La Fiesta de la Creación
En la liturgia de Pentecostés, a la narración de los Hechos de los Apóstoles sobre el nacimiento de la Iglesia (cf. Hch 2, 1‐11) corresponde el salmo 103 que hemos escuchado: una alabanza de toda la creación, que exalta al Espíritu Creador que lo hizo todo con sabiduría: «¡Cuántas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con sabiduría! La tierra está llena de tus criaturas... ¡Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras!» (Sal 103, 24.31). Lo que quiere decirnos la Iglesia es esto: el Espíritu creador de todas las cosas y el Espíritu Santo que Cristo hizo descender desde el Padre sobre la comunidad de los discípulos son uno y el mismo: creación y redención se pertenecen mutuamente y constituyen, en el fondo, un único misterio de amor y de salvación. El Espíritu Santo es ante todo Espíritu Creador y por tanto Pentecostés es también fiesta de la creación.
Jesús es Señor
El Espíritu Santo es Aquel que nos hace reconocer en Cristo al Señor, y nos hace pronunciar la profesión de fe de la Iglesia: «Jesús es el Señor» (cf. 1 Co 12, 3b). Señor es el título atribuido a Dios en el Antiguo Testamento, título que en la lectura de la Biblia tomaba el lugar de su nombre impronunciable. El Credo de la Iglesia no es sino el desarrollo de lo que se dice con esta sencilla afirmación: «Jesús es Señor»...
El Espíritu Santo, vida de la Iglesia
...El Espíritu Santo es Creador, es al mismo tiempo Espíritu de Jesucristo, pero de modo que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo y único Dios. Y a la luz de la primera lectura podemos añadir: el Espíritu Santo anima a la Iglesia. Esta no procede de la voluntad humana, de la reflexión, de la habilidad del hombre o de su capacidad organizativa, pues, si fuese así, ya se habría extinguido desde hace mucho tiempo, como sucede con todo lo humano. La Iglesia, en cambio, es el Cuerpo de Cristo, animado por el Espíritu Santo...
Para leer la homilía completa en castellano, seleccione este enlace.
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La inhabitación de las personas de la Trinidad
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martes, 2 de agosto de 2011
miércoles, 6 de mayo de 2009
La inhabitación mutua de las personas de la Trinidad o pericoresis

La doctrina de la inhabitación se formula de la siguiente manera: donde está el Padre, está el Hijo y el Espíritu Santo; donde está el Hijo, está el Padre y el Espíritu Santo; y donde está el Espíritu Santo, está el Padre y el Hijo. Todo sin confusión entre las Divinas Personas.
Esta se ha venido formulando en la Iglesia Católica desde tiempos muy remotos. En el año 262 la carta del Papa Dionisio contra los triteístas y los sabelianos ya se formulaba esta doctrina. Pero la declaración más solemne tuvo lugar en el Concilio de Florencia (17º Ecuménico) mediante la Bula Cantate Dominio sobre la unión con los coptos y etíopes, de 4 de febrero de 1442. Dejemos hablar al venerable texto conciliar:
"Que el Padre no es el Hijo o el Espíritu Santo; el Hijo no es el Padre o el Espíritu Santo; el Espíritu Santo no es el Padre o el Hijo; sino que el Padre es solamente Padre, y el Hijo es solamente Hijo y el Espíritu Santo solamente Espíritu Santo... Estas tres personas son un solo Dios y no tres dioses... Por razón de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo." (DS 1331).
Textos bíblicos que reflejan esta doctrina tenemos varios, entre los que podemos citar los siguientes: "Yo y el Padre somos una sola cosa" (Jn 10, 30); "Yo estoy en el Padre y el Padre en mí" (Jn 14, 10); "El que me recibe a mí, recibe al que me envió" (Jn 13, 20).
La doctrina de la inhabitación tiene una consecuencia sobre nuestra vida cristiana: confesamos que Cristo está presente en la Eucaristía en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Por tanto, si el Hijo está presente en el pan consagrado, también lo están el Padre y el Espíritu Santo.
La Eucaristía es por tanto un regalo trinitario para la Iglesia en el que a través del Hijo, hallamos a la Santa Trinidad. ¿Se nos podría haber dado más?
