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martes, 16 de septiembre de 2014

Música inspiradora: Yo lo resucitaré



Yo le resucitaré

Yo soy el pan de vida,
el que viene a mí no tendrá hambre,
el que viene a mí no tendrá sed.
Nadie viene a mí
si mi Padre no lo llama.

Yo lo resucitaré.
Yo lo resucitaré.
Yo lo resucitaré
en el día final.

El pan que yo les daré
es mi cuerpo, vida del mundo.
El que coma de mi carne
tendrá vida eterna, tendrá vida eterna.


Yo lo resucitaré.
Yo lo resucitaré.
Yo lo resucitaré
en el día final.


Yo soy esa bebida
que se prueba y no se siente sed.
El que siempre beba de mi sangre
vivirá en mí y tendrá la vida eterna.


Yo lo resucitaré.
Yo lo resucitaré.
Yo lo resucitaré
en el día final.


Sí, mi señor, yo creo
que has venido al mundo a redimirnos
que tú eres el hijo de Dios
y que estás aquí
alentando nuestras vidas.


Yo lo resucitaré.
Yo lo resucitaré.
Yo lo resucitaré
en el día final.

sábado, 16 de marzo de 2013

La historia de un Ford-T y la Sábana Santa de Turín


No hace mucho tiempo, un coleccionista privado dio a conocer una noticia: era el orgulloso propietario de un Ford-T. Hasta aquí la noticia tampoco tenía mayor trascendencia, pues se conservan muchos ejemplares de aquel coche pionero. Pero la noticia traía alguna sorpresa: aquel Ford-T podía haber pertenecido al mismo Henry Ford.

Aquello ya era otra cosa. El Ford-T de Henry Ford no era un coche cualquiera, por lo que la expectación estaba asegurada.

Los medios de comunicación, siempre atentos a cualquier motivo de noticia, airearon la información, aunque también se encargaron de sembrar la duda de si verdaderamente aquél coche pudo haber pertenecido al fundador de la Ford Motor Company.

¿Por qué había permanecido oculto tanto tiempo? ¿No sería una falsificación (bien o malintencionada)? La duda sembrada, se divulga rápidamente y lo que era una noticia gozosa, se convierte en la persecución de la demostración de que aquel coche pudo haber pertenecido a Henry Ford.

El principal argumento esgrimido por el coleccionista privado (del que no conocemos su nombre) era una foto en la que se veía ese mismo coche junto a Henry Ford y una firma (autógrafa del protagonista) que afirmaba que aquel coche era suyo.

El argumento era sólido, pero había que demostrar que el coche de la fotografía era el mismo que aquel que tenían ante los ojos. Muchos detalles pequeños corroboraban ampliamente la identidad de la foto y la realidad, pero aquello no bastaba.

Para seguir el procedimiento correcto, lo primero era demostrar que el coche era un Ford-T original. Se compararon las piezas del coche, incluso las más recónditas y menos importantes, con los planos y despieces que se conservan de aquel modelo, así como con otros coche inequívocamente originales y todo concuerda. La tapicería se corresponde con el tipo usado a principios del siglo XX y todos los materiales se correspondían con la tecnología de aquella época.

Incluso, usaron tecnología recentísima por la que mediante un pequeño aparato portátil y mediante rayos-X es posible determinar la composición metálica de cualquier pieza, dándonos incluso las proporciones de su aleación. Hecha esta prueba a distintos equipamientos del coche, incluso la composición y la pureza de los materiales concuerda con lo utilizado en la tecnología de primeros de siglo XX.

El camino estaba allanado para el sentido común. Aquel coche era un Ford-T original y la fotografía demostraba que era muy posible que hubiera pertenecido a Henry Ford.

Pero a un erudito quisquilloso, se le ocurrió una nueva prueba: verificar la pintura del parachoques del coche para ver si era la misma composición de la usada en el modelo primitivo. El coleccionista, en un ánimo de transparencia y búsqueda de la verdad, no puso reparos a la prueba.

Se tomaron muestras se analizaron, y cuál no fue la sorpresa cuando se demostró que aquella pintura tenía que ser posterior a los años 90 del siglo XX. No correspondía al modelo original y, por tanto, la autenticidad del coche quedó completamente rebatida.

"Oiga, pero si hemos hecho muchísimas pruebas y todas han verificado la procedencia auténtica del coche, porque haya una prueba contradictoria ¿todas las demás quedan invalidadas?".

Los medios de comunicación divulgaron la noticia: "El Ford-T de Henry Ford es falso". Con el regusto propio del que sabe que ha pillado a un mentiroso, la noticia se divulgó por todos los medios de prensa con inusitada velocidad. La prensa había cumplido, una vez más, su labor de defensora de la verdad y la integridad.

