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jueves, 13 de febrero de 2020

La oración que va directa a Dios

Cuando queremos establecer un diálogo con alguien, tenemos que hacerlo presente de algún modo: en una charla cara a cara, por teléfono, por carta, etc. Siempre el intercambio de ideas, de pareceres, la relación paterno-filial, la relación entre amigos, exige un vínculo palpable, algo que podríamos llamar una presencia de esa otra persona

Cuando en la misma Sagrada Escritura el autor sagrado quiere ponderar la especial relación de Moisés con Dios, dice de él que hablaba con Dios “cara a cara” (Ex 33, 11-13). Esto no significa que el texto sagrado quiera decir que Moisés era tan grande como Dios, sino que el lazo que les unía era tan especial que les llevaba a hablar de ese modo, sin intermediarios, cara a cara, lo cual implica una presencia extraordinaria de Dios ante Moisés. Sin esa presencia es imposible decirse que se habla "cara a cara".

En el relato de la transfiguración (Lc 9, 30) se dice que Moisés y Elías hablaban con Jesús transfigurado. Los tres estaban presentes y establecen ese diálogo de modo especial ante los apóstoles.


Para hablar con Dios es importante hacerlo presente, saber que está presente en nuestras vidas y que nos ama. Y ¿cómo es esa presencia de Dios en nosotros? En orden al caso que quiero tratar en este momento me voy a centrar en las presencias eucarística y de inhabitación (si bien existen otras presencias como las de inmensidad, hipostática y de visión).


Por la presencia eucarística sabemos que Cristo mismo y todo Él se haya presente en el pan que ha sido consagrado. Dios, sin dejar el Cielo, es decir, sin sufrir ningún menoscabo en su esencia ni en su presencia celestial, se hace también presente íntegramente sustituyendo la sustancia del pan que deja de ser pan, aunque conserve sus accidentes, es decir, su apariencia de pan.


Por lo tanto, debido a lo excelso de esta presencia, nuestra oración puede dirigirse hacia la Hostia consagrada sabiendo que es Dios mismo allí presente el que nos atiende. Y está así presente en la reserva del Sagrario, en la custodia expuesta a la adoración de los fieles y cómo no, en la Santa Misa que lo hace posible y actual.


Pero también Dios se haya presente en el alma del bautizado que no está en pecado mortal (Jn 14, 23) por la inhabitación trinitaria


Todo bautizado ha recibido en su bautismo un tesoro de gracias inmenso, que lo convierte en hijo de Dios y heredero del reino celestial: 


a) la gracia santificante (es decir, la “misma sangre” de Dios que nos eleva al plano divino y nos hace hijos de Él). Este estado se pierde por el pecado mortal.


b) las virtudes infusas (las teologales, las cardinales y sus derivadas) cuya práctica nos marcarán el camino del cielo, el camino de la perfección cristiana, especialísimamente la virtud teologal de la caridad (o amor sobrenatural a Dios) que es la que lo ilumina todo y la que lo embellece todo. 


c) y los dones del Espíritu Santo, por los que Dios actuará en nosotros consiguiendo que la práctica imperfecta de las virtudes que nosotros solos no sabemos ejercitar adecuadamente, se conviertan en una práctica “a lo divino”, de modo que el alma que llega al estado en que merece esta intervención divina, actúa sus virtudes con la excelencia del mejor instrumentista.


Por todo esto es fácil de entender que la condición de ser hijos de Dios, es decir, de gozar de su “misma sangre”, de la gracia santificante (recibida en el bautismo), sea indispensable para que la Trinidad entera inhabite el alma de un bautizado. Un alma en pecado mortal (privada de la gracia santificante) no puede pretender gozar de esta presencia íntima de inhabitación.
De aquí se infiere claramente que para acceder al Santo entre los Santos en la comunión eucarística sea necesario el estado de gracia santificante, es decir, sin pecado mortal consciente, es decir, inhabitados por Dios mismo. 


No puede recibir una donación de sangre sino quien tiene el mismo grupo sanguíneo del donante, y la 
"sangre" del alma en pecado mortal ya no es la misma que la sangre del Hijo de Dios que se va a recibir en la Eucaristía.
 

En la Santa Misa, el alma inhabitada por Dios se encuentra en un hablar cara a cara con Dios mismo presente en la Eucaristía. No podemos concebir nosotros un encuentro más íntimo y más directo con Dios que comerle a Él mismo, que dejarnos llenar por su mismo ser y esencia que penetra en nosotros y nos llena sin dejar vacíos.

En la liturgia más antigua, los catecúmenos podían asistir a Misa y debían retirarse tras las lecturas y el sermón, porque lo que venía después, la consagración del Pan y el Vino, no era apto para su condición de no bautizados y privados, por tanto, de la misma “sangre” de Dios. Hoy en día se nos dice que quien esté en pecado mortal no puede acercarse a comulgar, puesto que como ya hemos visto, ambas cosas son incompatibles, aunque sí puede estar presente durante el resto de la Misa completa.


Para mí, en toda Misa, tanto la de lengua vernácula como la del rito tridentino, hay un momento muy especial que es el de la consagración. En esto no descubro nada nuevo. Para todos lo es. Pero en ese momento es cuando creo que debemos dirigir todas nuestras palabras y pensamientos a Dios que se hace allí presente sobre el altar. Nunca está más presente que allí que se está inmolando incruentamente por nosotros. Cada palabra que digamos, cada gesto, cada mirada, cada pensamiento debería ir encaminado a aquel Pan y Vino consagrados que ya son el mismo Dios del cielo. Y esto podemos hacerlo porque estamos inhabitados por El, porque es Él el que inspira nuestra oración y nos da la gracia para poder hablarle a Dios.


Cuando termina la consagración decimos: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección; Ven, Señor Jesús”, y son las primeras palabras con las que nos estamos dirigiendo a Él, que está presente allí. Deberían de ser dichas desde la conciencia de que el mismo Cristo nos escucha en ese momento desde el altar.


Después con el “Amén” final tras la plegaria eucarística o canon romano, estamos uniéndonos a ese sacrificio que acaba de tener lugar, estamos asintiendo a todo lo que el sacerdote acaba de pronunciar, siendo toda la plegaria eucarística un hablarle a Él, todo dirigido a Él. Y nos unimos al sacerdote por ese Amén como decían en la antigua Roma, haciendo que “fuera como un trueno que hiciera temblar los templos paganos”.


Inmediatamente, con el “Padre Nuestro”, tomamos prestadas las mismas palabras de Cristo para hablarle al Padre. Es como si Cristo que nos inhabita hablara junto con nosotros dirigiéndose al Padre. Y no hay que olvidar que la teología católica dice que donde está el Hijo, está el Padre por la pericoresis, es decir, que en el Santísimo Sacramento se haya presente de cierto modo también el Padre Eterno. Por lo que cobra todo el sentido rezar el Padre Nuestro dirigiéndonos a las especies consagradas.

Más adelante decimos: “Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor” del mismo modo y con la misma intención que lo que llevamos dicho hasta ahora. Todo un reconocimiento de que aquel altar es la sede del Rey Todopoderoso y digno de toda gloria y que nosotros somos sus siervos.


Tras el saludo de la paz llega un momento íntimo especial, en el que nos vamos a dirigir a Él como el "Cordero de Dios que quita los pecados del mundo", para decirle que tenga misericordia de nosotros y que nos dé la paz. En ese momento el sacerdote parte un trozo pequeño de la Hostia consagrada y lo incorpora al cáliz con el Vino consagrado, representando así que el cuerpo y la sangre de Cristo que hasta ese momento estaban separados (símbolo de la muerte y del sacrificio) pasan a unirse de nuevo (simbolizando la Resurrección, la vida). En el rito tridentino se acentúa este momento tan importante arrodillándose los fieles nuevamente y adorando a Cristo que ha resucitado para ser ahora nuestro alimento.


