, se acusaba de manera fría y casi indolente, le mostraba, con sus propias lágrimas, la evidencia seria y dolorosa de lo “abominable” de su actitud: “Lloro porque vosotros no lloráis”,[26] decía. “Si el Señor no fuese tan bueno… pero lo es. Hay que ser un bárbaro para comportarse de esta manera ante un Padre tan bueno”.[27] Provocaba el arrepentimiento en el corazón de los tibios, obligándoles a ver con sus propios ojos el sufrimiento de Dios por los pecados como “encarnado” en el rostro del sacerdote que los confesaba. Si alguno manifestaba deseos y actitudes de una vida espiritual más profunda, le mostraba abiertamente las profundidades del amor, explicándole la inefable belleza de vivir unidos a Dios y estar en su presencia: “Todo bajo los ojos de Dios, todo con Dios, todo para agradar a Dios… ¡Qué maravilla!”.[28] Y les enseñaba a orar: “Dios mío, concédeme la gracia de amarte tanto cuanto yo sea capaz”.[29]
El Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio y un testimonio similar de la verdad del Amor: Deus caritas est (1 Jn 4, 8). Con la Palabra y con los Sacramentos de su Jesús, Juan María Vianney edificaba a su pueblo, aunque a veces se agitaba interiormente porque no se sentía a la altura, hasta el punto de pensar muchas veces en abandonar las responsabilidades del ministerio parroquial para el que se sentía indigno. Sin embargo, con un sentido de la obediencia ejemplar, permaneció siempre en su puesto, porque lo consumía el celo apostólico por la salvación de las almas. Se entregaba totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa: “La mayor desgracia para nosotros los párrocos –deploraba el Santo– es que el alma se endurezca”; con esto se refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en que viven muchas de sus ovejas.[30] Dominaba su cuerpo con vigilias y ayunos para evitar que opusiera resistencia a su alma sacerdotal. Y se mortificaba voluntariamente en favor de las almas que le habían sido confiadas y para unirse a la expiación de tantos pecados oídos en confesión. A un hermano sacerdote, le explicaba: “Le diré cuál es mi receta: doy a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos”.[31] Más allá de las penitencias concretas que el Cura de Ars hacía, el núcleo de su enseñanza sigue siendo en cualquier caso válido para todos: las almas cuestan la sangre de Cristo y el sacerdote no puede dedicarse a su salvación sin participar personalmente en el “alto precio” de la redención.
En la actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars, es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico. Pablo VI ha observado oportunamente: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio”.[32] Para que no nos quedemos existencialmente vacíos, comprometiendo con ello la eficacia de nuestro ministerio, debemos preguntarnos constantemente: “¿Estamos realmente impregnados por la palabra de Dios? ¿Es ella en verdad el alimento del que vivimos, más que lo que pueda ser el pan y las cosas de este mundo? ¿La conocemos verdaderamente? ¿La amamos? ¿Nos ocupamos interiormente de esta palabra hasta el punto de que realmente deja una impronta en nuestra vida y forma nuestro pensamiento?”.[33] Así como Jesús llamó a los Doce para que estuvieran con Él (cf. Mc 3, 14), y sólo después los mandó a predicar, también en nuestros días los sacerdotes están llamados a asimilar el “nuevo estilo de vida” que el Señor Jesús inauguró y que los Apóstoles hicieron suyo.[34]
La identificación sin reservas con este “nuevo estilo de vida” caracterizó la dedicación al ministerio del Cura de Ars. El Papa Juan XXIII en la Carta encíclica Sacerdotii nostri primordia, publicada en 1959, en el primer centenario de la muerte de san Juan María Vianney, presentaba su fisonomía ascética refiriéndose particularmente a los tres consejos evangélicos, considerados como necesarios también para los presbíteros: “Y, si para alcanzar esta santidad de vida, no se impone al sacerdote, en virtud del estado clerical, la práctica de los consejos evangélicos, ciertamente que a él, y a todos los discípulos del Señor, se le presenta como el camino real de la santificación cristiana”.