La verdad real, no la publicada, era que este Ford-T había estado en contacto con otros coches de la colección privada de este magnate y había sido contaminado por la pintura de otros coches más modernos. La prueba de la pintura no había corroborado la autenticidad del coche, simplemente porque estaba viciada de origen, nada más.

Pero la autenticidad del coche ya había sido desacreditada, que era de lo que se trataba. 

Esparce agua por el suelo y ahora intenta recogerla toda, verás como no puedes.

(Hasta aquí es todo una mera historia de ficción, aunque la tecnología de rayos-X que analiza la composición de los materiales sí que existe y es real.).

La Sábana Santa de Turín ha sido analizada desde múltiples disciplinas por equipos de científicos agnósticos que no han podido hacer otra cosa que corroborar lo que la historia y la Iglesia conoce: que ese lienzo PUDO haber envuelto el cuerpo de Jesús, pues todas las pistas apuntan a la época, lugar, circunstancias y hechos imposibles de explicar por la ciencia que rodearon la vida, muerte y Resurrección de Jesús.

La Iglesia ni afirma ni niega la autenticidad de la Sábana Santa de Turín. Pero el sentido común nos dice que si el parachoques tiene una pintura que no le corresponde, será un problema del parachoques, no de la autenticidad del coche.

Mi fe no depende de si la Sábana Santa sea auténtica o no. Creo que hay muchísimas pruebas de su origen contemporáneo de Jesús y lo que vemos en ella con técnicas modernas nos habla de un hombre terriblemente lacerado cuya expresión no deja de ser cautivadora.

El rostro de la Santa Síndone, ¿es la faz de un hombre que experimenta la Resurrección? Mírala e intenta responder a esta pregunta.



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¿Qué representa una imagen para mí?


domingo, 9 de septiembre de 2012

El amor verdadero



En aquel verde valle, la pequeña casita ocupaba un lugar privilegiado. Situada en una ladera de la montaña desde ella se veía tanto la hondonada que se extendía a sus pies hasta perderse entre los valles contiguos, como la panorámica que la cumbre del monte ofrecía nada más levantar la mirada. Era el lugar ideal para vivir, y también para trabajar. El único vestigio de civilización que podía apreciarse desde allí lo constituía una estrecha carretera que serpenteaba por el valle para ir buscando, poco a poco, sinuosamente, el pie de la casa.

Aquella casa servía de lugar de acogida para personas que necesitaban ser atendidas, que necesitaban ser amadas.
Allí había personas enfermas, ancianas, solitarias; todas ellas con alguna falta esencial en sus vidas, carencias físicas, carencias espirituales, carencias afectivas. Quizás de todas ellas, las del corazón eran las más dolorosas, pues muchas personas sufrían por padecer alguna enfermedad, pero quizás las que mostraban un sufrimiento mayor eran las que habían experimentado el dolor en sus afectos.

De todas ellas se ocupaba el personal del centro que abarcaba desde personas muy sensibles, comprensivas y pacientes hasta otras que no lo eran tanto. Al frente de todas ellas destacaban por su experiencia y su dominio de las situaciones dos mujeres: sus nombres eran Sara y Susana. Las dos procuraban hacer bien su trabajo, pero su diferente carácter hacía que al final los frutos fueran muy distintos.

Sara era más paciente y había logrado controlar las situaciones que a diario se presentaban en un centro en el que los problemas se hallaban siempre a flor de piel. Susana, por el contrario, era una persona de carácter que afrontaba las situaciones difíciles con aspereza.

La vida transcurría apaciblemente en aquella casa, como si cada día fuera a acabarse todo, como si todos los días se prolongaran hasta la eternidad.

Un día, Sara vio a un coche acercarse en lontananza por la carretera cuando apenas era visible y el rugido de su motor ni siquiera llegaba a susurrar en su oido. No pasó mucho tiempo hasta que el coche alcanzó la casa y se bajaron sus ocupantes. Un señor mayor avanzaba con dificultad ayudado por una mujer y un hombre. Se veía que tenía algún padecimiento serio pues su semblante reflejaba dolor y angustia y caminaba un poco encorvado y trabajosamente. Sara avisó a Susana y salieron ambas a recibir a aquella comitiva que se acercaba cada vez más a la puerta de la casa.

Tras el saludo de cortesía habitual, se presentaron los visitantes y entonces fue cuando ellas se enteraron de que aquel hombre se llamaba Moisés. Sara se dio cuenta de que él la miraba con un brillo especial en sus ojos, si bien no hizo ningún comentario a Susana, pues ella no se tomaba siempre a bien todo lo que le decía. Recibieron a aquel hombre y lo introdujeron en la casa hasta donde estaría su alojamiento personal.