Y por último y antes de comulgar decimos junto con el soldado romano “no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”, nuevamente dirigidos a Él. Son las palabras de un gentil con fe las que nos abren las puertas de la comunión. Este gesto se recalca en el rito tridentino repitiéndolo tres veces.


Todo este repaso a las palabras que decimos en la Misa tras la consagración a las que estamos acostumbrados no busca otra finalidad sino: 


- darnos cuenta de que le hablamos a Él que está allí presente y que por tanto debemos poner toda nuestra intención, nuestros pensamientos, nuestro amor en esa Víctima que se ofrece por nosotros sobre el altar en ese momento.


- que la comunión será más fructífera cuanto mejor haya sido preparada, y cuanto mejor dispuesta esté nuestra alma para recibir a nuestro Redentor, y conviene utilizar todas estas palabras de la liturgia con ese fin y evitar las comuniones apresuradas y distraídas.


- que una Misa dicha a la ligera o escuchada rutinariamente por nosotros es como un sol que brilla al que hemos cerrado las contraventanas de nuestro corazón. Si queremos recibir todo el tesoro de gracias actuales de la Misa y ponerlas en acto, tenemos que abrir esas contraventanas para dejarle entrar y dejarnos bañar por su gracia. 


En la Santa Misa nosotros somos Moisés.  

Nosotros somos Elías. 

Por la pura y simple gracia de Dios.


Otros enlaces:
¿Cómo entendí yo qué son las indulgencias?
 El amor verdadero

sábado, 20 de julio de 2019

Audios del P. Royo Marín. La Santidad Cristiana. Nº 1A - 2B

Dentro de la ingente labor pedagógica que llevó en su vida el P. Antonio Royo Marín podemos disfrutar hoy en día de sus pujantes charlas gracias a la iniciativa de conventos de religiosas que tuvieron el cuidado de grabar en cinta de casette sus intervenciones para volverlas a escuchar con posterioridad. Gracias a interet podemos seguir hoy en día sus magníficas intervenciones escuchandolas de sus propios labios.

Mi intención con la elaboración de esta guía de audición es la de acercar a los interesados en seguir las charlas del P. Royo al contenido de cada audio en particular, de manera que pueden usarse para anticipar el contenido del audio seleccionado para ser oido, o para recordar en qué audio dijo el Padre tal o cual doctrina. No debe pensarse que esta guía es un sustituto de la audición de las charlas. Hay que tener en cuenta que la mayor parte de los audios tienen una duración de unos 45 minutos.

Los archivos correspondientes a las grabaciones pueden descargarse de varias fuentes de internet. Yo facilito ésta: https://formacioncatolicahoy.org/98-royo-marin.html

En esta guía en concreto recojo los audios comprendidos en la sección "La Santidad Cristiana". Concretamente aquéllos numerados como 1a hasta 2b.

Audio: LA SANTIDAD CRISTIANA. Nº 1a

Hablar de Santidad es lo mismo que hablar de Perfección Cristiana.

Título posible de esta charla: En qué consiste la Perfección Cristiana.

Primero nos fijamos en la palabra PERFECCIÓN: proviene del verbo latino perficere, que significa hacer hasta el fin, acabar una cosa, completarla.

El único ser perfecto es Dios, ni siquiera la Virgen ha alcanzado un grado máximo de perfección.

Perfectos totales no seremos nunca, ni en el cielo, puesto que somos criaturas y no podemos alcanzar el nivel de completitud de Dios.

Santo Tomás habla, sin embargo, de perfección diciendo que cada uno será perfecto en tanto alcanza su propio fin, es decir, el fin para que el fue creado por la voluntad antecedente de Dios.

Por tanto tenemos que averiguar cuál es el fin de la existencia humana, y vemos que hay dos fines, o dos maneras distintas de ver el mismo fin:

1) El fin último y absoluto del hombre es dar gloria a Dios.

La gloria se define como la clara notitia cum laude. Hay dos tipos de gloria:

1.a) La gloria intrínseca de Dios.

Es la gloria que brota de su intimidad trinitaria, la que se dan las divinas personas mutuamente. No puede aumentar ni disminuir por ningún acto de las criaturas, pues no necesita nada de ellas. Así toda la creación fuéramos santos o fuéramos demonios, la gloria intrínseca no cambia un solo ápice ni para aumentar ni para disminuir. Tenemos que alegrarnos de que Dios sea tan perfecto que no podamos añadirle nada con nuestros actos o con nuestro amor. Este gozo es el colmo de la Perfección Cristiana.

1.b) La gloria extrínseca de Dios. 

Es la que recibe de las criaturas. Por esta gloria que Dios quiere que le demos, somos nosotros los que nos enriquecemos, sin que Dios pierda nada por ello. Dios se encuentra feliz haciéndonos felices. Dios quiere que nos santifiquemos porque es nuestro bien, no el suyo. La gloria extrínseca brota del Amor de Dios y el amor tiende siempre a expansionarse y por ello Dios nos comunica su Amor para que nosotros se lo devolvamos con la gloria extrínseca que nos pide. Con esto Dios no demuestra egoísmo, sino supremo amor. Dios no obra por necesidad, sino por bondad.

En las Sagradas Escrituras encontramos diversos testimonios sobre la necesidad de glorificar a Dios: Is 48, 11; Ap 1, 8; 1 Co 10, 31; Ef 1, 4-5.

La misma Encarnación y Redención no tienen otro fin que la gloria de Dios. Así llegaremos hasta el cielo donde Dios será todo en todos (1 Co 15, 28) (Dios será lo más importante, y no tanto la familia u otros amores del mundo).

La propia salvación está condicionada a la glorificación de Dios. Nacimos para dar gloria a Dios y mediante eso, salvar nuestra alma. La propia salvación no es un fin último para el hombre.

Lo más importante es buscar de día y de noche la gloria de Dios en todo lo que hacemos (1 Co 10, 31). Tener una intención virtual diaria de hacerlo todo a gloria de Dios e irla actualizando y rectificando en cada momento del día en todo lo que hacemos.

En la mística, en la cumbre de la unión transformativa (en las 7ª moradas) el fiel ve que lo más importante es la gloria de Dios. No es necesario rezar (poner en palabras) todo esto, sino que brote de un corazón enamorado por Dios.

San Juan de la Cruz: escribe en lo alto del Monte que es la cumbre de la búsqueda de Dios: “Sólo mora en este monte la honra y gloria de Dios”.

2) El fin próximo y relativo de la vida cristiana es la propia santificación (Ef 1, 4-5)

La santificación comienza en germen en el bautismo. El llamamiento a la Perfección Cristiana es universal (todos están llamados a la santidad) aunque sea de un modo remoto, pues cada uno estará llamado a un grado de santidad distinto. Dado que como desconocemos cuál es el grado de santidad que Dios espera de nosotros, tenemos que continuar nuestros esfuerzos en la PC a lo largo de toda nuestra vida.

Varios modos similares de describir qué es la santidad:
- Vivir de una manera más plena la inhabitación trinitaria.
- Transformar nuestras vidas en orden a asemejarnos más a Cristo, nuestra cristificación.
- Trabajar por la perfección de la caridad.
- Aspirar a una perfecta conformidad de la voluntad humana con la divina. Amar el propio grado de predestinación a la santidad, sin desear un grado mayor, pues esa es la voluntad de Dios.

(El P. Royo habla de Santa Teresita, la muerte, sus propias tentaciones contra la fe, los distintos grados de predestinación; el demonio es muy teólogo y no hay que discutir con él; tener la obsesión de buscar la gloria de Dios).