[35] El Cura de Ars supo vivir los “consejos evangélicos” de acuerdo a su condición de presbítero. En efecto, su pobreza no fue la de un religioso o un monje, sino la que se pide a un sacerdote: a pesar de manejar mucho dinero (ya que los peregrinos más pudientes se interesaban por sus obras de caridad), era consciente de que todo era para su iglesia, sus pobres, sus huérfanos, sus niñas de la “Providence”,[36] sus familias más necesitadas. Por eso “era rico para dar a los otros y era muy pobre para sí mismo”.[37] Y explicaba: “Mi secreto es simple: dar todo y no conservar nada”.[38] Cuando se encontraba con las manos vacías, decía contento a los pobres que le pedían: “Hoy soy pobre como vosotros, soy uno de vosotros”.[39] Así, al final de su vida, pudo decir con absoluta serenidad: “No tengo nada… Ahora el buen Dios me puede llamar cuando quiera”.[40] También su castidad era la que se pide a un sacerdote para su ministerio. Se puede decir que era la castidad que conviene a quien debe tocar habitualmente con sus manos la Eucaristía y contemplarla con todo su corazón arrebatado y con el mismo entusiasmo la distribuye a sus fieles. Decían de él que “la castidad brillaba en su mirada”, y los fieles se daban cuenta cuando clavaba la mirada en el sagrario con los ojos de un enamorado.[41] También la obediencia de san Juan María Vianney quedó plasmada totalmente en la entrega abnegada a las exigencias cotidianas de su ministerio. Se sabe cuánto le atormentaba no sentirse idóneo para el ministerio parroquial y su deseo de retirarse “a llorar su pobre vida, en soledad”.[42] Sólo la obediencia y la pasión por las almas conseguían convencerlo para seguir en su puesto. A los fieles y a sí mismo explicaba: “No hay dos maneras buenas de servir a Dios. Hay una sola: servirlo como Él quiere ser servido”.[43] Consideraba que la regla de oro para una vida obediente era: “Hacer sólo aquello que puede ser ofrecido al buen Dios”.[44]
En el contexto de la espiritualidad apoyada en la práctica de los consejos evangélicos, me complace invitar particularmente a los sacerdotes, en este Año dedicado a ellos, a percibir la nueva primavera que el Espíritu está suscitando en nuestros días en la Iglesia, a la que los Movimientos eclesiales y las nuevas Comunidades han contribuido positivamente. “El Espíritu es multiforme en sus dones… Él sopla donde quiere. Lo hace de modo inesperado, en lugares inesperados y en formas nunca antes imaginadas… Él quiere vuestra multiformidad y os quiere para el único Cuerpo”.[45] A este propósito vale la indicación del Decreto Presbyterorum ordinis: “Examinando los espíritus para ver si son de Dios, [los presbíteros] han de descubrir mediante el sentido de la fe los múltiples carismas de los laicos, tanto los humildes como los más altos, reconocerlos con alegría y fomentarlos con empeño”.[46] Dichos dones, que llevan a muchos a una vida espiritual más elevada, pueden hacer bien no sólo a los fieles laicos sino también a los ministros mismos. La comunión entre ministros ordenados y carismas “puede impulsar un renovado compromiso de la Iglesia en el anuncio y en el testimonio del Evangelio de la esperanza y de la caridad en todos los rincones del mundo”.[47] Quisiera añadir además, en línea con la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis del Papa Juan Pablo II, que el ministerio ordenado tiene una radical “forma comunitaria” y sólo puede ser desempeñado en la comunión de los presbíteros con su Obispo.[48] Es necesario que esta comunión entre los sacerdotes y con el propio Obispo, basada en el sacramento del Orden y manifestada en la concelebración eucarística, se traduzca en diversas formas concretas de fraternidad sacerdotal efectiva y afectiva.[49] Sólo así los sacerdotes sabrán vivir en plenitud el don del celibato y serán capaces de hacer florecer comunidades cristianas en las cuales se repitan los prodigios de la primera predicación del Evangelio.
El Año Paulino que está por concluir orienta nuestro pensamiento también hacia el Apóstol de los gentiles, en quien podemos ver un espléndido modelo sacerdotal, totalmente “entregado” a su ministerio. “Nos apremia el amor de Cristo –escribía-, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron” (2 Co 5, 14). Y añadía: “Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos” (2 Co 5, 15). ¿Qué mejor programa se podría proponer a un sacerdote que quiera avanzar en el camino de la perfección cristiana?