Susana no observó nada anormal en él, era un enfermo más, que traería sus problemas para compartirlos con ellas, mientras que Sara quedó enganchada en la mirada de aquel señor que, por momentos, iba cautivando su pensamiento.

Los días fueron transcurriendo. Sara seguía procurando atender a todos los que tenía a su alrededor con la mayor bondad que podía, hablaba con un tono de voz moderado y procuraba controlar su genio ante cualquier contratiempo que se presentara. Susana mostraba, sin embargo, un semblante más inmoderado, más seco y distante. Con Moisés, ambas se mostraban tal y como eran, de lo que él fue dándose cuenta con el transcurrir de los días.


Cuando habían pasado tres meses, Moisés mandó a llamar a las dos responsables, a Sara y Susana. Él las esperaba en una sala con un gran ventanal por el que entraba el sol a raudales, con una claridad inusual, pero sin hacer ningún tipo de daño. Moisés permanecía en pie, cerca del ventanal, mientras esperaba a que ambas llegaran. No tardó mucho en llegar Sara, que se extrañó de la luz tan arrolladora que llenaba aquella estancia, y que casi le impedía ver a Moisés. Casi a la vez llegó Susana, que se fijó en lo mismo.

Los tres permanecían en silencio, mientras Moisés no dejaba de mirar por el ventanal hacia el profuso sol sin sentir la más mínima molestia. Poco a poco se volvió y las dos quedaron muy extrañadas, casi asustadas. Moisés ya no caminaba de manera vacilante y pesada,  su mirada era limpia y serena y no revelaba ninguno de los padecimientos que ellas habían podido constatar en estos tres meses de su estancia allí. Él se acercó a ellas y las miró a los ojos.

"Antes de venir aquí sabía que me iba a encontrar claridad y oscuridad, luz y sombra, calor y frialdad. Y decidí venir a comprobarlo".

Ellas permanecían en silencio ante aquellas primeras palabras. Él prosiguió:

"He visto que el amargor se volvió dulzura, que la ira se tornó amor y la suavidad terminó por agrietarse. Vosotras habéis construido lo que sois. Quien antes era aceite que cura, hoy es veneno que mata. Quien antes era espinos, hoy es rosa."

"Sara: los duros reveses que recibiste en tu vida los has convertido en trampolín para crecer. Susana: eras una persona afable y cariñosa, pero el mundo, la codicia, la vanidad, la presunción, el egoísmo hicieron presa en tí y no te rebelaste; ellos hicieron de tí lo que hoy eres".

"Ambas habéis hecho uso de vuestra libertad y vuestra voluntad. Recibiréis en consonancia".

Ambas lo miraban con perplejidad. Sara recordó en este momento sus malos modos y sus errores del pasado y no dejaron de asaltarle lágrimas y pensamientos de arrepentimiento y dolor por el mal causado.
Susana, en cambio, quería justificar su situación; a duras penas reconocía que ella había cambiado a peor, pues pretendía convertir toda su existencia en una excusa para su carácter actual.

"Si yo hubiera sabido que tú, el Rey de la Luz estabas aquí, si te hubieras hecho presente...

...entonces tu amor no habría sido verdadero sino sólo una apariencia", sentenció Moisés.



Para reflexionar:

Amar es una cualidad divina. Hemos sido llamados a compartirla con Él. Ver a Dios cara a cara es ser como Él, pues la fe se convierte en evidencia. Pero para ser como Él, que es el amor, para relacionarnos con Él, tenemos que conocer previamente el amor, pues ¿cómo vamos a amarle entonces si no lo hemos amado antes?. Una cierta oscuridad es necesaria para abrir nuestro corazón al amor antes de la visión final.

Moisés las juzgó después de conocerlas, después de darles la oportunidad de cambiar sus vidas para mejor, no antes.

Jesús espera a la puerta de tu alma hasta el último momento a que lo invites a entrar. Pero no lo confíemos todo al último momento intentando sacar partido. Nuestra existencia se forja en una larga sucesión histórica de bienes y males, de aciertos y errores, pero confiar en el arrepentimiento final no es una buena opción.

Junto al mandato del amor, hemos recibido una prohibición: la de juzgar a los demás. Si queremos empezar a amar, tendremos que dejar de juzgar.

No te juzgarán por el peso que tengas colgado de tus pies, sino por la agilidad con que hayas batido tus alas para subir, aunque a duras penas hayas levantado el vuelo. Una vez libre de esa rémora, esas mismas alas te llevarán bien alto.


Ninguna obra de arte se termina en un sólo brochazo, en un sólo golpe de martillo, con un sólo golpe de gubia, con un sólo ladrillo, sino con la paciencia de una larga labor. Este es el camino seguro para el artista.