Dado que como acabamos de ver, una manera de describir la santidad es la perfección de la caridad, en estas charlas en esta ocasión vamos a tratar de profundizar en este modo de alcanzar la santidad.

-- La santidad como perfección de la caridad --

Santo Tomás: caridad es amistad entre Dios y el hombre. Dios está en nosotros de dos formas: 1) como Padre por la gracia y 2) como Amigo por la caridad.

La caridad supone necesariamente la gracia. Donde no hay gracia (el alma en pecado mortal) no hay caridad. Y allá donde no hubiera caridad, no hay gracia. Sin embargo, con las otras virtudes teologales (fe y esperanza) no ocurre así. En el alma en pecado mortal continúa habiendo una fe (informe, no alimentada por la caridad) que nos mantiene en la creencia en Dios para poder volver a Él mediante el arrepentimiento. Y también se mantiene una esperanza (informe, no alimentada por la caridad) de poder alcanzar el gozo de Dios a través del arrepentimiento.

Aunque las tres virtudes (fe, esperanza y caridad) son teologales, vemos que no se comportan igual en el alma en pecado mortal. Y esto es así porque la fe y la esperanza son medios para alcanzar a Dios, mientras la caridad persigue la unión misma con Dios.

La criatura por la gracia y la caridad se convierte en hijo de Dios.

La caridad se infunde en el alma por el Bautismo o por la Penitencia.

Definición de caridad:
Es una virtud teologal (tiene como objeto a Dios) infundida por Él en la voluntad por la que amamos a Dios por sí mismo sobre todas las cosas, y a nosotros y al prójimo por Dios.

Objeto material de la caridad:
Primariamente es Dios, secundariamente nosotros y el prójimo. También indirectamente con el resto de las criaturas.

Objeto fundamental de la caridad:
Es la bondad de Dios en sí misma considerada, la esencia divina, los atributos divinos y las tres divinas personas. Amar a Dios por habernos creado no es propiamente caridad, por ejemplo, puesto que lo amamos porque hemos recibido algo.

La caridad como virtud:
Es una virtud sobrenatural que se infunde en el alma por el Bautismo, y que Dios infunde en la medida y grado que le place.

El grado de gloria que tendremos en el cielo es el mismo grado de gracia (de caridad) que tenemos en la tierra.

La caridad es virtud Única (no tres virtudes):
Las virtudes se especifican por el objeto sobre el que recaen. Si el objeto de la caridad es Dios mismo, nosotros o el prójimo, podríamos pensar que hubiera tres virtudes distintas.








Audio: LA SANTIDAD CRISTIANA. Nº 1b

Sin embargo, Santo Tomás aclara que la caridad es Una en especie átoma (sin división).

Y esto es así, porque la caridad tiene un único objeto (no tres): Dios en sí mismo es el único objeto de la caridad. A nosotros nos amamos por Dios y al prójimo lo amamos por Dios. Todo hay que referirlo a Dios, si no, no es caridad. El amor a los demás que no vaya referido a Dios, es un amor meramente natural que no es pecado, pero que no es caridad. Muchos amores humanos (no pecaminosos) son falsificados, interesados, que buscan la complacencia humana, que buscan una afabilidad del prójimo; nada de eso es caridad.

Por ello se dice que para ejercitar el amor al prójimo por caridad es preferible hacerlo con personas que nos sean antipáticas, puesto que no habrá ninguna simpatía humana que nos lleve a ese amor.

El premio esencial de la gloria que consigue la caridad es ORO.

Por ello es necesario rectificar constantemente la intención a lo largo de nuestra vida para amarnos a nosotros mismos y al prójimo siempre por Dios.

La caridad es una virtud estrictamente sobrenatural. O se ama por Dios, o no es caridad.

En el cielo Dios será todo en todos. La gran descripción de la caridad está en 1 Co 13.

Al amor natural podemos llamarlo filantropía, incluso egoísmo (te amo por lo que voy a recibir de ti) y es una moneda falsa en el cielo. El amor a la familia casi nunca es sobrenatural. Tal amor no es pecaminoso, pero no contribuye a la santificación.

La caridad perfecciona al resto de las virtudes que están muy por debajo de ella.

Cualquier virtud practicada = PLATA
La misma virtud guiada e infundida por la caridad = PLATA + ORO

La caridad es la virtud que más nos une con Dios. Si nos fijamos en la fe vemos que por la fe achicamos a Dios pues lo acercamos a nuestros pobres entendimientos. Por la caridad descansamos nuestra voluntad en Dios. Por otro lado, la esperanza nos promete lo que vamos a recibir en el cielo, mientras que la caridad nos permite gozar ya aquí en la tierra del amor de Dios.

1ª proposición: La Perfección Cristiana consiste en la perfección de la caridad. 

La Perfección Cristiana no consiste únicamente de la caridad (oro) sino que la plata de la práctica del resto de las virtudes también cuenta.

Mt 22, 36-40: El primer mandamiento es Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Y al prójimo como a ti mismo.
1 Cor 13, 13: ahora permanecen la fe, la esperanza y la caridad, pero la más grande es la caridad.

La perfección de un ser consiste en cumplir su propio fin. La caridad es el último fin del hombre que nos une a Dios. La fe y la esperanza nos unen a Dios no como fin, sino como principio.

La caridad es inseparable de la gracia, pero la fe y la esperanza no. Muy importante: el soporte y el presupuesto esencial para ejercicio y la interiorización de la caridad es la oración y la humildad.

El grado de gracia que tenemos es el mismo que el grado de caridad que hayamos alcanzado.

La visión beatífica que tengamos en el cielo dependerá exclusivamente de la caridad.

El P. Royo recuerda aquí en este punto el símil que utiliza para explicar el premio que recibe una misma acción (barrer) según con la intención con la que se haga. Ya lo expuso en otras charlas, pero lo recogemos aquí también por su didáctica. El presupuesto de hecho para los 6 casos que se exponen es el mismo: la superiora da una orden a una monja para que barra el suelo. Se producen 6 casos distintos con sus consecuencias que paso a recoger:

1) La monja se haya en pecado mortal: obre como obre, no merece ningún premio pues el pecado mortal priva de la gracia, y por tanto de la caridad, y de la capacidad de merecer.

2) La monja barre pero refunfuñando y protestando para sus adentros: si diera algún motivo de escándalo a sus hermanas puede llegar a pecar. Si no, puede ser que no pecara, pero su acción no tendría ningún mérito.

3) La monja barre para caerle bien a la superiora, para que no hablen mal de ella, por motivos meramente humanos: si existiera algún premio sería solo de CALDERILLA. Un premio muy poco valioso y en la práctica, sin valor.

4) La monja barre por amor a la virtud de la obediencia y siendo consciente de que lo tiene que hacer como una obligación suya: Practica la virtud de la obediencia y por tanto recibe el premio de PLATA.

5) La monja barre por practicar la virtud de la obediencia y además por amor a Dios, practicando la caridad: el premio que recibe es PLATA por la obediencia y ORO por la caridad.

6) La monja barre por obediencia, por amor a Dios y por impulso de los dones del Espíritu Santo: PLATA por la obediencia, ORO por la caridad y DIAMANTE por los dones del Espíritu Santo.

La Perfección Cristiana se irá incrementando a medida que la caridad produzca más intensamente su propio acto y cuando la caridad impere a las otras virtudes de manera más intensa, más actual y más universal.

El P. Royo recuerda el ensayo de 5 minutos de santidad al día que recomienda a toda alma que aspire a la Perfección Cristiana.  Dedicar 5 minutos a ejercer el amor a Dios por medio de actos o expresiones por las que vayamos interiorizando nuestro amor radical por Él.