Queridos sacerdotes, la celebración del 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney (1859) viene inmediatamente después de las celebraciones apenas concluidas del 150 aniversario de las apariciones de Lourdes (1858). Ya en 1959, el Beato Papa Juan XXIII había hecho notar: “Poco antes de que el Cura de Ars terminase su carrera tan llena de méritos, la Virgen Inmaculada se había aparecido en otra región de Francia a una joven humilde y pura, para comunicarle un mensaje de oración y de penitencia, cuya inmensa resonancia espiritual es bien conocida desde hace un siglo. En realidad, la vida de este sacerdote cuya memoria celebramos, era anticipadamente una viva ilustración de las grandes verdades sobrenaturales enseñadas a la vidente de Massabielle. Él mismo sentía una devoción vivísima hacia la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen; él, que ya en 1836 había consagrado su parroquia a María concebida sin pecado, y que con tanta fe y alegría había de acoger la definición dogmática de 1854”.[50] El Santo Cura de Ars recordaba siempre a sus fieles que “Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir de su Santa Madre”.[51]
Confío este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars. Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado, Juan María Vianney alimentó su entrega cotidiana sin reservas a Dios y a la Iglesia. Que su ejemplo fomente en los sacerdotes el testimonio de unidad con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan necesario hoy como siempre. A pesar del mal que hay en el mundo, conservan siempre su actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos en el Cenáculo: “En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). La fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con confianza el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz.
Con mi bendición.
Vaticano, 16 de junio de 2009.
viernes, 10 de abril de 2009
Amor y verdad en Dios: homilía de S.S. Benedicto XVI en la misa crismal 2009
En la Misa crismal celebrada en la Basílica de San Pedro el pasado Jueves Santo 9 de abril, el Santo Padre nos ha dejado una lección del significado de la santificación y consagración del sacerdote como ministro que participa del sacerdocio de Cristo.
El Papa nos recuerda que en Dios amor y verdad son una misma cosa, y nos brinda su magisterio sobre la verdad en Él. También reflexiona sobre el carácter exigente de la verdad en la vida del consagrado. Cómo la oración es el camino de unión personal con Cristo.
Él cuenta una anécdota personal del día de su ordenación sacerdotal, en el que buscando un texto bíblico en el que reafirmar su sacerdocio, se encontró con el texto de Juan: "Santíficalos en la verdad; tu palabra es verdad", en cuya meditación encontró el sentido de la santificación y entrega del sacerdote, no sólo a través de los ritos (que son necesarios), sino a través de la inserción personal en Él.
Aunque el Papa no lo declara expresamente, pues se dirige a una asamblea fundamentalmente compuesta por sacerdotes en el día de la renovación de sus promesas, todo cristiano puede aprovechar estas reflexiones para ser aplicadas, mutatis mutandi, al sacerdocio común de todos los bautizados, en cuanto por él nos sentimos unidos de una manera especial a Cristo nuestro Señor, y participamos también de su sacerdocio mediante la entrega de nuestras vidas, aunque no en el modo ministerial.
Adjunto un enlace para descargar en formato pdf el texto íntegro de la homilía, tomado de la página web de Aciprensa, de la que recomiendo su lectura. Para poder visualizarlo, es necesario tener instalado el Acrobat Reader.
Enlaces relacionados:
¿Cuál es el verdadero tesoro de la Iglesia? (15-Marzo-2009)
Carta del Papa Benedicto XVI a los obispos del mundo (12-Marzo-2009)
Reflexiones del Papa Benedicto XVI sobre la verdadera libertad (28-Febrero-2009).
domingo, 15 de marzo de 2009
¿Cuál es el verdadero tesoro de la Iglesia?
Desde el 30 de septiembre al 27 de octubre de 2001 se celebró en Roma el Sínodo de los Obispos para estudiar el papel del ministerio episcopal en la Iglesia de hoy.
En una de sus intervenciones, el Cardenal Joseph Ratzinger, hoy S.S. Benedicto XVI, expresó una idea digna de reflexión: "La fe es el verdadero tesoro de la Iglesia."