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¿Qué es la transustanciación? (26-abril-2009)
Sustancia, hipóstasis y relación en la Trinidad (4-mayo-2009)
lunes, 4 de mayo de 2009
Sustancia, hipóstasis y relación en la Trinidad
Para desarrollar la doctrina trinitaria, la Iglesia ha utilizado términos extraídos de la filosofía y del uso vulgar para darles nuevos sentidos y poder desarrollar el conocimiento, siempre misterioso, que la Iglesia tiene de la Santísima Trinidad.
Esos conceptos primarios son, entre otros, el de sustancia, persona (o hipóstasis) y relación.
Por sustancia (o esencia o naturaleza) designamos a la Divinidad única de la Trinidad. Por tanto, decimos que Dios posee una única sustancia o esencia o naturaleza que es la divina.
"Estas tres personas son un solo Dios y no tres dioses; porque las tres tienen una sola sustancia, una sola esencia, una sola naturaleza, una sola divinidad, una sola inmensidad, una eternidad, y todo es uno, donde no obsta la oposición de relación" (Concilio de Florencia, 17º Ecuménico. DS 1330).
Por persona (o hipóstasis) designamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en cuanto le es propio a cada uno de ellos. Con esos nombres no designamos entidades distintas, sino relaciones entre los tres. Decimos, por tanto, que "uno es el Padre, otro es el Hijo y otro el Espíritu Santo", pero no "una cosa es el Padre, otra cosa es el Hijo, y otra cosa el Espíritu Santo".
Por tanto, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son Personas distintas dentro de la Trinidad, sin ser tres dioses distintos.
Por relación entendemos que la diferencia entre las Personas en la Trinidad se basan no en divisiones dentro de la Trinidad, sino en la referencia que unas Personas tienen con las otras y que las distinguen. Por tanto, el Padre se refiere al Hijo; el Hijo se refiere al Padre; el Espíritu Santo se refiere al Padre y al Hijo.
Por tanto, la relación del Padre es la de engendrar; la del Hijo, la de ser engendrado; la del Espíritu Santo, la de proceder del Padre y del Hijo.
Enlaces relacionados:
Catecismo de la Iglesia, n. 249ss
La cláusula del Filioque (18-febrero-2009)
miércoles, 18 de febrero de 2009
La cláusula del Filioque
Los primeros desarrollos teológicos de la Iglesia datan ya del siglo II de nuestra era. Los primeros cristianos que reflexionaban sobre la fe en Cristo intentaban poner en orden todo lo que habían vivido y recibido de sus padres. Así una de las primeras elaboraciones de ellos se centraban en los textos rituales para la eucaristía y la oración en común. Es conocido que la Liturgia precede históricamente a la Teología.
Por ello uno de los primeros textos que se elaboró es el Símbolo de la Fe, el repertorio de las nociones de la fe cristiana que hoy conocemos como el Credo Apostólico o Credo breve. Coexistieron durante un tiempo formulaciones de fe muy esquemáticas (como la Carta de los Apóstoles, del siglo II, localizada en Asia Menor), con otras más elaboradas y estructuradas.
Al hablar de la cláusula del Filioque, nos estamos refiriendo, en concreto, a cómo la Iglesia ha formulado lo que se conoce como la "procesión del Espíritu Santo", es decir, cuál es la relación del Espíritu Santo con el Padre y con el Hijo. La conocemos así porque la cuestión debatida entre Occidente y Oriente fue la formulación "... que procede del Padre y del Hijo ...." (qui ex Patre Filioque procedit ..."); las razones teológicas y bíblicas las veremos un poco más abajo.
En 325 en el Concilio de Nicea no se hace alusión alguna a las relaciones trinitarias. Las primeras formulaciones que incluyen las relaciones trinitarias se remontan al 374, en el que Epifanio, Obispo de Salamina dice: "... Espíritu paráclito, increado, que procede del Padre y recibido por el Hijo y creído..."