Las intenciones que ponemos en nuestros actos se dividen en tres tipos:

a) habitual: es la intención que ponemos al hacer algo y que se entiende implícita en nuestro hacer: si queremos colaborar con una obra asistencial, la intención que ponemos es la de ayudar al prójimo, pero con que la hagamos al principio de nuestra actividad es suficiente.

b) virtual: es la intención que ponemos cuando comenzamos una actividad y permanece mientras no demos muestra de haberla cambiado: si nos ponemos en marcha hacia Madrid, nuestra intención de llegar allí permanece vigente salvo que demos la vuelta y regresemos a nuestro origen. Es la intención que ponemos al comenzar la jornada de hacer todo por amor a Dios. Indudablemente tiene valor y no debe dejar de practicarse.

c) actual: es la intención que pongo en la actividad que estoy desarrollando en este momento y mientras la estoy actuando. Es la más perfecta de las tres.

La Perfección Cristiana se identifica en primer lugar con el amor a Dios dirigido directamente a Él; y en segundo lugar con el amor a uno mismo y al prójimo.


Audio: LA SANTIDAD CRISTIANA. Nº 2a

O amamos al prójimo por Dios o no es Caridad, o nos amamos a nosotros mismos por Dios o no es Caridad. El motivo es siempre la bondad infinita de Dios.

Podemos amar mucho por simpatías humanas pero no saldremos del 4º plano (el de seres con inteligencia, sin llegar al 6º plano que es el de ser hijos de Dios e íntimamente unidos a Él).

No se puede aumentar el amor a Dios si no se aumenta igual el amor al prójimo.

En el amor hay un orden. Primariamente amar a Dios y secundariamente a nosotros y al prójimo.

Muy importante para entender por qué el amor a uno mismo en cierta medida está por delante del amor al prójimo: El bien espiritual propio es superior al bien espiritual ajeno. Pero el bien espiritual ajeno es superior al bien material propio.

La Perfección Cristiana consiste en la perfección de la caridad efectiva (como Marta) y afectiva (como María). Primariamente la afectiva y secundariamente la efectiva.

Por el ejercicio del amor afectivo nos complacemos en Dios.

Porque una cosa cueste más no es más meritoria; lo será si se ha puesto más amor. Lo que santifica es el amor, no el sacrificio.

Padre Aníbal Reyes, fundador de los Esclavos de la Eucaristía y de la Virgen María: tanto más tendremos de santos cuanto más nos crucifiquemos con Cristo. Lo demás, son palabras.

María está por encima de Marta, pero si Marta pone más amor, estará ella por encima de María.

Lo que vale es el amor.

2ª proposición : La perfección del amor divino se manifiesta mejor en la práctica de las virtudes cristianas.

Primeramente de las tres teologales (fe, esperanza y caridad) y del resto de las virtudes, que Santo Tomás clasifica hasta en 54.

Cada una de esas virtudes es como una tecla de un piano. Tenemos hasta 54 teclas que podemos tocar siempre con la ayuda de una gracia ordinaria, que siempre tenemos a nuestra disposición. Pero somos muy malos pianistas (tocamos pero con muchas dificultades y con muchos intereses humanos).

Dios sabe esto y nos puso en el alma en el bautismo un arpa con 7 cuerdas, que son los dones del Espíritu Santo. Esa arpa no la tocamos nosotros, sino sólo el Espíritu Santo.

De esas virtudes practicadas al modo humano pero acompañadas con la armonía del arpa del Espíritu Santo salen los actos heroicos de los santos.

Pero los dones no actúan directamente, sino que su acción recae sobre las virtudes, sobre las 54 teclas del piano. De ese modo, los dones perfeccionan las virtudes. Las virtudes que más necesitan de los dones para su interpretación más sublime son las teologales.

La caridad es la virtud que es modulada por el don de sabiduría.

La actuación predominante de los dones del Espíritu Santo caracteriza el estado místico (5ª – 7ª moradas de Santa Teresa). Por tanto, en las 4 primeras moradas, las virtudes actuarán movidas por nosotros de una manera más imperfecta, al modo humano.

La caridad puede crecer indefinidamente en el hombre viador. No hay límite infranqueable.

El único tope posible es el de la propia predestinación.

Santo Tomás: tres causas que impiden el crecimiento de la caridad:
a) Por culpa del agente que la produce (dado que es Dios, no hay límite por esta parte).
b) Por culpa de la propia caridad (infinita también).
c) Por culpa del sujeto receptor que ya no resiste más (pero el alma cuanto más avanza en la caridad, más se ensancha, por lo que hay no hay límite práctico).

La Perfección Cristiana no puede encontrar un límite en esta vida, salvo la voluntad antecedente de Dios, es decir, nuestra predestinación. Su voluntad es superior a la propia gloria de Dios, puesto que la voluntad es algo intrínseco a Dios (Su voluntad es Él mismo) mientras que la gloria es algo extrínseco que le tributan las criaturas.

3ª proposición: La Perfección Cristiana consiste esencialmente en los preceptos y secundariamente en los consejos.

Cuando Jesús es preguntado por el mandamiento mayor, responde que lo es amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas; y al prójimo como a nosotros mismos. Con esto Jesús nos manda la perfección de vida a través del primer mandamiento.

Los consejos evangélicos (pobreza, castidad y obediencia) contribuyen al crecimiento y mayor comodidad en el ejercicio de la caridad. Son instrumentos de ella. Pero cuando los consejos llegan a formalizarse pública y establemente se convierten en preceptos.


Audio: LA SANTIDAD CRISTIANA. Nº 2b

4ª proposición: Todos los cristianos están obligados a aspirar a la Perfección Cristiana.

Esta afirmación se deduce del 1º Mandamiento: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.

San Pablo: Dios nos ha elegido en Cristo.
San Pedro: Sed santos porque Yo soy santo.
Apocalipsis: que nadie se considere tan perfecto que no pueda serlo más.

+ La práctica de lo más perfecto: no se debe ocurrir nunca a nadie hacer voto de ejecutar siempre lo más perfecto. Santa Teresa lo hizo y le pesó.
La vida cristiana debe ser tal que se tienda a lo más perfecto, dando lugar a no ahogarse.

+ Si se hace algo bueno, pero menos bueno que otra acción posible, cual es la consecuencia, ¿hay pecado o no? Si se presenta una cosa mejor, pero por pereza no se hace, se comete un pecado venial de caridad o de negligencia para consigo mismo por la falta de pereza.
Y dándose cuenta, porque si no hay advertencia, no puede haber pecado.

Otros dicen que hay imperfección, que consiste precisamente en hacer un acto bueno pero menos bueno o menos perfecto que otro que podría hacerse. Ambos actos, el ejecutado y el posible, están en la línea del bien, por lo que no habría pecado.

Imperfección no es un pecado venial, puesto que el pecado está en la línea del mal.

Estamos obligados a practicar lo más perfecto, y de ello, la imperfección puede llevar aparejada un pecado venial por las disposiciones particulares del sujeto.

No hay que confundir lo menos bueno en sí con lo que es malo en sí.

No debe entenderse que las imperfecciones están autorizadas. En la práctica es difícil saber dónde comienza el pecado venial y dónde termina la imperfección.

Hay obligación de evitar la imperfección precisamente por los pecados veniales que puede llevar aparejados.

Varias consideraciones sobre esto:
+ No hacer voto de lo más perfecto. Tender a lo más perfecto, pero sin voto.
+ Las imperfecciones pueden paralizar la vida espiritual por los pecados veniales que lleva aparejados. Imperfección puede ser lo contrario de un acto más intenso de caridad, y por tanto puede dificultar el aumento de la visión beatífica.