Muchas veces pensamos en los grandísimos tesoros que tenemos en la Iglesia, y nos olvidamos de la fe. Damos por hecho que creemos, pero vemos que nuestra fe es débil y superficial. Recibimos el bautismo cuando éramos niños privados del uso de razón, y vemos hoy nuestra incorporación a la Iglesia como un documento oficial en el que se certifica que estamos bautizados. Nada más.
¿Somos conscientes de que la fe es el verdadero tesoro de la Iglesia?
Si no hemos vivido y alimentado nuestra fe en el día a día de nuestra vida, podremos comprobar cómo esa fe incipiente se va debilitando y agostando, cuando no tergiversando y torciendo. Existe el riesgo de convertir nuestra vida de fe en un inmenso espectáculo en el que se suceden escenas en nuestra cabeza que todos conocemos de la vida de Jesús, de la Virgen, de la Historia de la Iglesia, con las que incluso nos sentimos unidos de alguna forma, pero que no han calado en nuestra existencia.
Seguimos siendo meros espectadores y no hemos dado el paso para convertirnos en protagonistas de nuestra vida de santidad. Por la fe no sólo tenemos que contemplar a Jesús, sino injertarnos en Él para vivir como Él y amarlo infinitamente. Por la fe podemos vivir el amor de la Madre que nos protege y nos abraza. Y por la fe podemos sentirnos hijos de Dios y experimentarlo en la comunidad que nos acoge y alimenta que es la Iglesia.
Pero todo esto lo damos por supuesto o, simplemente, lo ignoramos. La fe puede movernos a lo más alto, pero solemos quedarnos en la mediocridad. Quizás esto ocurra porque no prestamos atención suficiente a lo esencial de nuestra fe:
- La fe es don que se nos da, pero al que tenemos que dar una respuesta, dado que Dios respeta nuestra libertad: ¿damos esa respuesta con nuestra vida, o sólo con nuestros labios?
- Fides ex auditu (Rm 10, 17), la fe que nace de lo oído, de la predicación: ¿hemos estado atentos a la predicación que hemos recibido, o nos hemos limitado a poner una barrera en nuestro corazón en función de que me guste más o menos el predicador que me la transmite, o de la belleza de sus palabras?
- El objeto de nuestra fe como hecho histórico, no como hecho atemporal: ¿somos conscientes de que nuestra fe está encarnada en la Historia, mostrada a nosotros por hechos históricos para nuestro bien? Jesús vivió, murió y resucitó, todos ellos hechos comprobables por los que vivieron junto a Él. ¿Nos dice algo especial esto para nuestra vida?
Podemos afirmar sin duda, guiados de la mano de nuestro Papa, que la fe es el verdadero tesoro de la Iglesia, fundamento de todo nuestro existir y que, como cimiento que es, deberíamos construir con firmeza y cuidar con esmero.
Otros enlaces:
¿Por qué el auge de la misa tridentina?
Cristo, la verdad
Sobre la Virgen de Guadalupe: las ideas claras
jueves, 12 de marzo de 2009
Carta del Papa Benedicto XVI a los obispos del mundo
Hoy mismo acaba de ver la luz la carta de S.S. Benedicto XVI a los obispos de la Iglesia sobre la remisión de la excomunión de los cuatro obispos consagrados por el Arzobispo Lefebvre.
La carta, cuya lectura recomiendo en este enlace, nos muestra el rostro del Papa como padre y pastor, sin solemnidades, cara a cara, con sinceridad y caridad, con la humildad del reconocimiento de los errores cometidos que hay que enmendar pero con la convicción de quien obra por el bien de la Iglesia.
Deja bien claro que la remisión de la excomunión a estos obispos no implica en modo alguno la legitimación dentro de la Iglesia de la Fraternidad de San Pío X, a la que aún le queda camino doctrinal por recorrer para reincorporarse al Cuerpo de Cristo. Dicha remisión tampoco implica la legitimación de los reincoporados a la comunidad de la Iglesia para el ejecicio de un ministerio del que legítimamente no están investidos, aunque sí ordenados válidamente.