Un golpe en el yunque es inútil si el artífice es inexperto e inhábil. También es inútil si el golpe no tiene la finalidad de crear una hermosa artesanía de la forja. Incluso, yendo aún más allá, si el metal es demasiado blando, no obtendremos la obra artística hermosa que buscamos. Golpear por golpear no lleva a nada.

Sin embargo, nuestro artífice es el más hábil de los artesanos y su intención irrevocable es la de hacer de cada uno de nosotros la mejor de sus obras. La dureza de nuestro corazón ha de ser moldeada por el artesano, y eso a veces duele. Esos golpes no son estériles si los recibimos con esta finalidad.

Nuestra vida es lo bastante corta como para que la entendamos como un regalo de Dios y nos apresuremos en emplearla para amar.
Y es lo bastante larga como para tener tiempo de recibir innumerables oportunidades para mejorarla y crecer.

No somos lo que nuestras circunstancias hacen de nosotros; 
somos lo que nosotros hacemos a partir de nuestras circunstancias, con la ayuda de la gracia de Dios.

martes, 14 de agosto de 2012

La Virgen María y los árboles del Paraiso

Según el libro del Génesis, sabemos que en el Paraiso creado por Dios para el hombre, existían dos árboles: el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y el mal (Gn 2, 9).

El primer mandato de Dios al hombre fue claro y tajante:

"Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás, porque el día que comas de él, tendrás que morir".
Gn 2, 16

El texto está claro: el hombre podía comer del árbol de la vida (veremos más adelante qué significa esto) pero no debía comer del árbol del conocimiento del bien y el mal.

En el capítulo 3 del Génesis se narra la caída del hombre y de la mujer y hacia el final de este capítulo, podemos leer:

"He aquí que el hombre se ha hecho como uno de nosotros en el conocimiento del bien y el mal; no vaya ahora a alargar su mano y tome también del árbol de la vida, coma de él y viva para siempre"
Gn 3, 22

Comer del árbol de la vida significa vivir eternamente. El ser humano en el Paraiso estaba llamado a la eternidad, pero tenía prohibido expresamente el discernir lo bueno de lo malo, pues eso es sólo atributo de Dios. Él es el que nos conoce a la perfección y sabe lo que es bueno y malo para nosotros, y si nosotros usurpamos ese papel divino, no somos merecedores del Paraiso prometido.

Este era el hombre perfecto, según lo ideado por Dios: con vida eterna y sometido a la voluntad de Dios.

Adán y Eva frustraron, por su voluntad, los planes de Dios, pero el mismo Dios para preservar a su Hijo de todo contacto con el mal, libró a su Madre, la Virgen María, de todo pecado, es decir, la hizo igual que la Eva del Génesis.

A diferencia de aquella Eva, la Virgen María sí perseveró hasta el final. Fue concebida sin pecado original y preservada de él por una gracia especial, pero si Jesús se sometió a la tentación, debemos pensar que ella también fue tentada a lo largo de su vida (como lo fueron Adán y Eva, y pecaron).

La Virgen María, perseverante hasta el final, cumplió el plan de Dios para con el ser humano, vida eterna y sometimiento a su voluntad:

- Vida eterna: es la fiesta que celebramos hoy, la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma a los cielos. Así, por esta gracia, Dios cumplió su propia voluntad: que comiéramos del árbol de la vida, que era lo que Él quería para nosotros.

- Sometimiento a la voluntad de Dios: es decir, ¿quiso la Virgen María discernir el bien del mal, constituirse en dios para establecer lo que es bueno y lo malo?. Tenemos muy pocas palabras de la Virgen en el Evangelio, pero una de ellas nos habla con claridad:

       "Haced lo que Él os diga"
Jn 2, 5

No caben palabras más claras que nos hablan de cómo la Virgen nos enseña el camino para ser hombres y mujeres según el plan de Dios: es Él el que sabe lo que nos conviene, y nosotros no somos los que debemos determinar nuestra norma moral.

Así se cumple la voluntad de Dios para el hombre en el Paraiso: poder comer de cualquier árbol, menos el del conocimiento del bien y el mal.

Esta es la promesa de Jesús:

"El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día"
Jn 6, 54

La vida eterna nos es prometida por Él, autor de la vida, siempre que comamos de su carne y bebamos de su sangre, y por lo tanto, cumplamos su voluntad de no querer ser como Dios, supremo y único autor de la norma moral.

Este es el gran pecado de nuestro tiempo, convertirnos en dioses, querer ser como dios, cambiar la norma moral a mi antojo, creer que lo que me conviene es lo que yo decida, en definitiva, olvidarme de Dios. Pecado tan antiguo y tan nuevo.


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