San Juan de la Cruz: da igual que un pajarillo esté atado por un hilillo o una gruesa maroma. No volará hasta que no la rompa.

5ª proposición: Grados de la Perfección Cristiana.

En el desarrollo de la caridad hay tres grados:

1) Incipiente, que se corresponde con la vía purgativa. Es una caridad comenzada.
    La primera intención en este grado es luchar contra el pecado mortal.

2) Proficiente, que se corresponde con la vía iluminativa. Es una caridad aumentada.
    Se trata de adelantar en el bien, procurando que la caridad aumente y se aferre en el alma. Se trabaja por la exclusión del pecado mortal y venial.

3) Perfecta, que se corresponde con la vía unitiva. Es una caridad perfecta.
    Unirse íntimamente a Dios y gozar con Él. El deseo de la muerte es propio de este estado.

Aquí se pretende luchar además contra las imperfecciones voluntarias.

Estos tres grados no son departamentos estancos. A veces un alma en el grado 1 recibe chispazos de visión del grado 3. Y a veces un alma en el grado 3 se queda muy seca como en el grado 1, por ejemplo.

6ª proposición: Si la Perfección Cristiana es posible en esta vida.

A simple vista, parece que no.

Por parte del que ama no es posible la máxima tensión del amor permanentemente en esta vida. El grado de Perfección Cristiana de cada alma depende exclusivamente de la voluntad de Dios según la predestinación de cada uno.

1 Cor 12

La diversa predestinación de todos los fieles es necesaria para mantener una armonía en el conjunto, aunque nosotros no lo veamos. Para que un piano suene melodioso es necesario que tenga muchas teclas que están ordenadas a la armonía total del instrumento.

Es como si Dios hubiera contemplado toda la Creación unida a Cristo formando el Cristo-Total y así hubiera atribuido diversos dones en orden o pensando en este cuerpo que es Cristo.


Otros enlaces:
Guía sobre la Teología de la Perfección Cristiana, 1A-4B
Guía sobre la Teología de la Perfección Cristiana, 5A-9B
Pensamientos cristianos: Las flechas en la aljaba

miércoles, 25 de mayo de 2016

Instrumentos de las buenas obras o del arte espiritual, de San Benito

La Regla de San Benito fue la primera regla de vida monástica que sirvió para regir la vida en común de los monjes mediante el retiro del mundo.

Este modo de vida se dio en la Iglesia primitiva desde los primeros tiempos dado que muchos anacoretas se retiraron al desierto a vivir la soledad en la adoración y contemplación de Dios. Sin embargo, San Benito fue el primero que instituyó la vida en común de sus monjes que vivían así retirados del mundo recluidos en un monasterio.

Sobre la Regla de San Benito se han basado muchas formas de vida en común posteriores en la Iglesia, como algunas órdenes mendicantes, por lo que ha sido de una importancia extraordinaria.

En el capítulo 4, San Benito hace una exposición sucinta de lo que él llama "Instrumentos de las buenas obras o del arte espiritual" que no son otra cosa sino consejos dirigidos a sus monjes para llevar una vida cristiana recta. Estos instrumentos han sido objeto de estudio en muchas ocasiones como propuestas de San Benito para la vida espiritual.

Yo simplemente me voy a fijar en uno, si bien todos los demás son dignos de la misma consideración. Lo he resaltado con letra cursiva en el texto: cuando tengas malos pensamientos, estréllalos inmediatamente contra Cristo. Malos pensamientos de cualquier tipo, de los que nos atosigan, de los que nos sobrevienen para robarnos la paz, de los que perturban nuestra tranquilidad en la presencia de Dios. Este consejo de San Benito no llega hasta hoy y debemos hacer uso de él en la medida de nuestras necesidades.

A continuación transcribo la totalidad de dichos consejos de San Benito:

Instrumentos de las buenas obras:

Ante todo amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma, y con todas las fuerzas,
y además al prójimo como a sí mismo.
Y no matar.
No cometer adulterio.
No hurtar.
No codiciar.
No levantar falso testimonio.
Honrar a todos los hombres,
y no hacer a otro lo que uno no desea para sí mismo.

Negarse a sí mismo para seguir a Cristo.
Castigar el cuerpo.
No darse a los placeres,
amar el ayuno.
Aliviar a los pobres,
vestir al desnudo,
visitar a los enfermos,
dar sepultura a los muertos,
ayudar al atribulado,
consolar al afligido.

Hacerse ajeno a la conducta del mundo,
no anteponer nada al amor de Cristo.
No consumar los impulsos de la ira,
ni guardar resentimiento alguno.
No abrigar en el corazón doblez alguna,
no dar paz fingida,
no cejar en la caridad.
No jurar, por temor a hacerlo en falso;
decir la verdad con el corazón y con los labios.

No devolver mal por mal,
no inferir injuria a otro e incluso sobrellevar con paciencia las que a uno mismo le hagan,
amar a los enemigos,
no maldecir a los que le maldicen, antes bien bendecirles;
soportar la persecución por causa de la justicia.

No ser orgulloso,
ni dado al vino,
ni glotón,
ni dormilón,
ni perezoso,
ni murmurador,
ni detractor.

Poner la esperanza en Dios.
Cuando se viera en si mismo algo bueno, atribuirlo a Dios y no a uno mismo;
el mal, en cambio, imputárselo a sí mismo, sabiendo que siempre es una obra personal.

Temer el día del juicio,
sentir terror del infierno,
anhelar la vida eterna con toda la codicia espiritual,
tener cada día presente ante los ojos a la muerte.
Vigilar a todas horas la propia conducta,
estar cierto de que Dios nos está mirando en todo lugar.

Cuando sobrevengan al corazón los malos pensamientos, estrellarlos inmediatamente contra Cristo y describirlos al anciano espiritual.
Abstenerse de palabras malas y deshonestas,
no ser amigo de hablar mucho,
no decir necedades o cosas que exciten la risa,
no gustar de reir mucho o estrepitosamente.

Escuchar con gusto las lecturas santas,
postrarse con frecuencia para orar,
confesar cada día a Dios en la oración con lágrimas y gemidos las culpas pasadas,
y de esas mismas culpas corregirse en adelante.

No poner por obra los deseos de la carne,
aborrecer la propia voluntad,
obedecer en todo los preceptos del abad, aun en el caso de que él obrase de otro modo.

No desear que le tengan a uno por santo sin serlo, sino llegar a serlo efectivamente para ser así llamado con verdad.
Practicar con los hechos de cada día los preceptos del Señor;
amar la castidad,
no aborrecer a nadie,
no tener celos,
no obrar por envidia,
no ser pendenciero,
evitar toda altivez.
Venerar a los ancianos,
amar a los jóvenes.
Orar por los enemigos en el amor de Cristo,
hacer las paces antes de acabar el día con quien se haya tenido alguna discordia.

Y jamás desesperar de la misericordia de Dios.

Otros enlaces:
¿Por qué el símbolo del pez?
Una tabla de consuelo y salvación: citas bíblicas y espirituales para nuestras necesidades
Pensamientos para el día a día


lunes, 23 de mayo de 2016

Los pasos del silencio, videos de la vida monástica

Hace algún tiempo, la cadena de televisión TV2000, propiedad de la Conferencia Episcopal Italiana, realizó una serie de reportajes, llamados "Los pasos del silencio" (I passi del silenzio) para mostrar la vida de ciertos conventos contemplativos de Italia, tantos de monjes como monjas.

No son propiamente documentales con extensas explicaciones históricas o artísticas de los lugares visitados, sino más bien testimonios del silencio, de la liturgia y de la vida de esos consagrados.