Por lo tanto, levantar la excomunión nunca implica legitimar los desvíos doctrinales que la Fraternidad deberá corregir para encontrar su lugar en la Iglesia de Cristo. Para dejar esto claro, la Pontificia Comisión Ecclesia Dei trabajará en adelante en íntima unión con la Congregación para la Defensa de la Fe, para dejar bien claro este aspecto: el resto del camino que queda por recorrer es doctrinal y no personal.
El propio Papa acepta que se han producido declaraciones fuera de tono por parte de la Fraternidad, pero que también se han recibido muestras de gratitud por el paso dado hacia la unión. ¿Debe la Iglesia mirar para otro lado ante esas circunstancias y dejar que el pecado de unos cuantos perturbe el proceso de unión de los que piden volver a la Iglesia de Cristo?
Sus palabras nos evocan la dulce tristeza del padre que se lamenta de que católicos hayan aprovechado el caso Williamson para herirle, mientras han sido los judíos los que le han ayudado a deshacer la confusión creada. Judíos que le dan la mano mientras católicos le zahieren. Como para llamar a las conciencias de quienes han colaborado en la confusión y hacer reflexionar a los que ven en el Papa la diana de sus constantes críticas en lugar del padre en la fe que hay que amar y respetar.
El pecado, el error humano, nunca es causa suficiente para el alejamiento definitivo de la Iglesia que acarrea la excomunión. En tal caso, todos los católicos estaríamos excomulgados de la Iglesia. Son las desviaciones doctrinales que empañan la imagen de Cristo y de la Iglesia que se proyecta en el mundo lo que justifica la separación.
El Papa llama la atención sobre los que consienten veladamente la existencia de un chivo expiatorio sobre el que descargar todas nuestras insidias y desprecios, al que se pueda odiar libremente para reafirmar nuestra posición. Que el Papa se haya acercado a ese foco de odio, lo convierte también, a los ojos de algunos, en odioso, como él mismo afirma con tristeza.
La Iglesia debe siempre mostrar su brazo extendido hacia los que se han apartado de la comunión para que la Luz de Cristo brille cada vez con más fuerza en el mundo, sin que tengamos que caer, como los Gálatas, en "mordernos y devorarnos para terminar por destruirnos mutuamente". Este no es el rostro que la Iglesia tiene que mostrar al mundo, sino el compasivo y misericordioso con el errado para que cada cual encuentre su espacio en la Iglesia de Cristo, sin que por esto haya de renunciarse a la integridad de la doctrina recibidas, ni al magisterio.
Al leer esta carta, encuentro a través de la escritura sencilla del Papa, la necesidad siempre presente de la unidad en torno a Pedro. Muchos católicos, que encuentran un regusto morboso en descargar sus frustraciones personales contra la cabeza de la Iglesia, deberían meditar sobre su postura, cambiar de una vez por todas y afirmarse, sin condiciones en estar junto a la Roca que nos ha de llevar al puerto seguro de la salvación.
Desde este blog, siempre con Pedro.
sábado, 28 de febrero de 2009
¿Cuál es la verdadera libertad?
En su alocución en forma de "lectio divina" a los seminaristas, publicada por la agencia de noticias Zenit, el Santo Padre incidió sobre el verdadero sentido de la libertad, como camino de liberación que el ser humano ha emprendido en muchos momentos de la Historia, con desigual éxito. Las palabras de San Pablo a los Gálatas nos iluminan: "Habéis sido llamados a la libertad".
Los temas claves que el Santo Padre desarrolla en su intervención son las siguientes:
Libertad y caridad:
- San Pablo: "que esta libertad no se convierta en un pretexto para vivir según la carne, sino poneos al servicio unos de otros en la caridad".
- Puede parecer que ser libre es vivir en el yo absoluto, que no depende de nada ni de nadie. Sin embargo, este yo absoluto es el "vivir según la carne" del apóstol. La libertad así entendida es sólo libertinismo o fracaso de la libertad.
- La libertad se reliza paradójicamente en el servicio. Seremos libres cuando nos pongamos al servicio unos de los otros.
Libertad en Dios:
- El hombre no es un absoluto. Nuestra verdad es que somos criaturas y vivimos en relación con nuestro Creador. Somos seres relacionales.
- Esta dependencia se ha visto en la Historia como una esclavitud de la que era necesario liberarse. Por el contrario, al ser Dios un ser bueno, esta dependencia de Él supone estar en el espacio de su amor, es decir, la dependencia es libertad.