En 381 en el Concilio de Constantinopla se continúa con la elaboración de ese elenco de cuestiones indiscutidas de la fe, dando así origen básicamente al Credo Niceno-constantinopolitano o Credo largo (el que se recita habitualmente en la misa hoy en día).
En nuestro Credo, al hablar del Espíritu Santo se dice: "... que procede del Padre y del Hijo..." (qui ex Patre Filioque procedit). Esa formulación, la de la clausula "Filioque" (y el Hijo) parece ser que no se incluyó en el texto procedente del Concilios de Constantinopla, sino que fue en un Concilio posterior, el Sínodo III de Toledo de 589 convocado por Recaredo, en el que se añade al texto Niceno-Constantinopolitano.
Esta inclusión se debe al desarrollo teológico de la doctrina trinitaria que pretendía ajustar un concepto tan complejo como éste tal y tan importante para nuestra fe, tal y como lo tratan los autores sagrados. Al mismo tiempo, se pretendía acentuar la vinculación entre el Hijo y el Padre con la nueva formulación de cara también al ataque contra el arrianismo que había sido la gran herejía de la primera iglesia (que negaba la divinidad de Jesús).
Esto originó graves controversias teológicas a partir del siglo VIII, cuando el uso de dicha adición ya estaba muy difundido. El Sínodo de Aquisgrán (809) pidió al Papa León III que dicha clausula fuera aceptada por toda la Iglesia mediante su inclusión en el Credo, lo cual fue rechazado por el Papa, más por el temor a la modificación de la formulación del símbolo de la fe que por estar en contra de dicha doctrina.
Los Concilios Ecuménicos de Lyon II (1274) y de Florencia (1439) reconocieron la validez universal de dicha fórmula. En el primero de ellos, el 18 de mayo de 1274 se formuló la Constitución acerca de la excelsa Trinidad y de la fe católica en los siguientes términos: "Confesamos con fiel y devota profesión que el Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo, no como de dos principios, sino como de un solo principio; no por dos aspiraciones, sino por una única aspiración....".
En términos similares se expresa el Concilio de Florencia, a los que añade: "Definimos además que la adición de las palabras Filioque fue lícita y razonablemente puesta en el Símbolo, en gracia de declarar la verdad y por necesidad entonces urgente".
La fundamentación bíblica es extensa: el Hijo envía al Espíritu Santo (Lucas 24:49, Juan 15:26, 16:7, 20:22; Hechos 2:33; Tito 3:6), al igual que el Padre envía al Hijo (Romanos 3:3, etc), y como el Padre envía al Espíritu Santo (Juan 14:26).
También se reconoce al Espíritu Santo como el Espíritu del Hijo (Gálatas 4:6), el Espíritu de Cristo (Romanos 8:9), el Espíritu de Jesucristo (Filipenses 1:19), al igual que que ellos llaman Él el Espíritu del Padre (Mateo 10:20) y el Espíritu de Dios (1 Corintios 2:11).
La fórmula del Filioque fue utilizada por la Iglesia de Oriente como justificante de las desviaciones de la Iglesia Latina pues la fe de Oriente admitía sólo la procesión del Padre ciñéndose a la formulación original de 325 y 381 y olvidando el contexto occidental en que se había ido formando con el paso de los siglos la inclusión del Filioque.
La importancia de esta formulación trinitaria reside, como decía la Declaración "Mysterium filii Dei" de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 21 de febrero de 1972, bajo el pontificado de S.S. Pablo VI, "... con esta revelación ha sido dado a los creyentes también un cierto conocimiento de la vida íntima de Dios, en la cual 'el Padre que engendra, el Hijo que nace y el Espíritu Santo que procede' son 'consustanciales, coiguales, coomnipotentes y coeternos'" (Concilio IV de Letrán, XII Ecuménico, 1215).
Por tanto la definición y delimitación de la procedencia del Espíritu Santo es tanto como hablar de su papel primordial dentro de las relaciones trinitarias. De ahí la importancia del debate que se suscitó en su momento con la cláusula del Filioque.
Otros enlaces:
Miguel Cerulario y el Cisma de Oriente
80º Aniversario de los Pactos Lateranenses
Cuestiones verdaderas alrededor de la Virgen de Guadalupe
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