La gran mayoría de ellos son lugares desconocidos para el común de los fieles, lo que los hace más valiosos.

Y quizás lo más precioso de todos ellos es lo que menos aprecia el mundo: el valor del silencio y el testimonio de fe de los monjes y monjas que ponen en palabras su experiencia de Dios en la vida consagrada.

Cap. 1 - Dominus Tecum (Cistercienses)

Cap. 2 - Mater Ecclesiae (Benedictinas)

Cap. 3 - Eremo di Mosciano

Cap. 4 - Frattochie (Trapa)

Cap. 5 - Macerata (Dominicas)

Cap. 6 - Lecce

Cap. 7 - Santi Quattro Coronatti (Roma - Agustinas)

Cap. 8 - Otranto (Clarisas)

Cap. 9 - Ronciglione

Cap. 10 - Pulsano

Cap. 11 - Camerino

Cap. 12 - Siloé

Cap. 13 - Varazze

Cap. 14 - San Giovanni Rotondo

Cap. 15 - Monasterio di San Damiano

Cap. 16 - Visitandinas (Pinerolo)

Cap. 17 - Abadia di Piona (Cistercienses)

Cap. 18 - Santa Catalina de Alejandría (Urbino)

Cap. 19 - Monasterio San Cosme y San Damián

Cap. 20 - Cottolengo (Turín)

Otros enlaces:
44 preguntas y respuestas sobre Jesús
18 testimonios de que la Santa Misa es sacrificio
Dios ve nuestros problemas desde otra perspectiva

miércoles, 11 de mayo de 2016

Misericordia no es lo mismo que rebajas

La misericordia y el amor son dos caras de la misma moneda. Tiene misericordia quien ama. Y al revés. Dado que la esencia de Dios es la de ser amor, también es excelso en misericordia con nosotros.  Y por lo mismo nos pide que seamos misericordiosos con los demás porque tenemos que amar al prójimo.

Pero Dios ejerce su misericordia infinita con respeto absoluto por nuestra libertad. Dios está dispuesto siempre a perdonar si volvemos a Él arrepentidos y con propósito de cambiar de vida. La Parábola del Hijo Pródigo es el referente perfecto para ilustrar la misericordia de Dios. Si no hay arrepentimiento y cambio de vida, no puede haber misericordia. Dado que sin la libertad para retornar no puede haber amor auténtico.

El amor (la misericordia) no engaña ni devalúa la realidad. Si Dios me ama, no por eso El deja de ser Dios y yo dejo de ser criatura. Y como soy criatura, estoy sujeto a la norma moral puesta por El para mi bien.

Si Dios, buscando ser misericordioso, atenuara mi norma moral no estaría haciéndome un favor sino llevándome al precipicio. Por eso la misericordia divina no puede conducirme a una consecuencia de la que se derive que el pecado no es tal, o que camufle su identidad.

Yo tampoco puedo ser misericordioso y engañar al mismo tiempo. No puedo decirle a alguien que le perdono para a continuación cobrarme ese perdón en favores. Eso simplemente no es misericordia, es mero interés, do ut des.

Misericordia es que Dios conduzca suavemente mi vida desde que tengo uso de razón como el pastor que con su cayado empuja a la oveja delicadamente, sin que ella lo note, para que no se salga del aprisco. Y todo eso a pesar de mi condición de pecador recalcitrante.

Misericordia es que Dios guarde los pasos de mis hijos en este mundo tan lleno de vanidad.

Misericordia es que haya jóvenes de familias sin formación religiosa (incluso abiertamente en contra de la fe) que sientan en su corazón que es mejor usar el móvil para leer la Biblia que para perder el tiempo.

Misericordia es que el Señor se valga de personas aparentemente normales para inspirarme una vida religiosa a lo largo de mi caminar. Como ángeles que guardan mi camino.

Misericordia es que ante los problemas que el pecado nos presente en la vida, sea Dios el que nos inspire benévola y pacíficamente que la montaña de la santidad esta ahí para que la subamos, no para que la recortemos. La puerta de la salvación es estrecha, dijo el Señor y ancho el camino de la perdición.

Misericordia es poder abrazar y besar a un anciano que no tiene a nadie en la vida. Y no digo que yo haya tenido misericordia con él, sino que Dios la tiene conmigo cuando me guía para llevar ese consuelo.

Misericordia es que Dios ponga en tu camino a Juan Manuel. No lo conocías pero su apariencia te daba la sensación de ser una persona distante y fría. Y una vez creiste que te miro mal por algo. Pero al conocerlo te das cuenta que es una maravillosa persona y que su amistad es un regalo. Y que estabas equivocado.

Misericordia es cuando miras atrás en tu vida y te dan ganas de llorar de alegria porque no ves más que la mano de Dios obrando en ti a pesar de que eres una calamidad y lo has pasado mal.

Misericordia es que pierdas tu trabajo y experimentar esa amargura, para después entregarte a una tarea mejor que hacer y que nunca hubieras soñado.

Misericordia es que Dios nos dé la gracia para superar grandes obstáculos cuando no somos capaces de nada con nuestras propias fuerzas. Y sin embargo, a pesar de ese empuje, eso no resta nada a mi libertad de obrar puesto que soy yo el que tengo que cooperar a que esa gracia fructifique.

Misericordia es que descubras a Dios aunque te haya puesto al borde de tu existencia en una enfermedad. Y que haya sido todo para tu provecho.

Misericordia es que Dios me permita sumarme a su Redención a pesar de mis pecados. Pero me exige que reniegue de ellos.

Aprobar a un alumno que no lo merece no es misericordia, es autoengaño. Y el amor y la misericordia están siempre con la verdad, nunca con la mentira.

La condescendencia no es misericordia, es relajación que muchas veces conduce a situaciones peores, no mejores. Un padre misericordioso con su hijo es algo grande; un padre condescendiente es algo realmente ruinoso y propenso a empeorar lo que su hijo padezca.

Negar que es pecado un acto que ha enseñado el magisterio de la Iglesia como tal, es una inspiración diabólica. Mejor es seguir los consejos de Cristo en tu alma hacia la verdadera santidad que las inspiraciones del diablo que pretenden de ti lo peor.

Misericordia no es que yo me busque los caminos para hacer lo que me dé la gana y justificarme despues de alguna forma; misericordia es que Dios me corrija y me guíe por el camino de mi auténtica felicidad.

Misericordia no es ir tras el pecador para darle una palmada en la espalda de complacencia, sino para tirar de él, aunque le duela, y vuelva al camino correcto.

Misericordia no es entregarte un coche con las tuercas de las ruedas sin apretar por tal de que lo disfrutes: misericordia es decirte que vengas otro día a por él que hoy no está listo o que tienes que cambiar de coche si es eso lo que necesitas de verdad.

Otros enlaces:
El ayuno como gesto de amor
La santidad en nuestras vidas
El papel sanador del pecado en nuestras vidas

lunes, 11 de marzo de 2013

Una tabla de consuelo y salvación

Muchos nos acosan: el pecado, el mal, la persecución, la tentación, el desánimo, el dolor, pero el Señor ha sembrado mediante su Palabra verdaderas tablas de salvación que nos ayudan en nuestro peregrinar.

- Venid a mi los que estais cansados y agobiados que Yo os aliviaré (Mt 11, 28).

"Venid a mí..."
¿vamos a Él o nos alejamos de Él?

- Carguen mi yugo porque soy paciente y humilde de corazón (Mt 11, 29).


- Mi yugo es llevadero y mi carga ligera (Mt 11, 30).

Jesús no ha venido a cargarnos,
sino a aliviarnos.