- Cuanto más nos insertamos en la voluntad de Dios, más entramos en el espacio de la verdad.
Libertad y familia humana:
- Estamos en relación con Dios, pero también como familia humana unos con otros.
- Ser libre implica estar en el espacio de Dios, pero también ser una sola cosa con el otro y para el otro. Mi libertad supone el respeto por la libertad del otro.
- Si yo me absolutizo, me convierto en enemigo del otro. No hay convivencia posible. Sólo una libertad compartida es una libertad humana.
Libertad como orden en Cristo:
- ¿Cuál es la medida de este compartir la libertad? Es necesario un orden establecido para poder ejercer la libertad. Ese orden es el del Creador, el orden de la verdad que da a cada uno su sitio. Este orden exige respetar la verdad, pues 'la libertad contra la verdad no es libertad'.
- "Hemos sido llamados a la libertad", sí, por el Evangelio. Como dice San Agustín: "Ama y haz lo que quieras". Amar, según San Agustín, implica estar en comunión con Cristo, estar identificados con su muerte y resurrección, participar en los sacramentos, escuchar su Palabra para insertarnos en su voluntad divina.
(Extraído de la intervención del Santo Padre)
Enlaces relacionados:
Intervención completa del Santo Padre ante el Seminario Mayor de Roma
Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2009
lunes, 9 de febrero de 2009
Mensaje del Papa con motivo de la XVII Jornada Mundial del Enfermo
COMUNIDAD CRISTIANA: AYUDAR FAMILIARES NIÑOS ENFERMOS
CIUDAD DEL VATICANO, 7 FEB 2009.
Se ha publicado hoy el Mensaje del Santo Padre con motivo de la XVII Jornada Mundial del Enfermo, que se celebra todos los años el 11 de febrero, memoria litúrgica de la Virgen de Lourdes.
"Este año nuestra atención se dirige especialmente a los niños -escribe el Papa- (...) y entre ellos a los enfermos y a los que sufren. Hay pequeños seres humanos que llevan en el cuerpo las secuelas de enfermedades que invalidan y otros que luchan contra males todavía incurables a pesar del progreso de la medicina".
"Hay niños heridos en el cuerpo y en el alma por los conflictos y las guerras, y otros víctimas inocentes del odio de insensatos adultos. Hay "chicos de la calle", privados del calor de una familia y abandonados a sí mismos y menores profanados por gente abyecta que viola su inocencia, causándoles una herida psicológica que los marcará para el resto de la vida. No podemos olvidar el número incalculable de niños que mueren de sed, de hambre, por ausencia de asistencia sanitaria, ni tampoco a los pequeños refugiados y prófugos que dejan junto con sus padres sus tierras buscando condiciones de vida mejores. De todos estos niños se eleva un silencioso grito de dolor que interpela nuestra conciencia de seres humanos y de creyentes".
"La comunidad cristiana, que no puede permanecer indiferente ante situaciones tan dramáticas -prosigue el texto-, advierte la necesidad imperiosa de intervenir. (...) Espero, por tanto, que la Jornada Mundial del Enfermo brinde también la oportunidad a las comunidades parroquiales y diocesanas de ser cada vez más conscientes de que son "familia de Dios" y les lleve a hacer perceptible (...) el amor del Señor, que pide que "precisamente en la Iglesia misma como familia, ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad".
Benedicto XVI observa a continuación que "ya que el niño enfermo forma parte de una familia que comparte sus sufrimientos, a menudo con graves inconvenientes y dificultades, las comunidades cristianas no pueden dejar de hacerse cargo de ayudar a los núcleos familiares afectados por la enfermedad de un hijo o una hija. Siguiendo el ejemplo del "Buen Samaritano", es necesario acoger a las personas sometidas a pruebas tan duras y ofrecerles la ayuda de una solidaridad concreta".
"La dedicación y el compromiso constantes en servicio de los niños enfermos son un testimonio elocuente del amor por la vida humana, en particular por la vida de los que son del todo débiles y dependen absolutamente de los demás. Es necesario afirmar con fuerza la dignidad suprema y absoluta de toda vida humana. Con el pasar del tiempo no cambia la enseñanza que la Iglesia proclama incesantemente: la vida humana es bella y hay que vivirla con plenitud también cuando es débil y está envuelta en el misterio del sufrimiento".