- Pertrechémonos con las armas de la luz (Rm 13, 12-14)

La LUZ tiene sus armas.
No nos avergoncemos de la lucha contra el mal.
A lo mejor es que simplemente hemos renunciado a luchar.

- ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? (Palabras dichas por la Virgen a San Juan Diego, 1531)

Ante la muerte inminente de su tío Bernardino,
Juan Diego corre a buscar a un sacerdote y
rodea el Tepeyac para no encontrarse con la Señora
que sabe que lo espera.
Pero ella sale a su encuentro...
Huye de la Virgen cuando ella puede socorrerlo... 
¿y nosotros, también rodeamos el Tepeyac
para no encontrarnos con Dios cuando Él nos pide algo?
¿Huimos de Él para "encontrar" la solución de nuestros problemas?

- No hago lo que quiero y hago lo que no quiero (Rm 7, 19)

El gran San Pablo confiesa que mete la pata.
Igual que yo mismo.

- ... os digo que si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite (Lc 11, 5-8)
Jesús habla de un amigo que le pide a otro
tres panes para dar de comer a un invitado.
Jesús nos dice: "sed importunos con Dios".
Nada más y nada menos.

- ¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez,  le dará una serpiente en lugar de un pez? (Lc 11, 11-12).
¿Somos conscientes de que Dios nos dará
lo que le pidamos, si es para nuestro bien?
Pero para pedir, tenemos que tener necesidad
de Dios, no ser autosuficientes. 
El que se basta a sí mismo, no pide.
¿Necesitamos a Dios de verdad o lo utilizamos
en nuestro favor, cuando nos conviene? 

- Te basta mi gracia (2 Co 12, 7-9).

No esperes grandes signos.
Muchísimos  santos no tuvieron 
ningún signo especial en toda su vida.
Su gracia lo puede todo en tí.
Déjala actuar.

- ... como impostores que dicen la verdad, desconocidos siendo conocidos de sobra, moribundos que vivimos, sentenciados nunca ajusticiados; como afligidos, pero siempre alegres, como pobres pero que enriquecen a muchos, como necesitados pero poseyéndolo todo. (2 Co 6, 8-10).

Quién al tú decir la verdad,
no te han tomado alguna vez por impostor.
Quiénes te han ignorado al saber de tu fe,
aunque fueras conocido de sobra.
Quiénes te han dado como moribundo para el mundo
cuando vives la vida de Cristo.
... consuélate que ya San Pablo pasó por todo esto.

- ...atribulados en todo, más no aplastados; apurados, más no desesperados; perseguidos pero no abandonados; derribados, más no aniquilados. (2 Co 4, 8-9).

Jesús está siempre en el extremo de todos tus problemas
para ser la mano que te salva.
Más allá de cualquiera de nuestros males
está el poder de Jesús en tu vida.

- Mira que estoy a la puerta y llamo; si me abres, entraré y cenaremos juntos (Ap 3, 20).

¡¡Qué infinita paciencia la de Jesús!!
¡Él nos espera a nosotros!
Los reyes no esperan; los súbditos sí.
Aquí el Rey es Él.
... y todo, por cenar contigo y conmigo.

- Dios es la brisa de la cueva de Elías (1 Re 19, 8-13).
¿No estaremos dejando pasar a Dios 
de nuestras vidas porque lo esperamos
como trueno en lugar de como brisa?
¿como "servicio técnico 24 horas" de nuestros problemas
en lugar de nuestro amigo y Señor?

- El Señor es mi pastor, NADA me falta (Salmo 23).
... ¿ nada ?...
¡¡Nada, pero nada!!
Aprende este salmo de memoria, 
que te acompañe en la oración.

- La parábola del hijo pródigo (o también del hijo derrochador) (Lc 15, 11-33).
Si tuviéramos que elegir una sola enseñanza
de Jesús, yo me quedaría con ésta.
La mejor narración de la Historia Universal 
consagrada a narrar la misericordia de Dios.
 
- Antes morir que fallarle a Jesús (en la persecución cristera de México, 1926-1929).
¿Y antes morir que pecar?

- El Señor abre puertas que nadie puede cerrar, cierra puertas que nadie puede abrir (Ap 3, 7).

El Señor puede cambiar toda tu vida. 
Déjalo hacer.

- En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el Paraiso. (Lc 23, 43)
El mejor consuelo para el pecador arrepentido.

- Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).

En la Eucaristía, junto a mí, en lo más hondo de mi alma,
en medio de dos o más que estemos reunidos en su nombre,
como amigo en el que reclinar la cabeza en el día de la partida.

lunes, 1 de octubre de 2012

¿Es así como yo quiero a Jesús?



Jesús tiene muchos amantes de su Reino
pero pocos que lo ayuden a llevar su cruz.

Muchos tienen que desean sus consuelos

pero pocos que aceptan las dificultades.

Encuentra múltiples compañeros de banquete

pero pocos para la austeridad.

Todos buscan gozar junto con Él

pero pocos quieren soportar algo por Él.

Muchos siguen a Jesús hasta repartir el pan

pero pocos para tomar la copa de su pasión.

Muchos quieren a Jesús

mientras no suceda nada adverso.

Muchos lo alaban y bendicen

mientras puedan recibir los consuelos que otorga.

Pero si Jesús se escondiera y los abandonara un poco

de inmediato se quejarían o caerían en la desesperación.

De la Imitación de Cristo 2.XI.1, Tomás de Kempis

lunes, 17 de septiembre de 2012

Las virtudes de Benjamin Franklin

El científico y político norteamericano Benjamin Franklin (1706-1790), desarrolló una actividad variopinta a lo largo de su vida. En su Autobiografía (1771) recopila las trece virtudes que en su juventud, desde 1726 incorporó a su rutina como norma de vida.

Él no era católico, y sus manifestaciones acerca de la religión han sido controvertidas a lo largo de su vida, si bien su creencia en un Dios providente fue proclamada por él en distintas ocasiones; los recogemos aquí no como una propuesta absoluta de vida, sino como una muestra de la manera diversa de manifestarse Dios en la vida de distintos personajes, a través de la simplicidad y la lógica. Nosotros deberemos recibirlos siempre, con las debidas reservas,  interpretándolos a la luz de la doctrina católica.

La vida basada en principios sencillos, evidentes por sí mismos, es algo que se encuentra inscrito en la naturaleza humana, de la misma manera que Dios inscribió en nuestros corazones principios comúnmente aceptados como los contenidos en los Diez Mandamientos

La enfermedad de una sociedad se demuestra cuando cuestiones elementales como el derecho a la vida o la naturaleza del matrimonio se encuentran constantemente en discusión, como si fueran instituciones meramente humanas que nosotros con nuestra reflexión, pudiéramos cambiar a nuestro antojo.

Las trece virtudes, de Benjamin Franklin:

Templanza: No comas hasta el hastío, nunca bebas hasta la exaltación.

Silencio: Sólo habla lo que pueda beneficiar a otros o a ti mismo, evita las conversaciones insignificantes.

Orden: Que todas tus cosas tengan su sitio, que todos tus asuntos tengan su momento.

Determinación: Resuélvete a realizar lo que deberías hacer, realiza sin fallas lo que resolviste.

Frugalidad: Sólo gasta en lo que traiga un bien para otros o para ti; Ej.: no desperdicies nada.

Diligencia: No pierdas el tiempo; ocúpate siempre en algo útil; interrumpe todas las actividades innecesarias.

Sinceridad: No uses engaños que puedan lastimar, piensa inocente y justamente, y, si hablas, habla en concordancia.

Justicia: No lastimes a nadie con injurias u omitiendo entregar los beneficios a los que estás obligado.

Moderación: Evita los extremos; no seas resentido con las heridas que te causen tanto como creas que merecen la pena.

Limpieza: No toleres la falta de limpieza en el cuerpo, vestido o habitación.

Tranquilidad: No te molestes por nimiedades o por accidentes comunes o inevitables.

Castidad: Frecuenta raramente el placer sexual, sólo hazlo por salud o descendencia, nunca por hastío, debilidad o para dañar la paz o reputación propia o de otra persona.

Humildad: Imita a Jesús y a Sócrates.

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Dado que originalmente fueron redactadas en inglés, las ofrecemos también en su lengua original.

Temperance: Eat not to dullness; drink not to elevation.

Silence: Speak not but what may benefit others or yourself; avoid trifling conversation.

Order: Let all your things have their places; let each part of your business have its time.

Resolution: Resolve to perform what you ought; perform without fail what you resolve.

Frugality: Make no expense but to do good to others or yourself, i.e., waste nothing.

Industry: Lose no time; be always employed in something useful; cut off all unnecessary actions.

Sincerity: Use no hurtful deceit; think innocently and justly, and, if you speak, speak accordingly.

Justice: Wrong none by doing injuries or omitting the benefits that are your duty.

Moderation: Avoid extremes; forbear resenting injuries so much as you think they deserve.

Cleanliness: Tolerate no uncleanliness in body, clothes, or habitation.

Tranquillity: Be not disturbed at trifles, or at accidents common or unavoidable.

Chastity: Rarely use venery but for health or offspring, never to dullness, weakness, or the injury of your own or another's peace or reputation.

Humility: Imitate Jesus and Socrates.

jueves, 30 de agosto de 2012

Liturgia de San Juan Crisóstomo, por Tchaikovsky

Obra de Piotr Ilych Tchaikovsky para la liturgia de San Juan Crisóstomo, en tres partes:




Y, para terminar, el Himno de los Querubines del mismo autor.


lunes, 2 de julio de 2012

Siguiendo los pasos de Cristo

En el camino de la esperanza sigo cada uno de tus pasos:

Tus pasos errantes hacia el establo de Belén.
Tus pasos inquietos en el camino a Egipto.
Tus pasos veloces hacia la casa de Nazaret.
Tus pasos gozosos para subir con tus padres al Templo.
Tus pasos fatigados en los treinta años de trabajo.
Tus pasos solícitos en los tres años de anuncio de la Buena Nueva.
Tus pasos ansiosos que buscan a la oveja perdida.
Tus pasos dolorosos al entrar en Jerusalén.
Tus pasos solitarios ante el pretorio.
Tus pasos pesados bajo la cruz camino del Calvario.
Tus pasos fracasados muerto y sepultado en una tumba que no es tuya despojado de todo, sin vestidos, sin un amigo, abandonado hasta por el Padre, pero siempre sometido al Padre.

Señor Jesús, arrodillado ante el sagrario, comprendo: no podría elegir otro camino, aunque, en apariencia, haya otros más gloriosos.
Pero Tú, amigo eterno, único amigo de mi vida, no estás presente en ellos.
En Tí está todo el cielo con la Trinidad, el mundo entero y la humanidad entera.

Cardenal F.X. Nguyen Van Thuan

Este texto es parte de una oración del cardenal vietnamita Van Thuan, que sufrió trece años de prisión a manos del gobierno comunista de Vietnam, por su condición de obispo.

En esos momentos terribles de su vida, privado de libertad, apartado de sus fieles, de su iglesia, él encuentra consuelo confiándose a Cristo, poniendo siempre su vida en Sus manos.

Aprendamos nosotros también a abandonarnos en las manos de Aquel que todo lo puede y sigamos sus pasos, que son el sendero que nos llevarán hasta el encuentro final con Él.


Enlaces relacionados:
El culto debido a Dios y a los santos
La Cruz permanece
Sin tu misericordia, no soy nada

viernes, 29 de junio de 2012

¿Qué hacer cuando tenemos sequedad de espíritu?

En este estado, la persona se encuentra en soledad ante Dios, sin goces espirituales; todo se vuelve frialdad y distancia. La fe intensa y viva de antes es como si hubiera desaparecido. Tú crees estar en el mismo sitio que siempre y es como si Dios se hubiera retirado.

Para estos momentos, que pueden durar mucho tiempo, te brindo estos consejos, por si te sirven de ayuda:

1) Asume que este estado forma parte del progreso espiritual. Los grandes santos han sufrido esa tibieza de espíritu como parte de su camino de perfección.

2) Procura no hacer grandes cambios en tu vida. Santa Teresa decía: "En tiempo de turbación, no hay que hacer mudanza".

3) Mantén tu vida espiritual todo lo que sea posible. Dios te conoce hasta en lo más íntimo y te comprende de manera perfecta si no puedes hacer lo que hacías antes.

4) Si no puedes orar, convierte tu oración en pequeñas jaculatorias: "Jesús, ten misericordia de mí", "Ayúdame a tener fe", "Quiero creer", "Jesús, socórreme", etc. Si puedes repetirlas varias veces al día, mantendrás tu vínculo con Dios, cuando pases por delante de alguna Iglesia o mires al crucifijo, por ejemplo.

5) Asiste a la Misa Dominical. En situaciones difíciles es mejor asistir a Misa aunque tu ánimo esté lejos de lo que se está celebrando, que no asistir. La frase: "Para qué voy a ir si no estoy en lo que tengo que estar" no es una opción deseable. Cristo apreciará mucho más tu sacrificio.

6) Ten a la mano las Sagradas Escrituras, así como algún libro espiritual que te inspirara especialmente en algún otro momento de tu vida. Si no te encuentras con fuerzas y ánimo para leerlos, tenlos cerca de tí.

Si no sabes qué leer, repasa en los evangelios las Palabras de Jesús: "Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré".

En el Antiguo Testamento puedes leer el libro de los Proverbios (y también el Eclesiástico y el Eclesiastés) en los que encontrarás pequeños consejos muy útiles en tu vida cotidiana. Recurre a algún texto que en algún otro momento te inspirara de manera especial: Salmo 23 (El Señor es mi pastor), el Salmo 22 (Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado), la experiencia de Elías, etc.

7) Escucha música espiritual o, al menos, alguna que te eleve el espíritu. Todos necesitamos esta ayuda para nuestra vida ordinaria. Cuánto más en estos momentos.

8) No desprecies la ayuda que te pueda venir de fuera. Seguro que tienes algún amigo de fe probada o algún confesor o director espiritual al que pedir consejo. Pídeles ayuda y ruégales que recen por tí. También puedes acudir a algún convento de religiosas cerca de tu casa para hacerles esta petición, aunque no te conozcan. Verás como te acogen con cariño, pues te agradecerán el que las hagas sentirse útiles por tí.

9) Si es posible lleva contigo un rosario, un decenario o un crucifijo, en tu bolsillo, en el monedero, en tu bolso o maleta. Cuando lo toques y lo veas te servirá para recordarte que Jesús está contigo.

10) No te angusties ni desesperes. Este estado es propio de las personas que aman a Dios de una manera especial, para las que Él significa algo importante en sus vidas. No lo interpretes como un alejamiento de Dios, sino como una prueba que manda el Señor. Confía en Él,  confía. Si quieres que Él gobierne tu vida, ponla en sus manos y deja que Él obre sus maravillas.


Dos agricultores padecían una sequía prolongada. Uno de ellos esperaba la lluvia, el otro, en lugar de estar ocioso y lamentándose, escarbaba y abonaba su terreno para prepararlo. ¿Cuál crees que estaría mejor preparado para que el terreno diera fruto cuando volvieran las lluvias?





Enlaces relacionados:
Cristo y la Cruz
La mayor de las riquezas
"Si vivieres sin Dios, tú perderás..."