"Juan Pablo II, que nos ofreció un ejemplo luminoso de aceptación paciente del sufrimiento, sobre todo en el ocaso de su vida, escribía: "En la cruz está el "Redentor del hombre", el Varón de dolores, que ha asumido en sí mismo los sufrimientos físicos y morales de los hombres de todos los tiempos, para que en el amor puedan encontrar el sentido salvífico de su dolor y las respuestas válidas a todas sus preguntas".
Por último, Benedicto XVI manifiesta su "aprecio y aliento a las organizaciones nacionales e internacionales que se ocupan de los niños enfermos, sobre todo en los países pobres, con generosidad y abnegación", y a todos cuantos "se dedican con amor a curar y aliviar los sufrimientos de los enfermos" .
"Un saludo muy especial -concluye- para vosotros, queridos niños enfermos y que sufrís: el Papa os abraza con afecto paterno junto a vuestros padres y familiares y os asegura un recuerdo especial en la oración, invitándoos a confiar en la ayuda materna de la Inmaculada Virgen María".
(VIS)
sábado, 7 de febrero de 2009
Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma de 2009
CIUDAD DEL VATICANO, 3 FEB 2009.
Se ha publicado hoy el Mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma 2009. El texto, fechado el 11 de diciembre de 2008, lleva por título un versículo del Evangelio de San Mateo: "Jesús, después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre". Sigue el documento íntegro en su versión española:
"Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que constituye un camino de preparación espiritual más intenso, la Liturgia nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana confiere un gran valor: la oración, el ayuno y la limosna, para disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, experimentar el poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, "ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos".
"En mi tradicional Mensaje cuaresmal, este año deseo detenerme a reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del ayuno. En efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública. Leemos en el Evangelio: "Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre". Al igual que Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley, o que Elías antes de encontrar al Señor en el monte Horeb, Jesús orando y ayunando se preparó a su misión, cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con el tentador.
"Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido: "De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio". Comentando la orden divina, San Basilio observa que "el ayuno ya existía en el paraíso", y "la primera orden en este sentido fue dada a Adán". Por lo tanto, concluye: "El 'no debes comer' es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia".
"Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida, invitando al pueblo reunido a ayunar "para humillarnos -dijo- delante de nuestro Dios". El Todopoderoso escuchó su oración y aseguró su favor y su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: "A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos". También en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó.
"En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que "ve en lo secreto y te recompensará". Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el desierto, que "no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios". El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el "alimento verdadero", que es hacer la voluntad del Padre. Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de "no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal", con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia.
"La práctica del ayuno está muy presente en la primera comunidad cristiana. También los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del "viejo Adán" y abrir en el corazón del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además, una práctica recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas. Escribe San Pedro Crisólogo: "El ayuno es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica".
"En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una "terapia" para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica "Pænitemini" de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad de colocar el ayuno en el contexto de la llamada a todo cristiano a no "vivir para sí mismo, sino para aquél que lo amó y se entregó por él y a vivir también para los hermanos".
"La Cuaresma podría ser una buena ocasión para retomar las normas contenidas en la citada Constitución apostólica, valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio.
"La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. San Agustín, que conocía bien sus propias inclinaciones negativas y las definía "retorcidísima y enredadísima complicación de nudos", en su tratado "La utilidad del ayuno", escribía: "Yo sufro, es verdad, para que Él me perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura". Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.
"Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: "Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?". Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre.
"Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales, y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había recogido. También hoy hay que redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico cuaresmal.
"Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa una práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico cuaresmal exhorta: "Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus, / somno, iocis et arctius / perstemus in custodia - Usemos de manera más sobria las palabras, los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y permanezcamos vigilantes, con mayor atención".
"Queridos hermanos y hermanas, bien mirado, el ayuno tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a donarse totalmente a Dios. Que en cada familia y comunidad cristiana, por tanto, se aproveche la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical.
"Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma. Que nos acompañe la Bienaventurada Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en "tabernáculo viviente de Dios". Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica".
jueves, 29 de enero de 2009
Dar los pasos necesarios para la plena comunión
CIUDAD DEL VATICANO, 28 ENE 2009.
El Papa se refirió al final de la audiencia de hoy a su decisión de revocar la excomunión a los "cuatro obispos ordenados en 1988 por monseñor Marcel Lefebvre sin mandato pontificio".
"He realizado este acto de paterna misericordia -explicó- porque estos prelados me habían manifestado varias veces su vivo sufrimiento por la situación en que se encontraban".
"Espero que este gesto mío sea correspondido por el compromiso solícito por parte de ellos de dar los ulteriores pasos necesarios para realizar la plena comunión con la Iglesia, testimoniando así verdadera fidelidad y verdadero reconocimiento del magisterio y de la autoridad del Papa y del Concilio Vaticano II".
El Papa se refirió al final de la audiencia de hoy a su decisión de revocar la excomunión a los "cuatro obispos ordenados en 1988 por monseñor Marcel Lefebvre sin mandato pontificio".
"He realizado este acto de paterna misericordia -explicó- porque estos prelados me habían manifestado varias veces su vivo sufrimiento por la situación en que se encontraban".
"Espero que este gesto mío sea correspondido por el compromiso solícito por parte de ellos de dar los ulteriores pasos necesarios para realizar la plena comunión con la Iglesia, testimoniando así verdadera fidelidad y verdadero reconocimiento del magisterio y de la autoridad del Papa y del Concilio Vaticano II".
domingo, 25 de enero de 2009
Mensaje del Papa por clausura del Añor Jubilar de San Fructuoso
CIUDAD DEL VATICANO, 26 ENE 2009.
El Santo Padre ha escrito un mensaje al arzobispo Jaume Pujol Balcells, de Tarragona (España), con motivo de la clausura -ayer, 25 de enero- del año jubilar con motivo del 1750 aniversario del martirio de San Fructuoso, obispo, patrono de esa capital y de sus diáconos San Augurio y San Eulogio.
"La conmemoración de estos mártires -escribe el Papa en el texto fechado el 19 de enero- nos lleva a pensar en una comunidad que habiendo recibido en los albores del cristianismo el mensaje evangélico transmitido por los apóstoles supo confesar, vivir y celebrar su fe sin temor, en un ambiente de incomprensión y hostilidad. El testimonio de quienes dieron su sangre por Cristo sigue iluminando y fortaleciendo la fe de la Iglesia, pues indica sin equívocos que el sentido y la plenitud de nuestra existencia, la razón de la mayor esperanza y más íntimo gozo es la relación con Dios, fuente de vida".
"Con este Año Jubilar, la comunidad eclesial de Tarragona, junto con quienes se han unido a ella, ha tenido una oportunidad privilegiada de apreciar el tesoro que lleva dentro y que ha de volver a brillar hoy para dar mayor esplendor y hondura a la vida cristiana en las personas, las familias y las relaciones sociales".
El Santo Padre ha escrito un mensaje al arzobispo Jaume Pujol Balcells, de Tarragona (España), con motivo de la clausura -ayer, 25 de enero- del año jubilar con motivo del 1750 aniversario del martirio de San Fructuoso, obispo, patrono de esa capital y de sus diáconos San Augurio y San Eulogio.
"La conmemoración de estos mártires -escribe el Papa en el texto fechado el 19 de enero- nos lleva a pensar en una comunidad que habiendo recibido en los albores del cristianismo el mensaje evangélico transmitido por los apóstoles supo confesar, vivir y celebrar su fe sin temor, en un ambiente de incomprensión y hostilidad. El testimonio de quienes dieron su sangre por Cristo sigue iluminando y fortaleciendo la fe de la Iglesia, pues indica sin equívocos que el sentido y la plenitud de nuestra existencia, la razón de la mayor esperanza y más íntimo gozo es la relación con Dios, fuente de vida".
"Con este Año Jubilar, la comunidad eclesial de Tarragona, junto con quienes se han unido a ella, ha tenido una oportunidad privilegiada de apreciar el tesoro que lleva dentro y que ha de volver a brillar hoy para dar mayor esplendor y hondura a la vida cristiana en las personas, las familias y las relaciones sociales".
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