Mostrando entradas con la etiqueta Fe. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fe. Mostrar todas las entradas

miércoles, 24 de febrero de 2016

Las flechas en la aljaba (XXI): Fe y confianza

Desde que iniciamos nuestro camino como cristianos hay una virtud y una palabra que nos acompaña constantemente: la fe.

Tenemos que tener fe en dios, algo pone a prueba mi fe, yo creo en Dios pero a mi no me afecta, tenemos que fortalecer nuestra fe, ¡Señor, aumenta mi fe!.....

Tantas expresiones que hemos oido, incluso pronunciado, usando estas palabras "fe" o "creer".

Es algo tan primordial que deberíamos pararnos a reflexionar para extraer todo el jugo posible a estas expresiones de manera que nos ayuden en nuestro caminar, sin pretender hacer un tratado de Teología Fundamental, ni de interpretación bíblica. Solamente equiparnos con una flecha más en nuestra aljaba para el camino de la vida.

La palabra española fe proviene de la latina fides, fidei, que comparte raiz con otra palabra latina confido (confiar), de la que deriva nuestra palabra confianza.

Es decir, si nos paramos a pensar un poco, podemos ver cómo la palabra fe y la palabra confianza designan el mismo concepto, por lo que la segunda puede ayudarnos a clarificar la primera.

¿qué significa tener fe? Tener fe es tener CONFIANZA. Si digo que "tengo fe en alguien", es que confío en él. Si digo que "creo en la familia" estoy diciendo que tengo confianza en que la familia es algo primordial.

Hemos dicho muchas veces: Yo creo en Dios (yo tengo fe en Dios) pensando que con esta expresión estamos diciendo: Creo que Dios existe. Y ya está.

Creer en Dios equivale como a decir, "vale, sé que Dios existe", pero sin que esa existencia transcienda a mi vida. No me compromete a mucho, es un mero hecho.

Sin embargo, la confianza no se queda sólo ahí. Si digo que confío en Dios, estoy diciendo mucho más, que Dios existe y que es importante en mi vida hasta el punto de que soy capaz de confiarle los principios de mi existencia para ponerlos en sus manos.

En realidad eso también es la fe, pero quizás con la palabra CONFIANZA se entienda mejor.

Les invito a hacer este pequeño ejercicio en sus meditaciones, en su oración, en sus lecturas espirituales o en cualquier conversación sobre temas cristianos: cuando recurran a la palabra fe, cámbienla por CONFIANZA.

Así es fácil caer en la cuenta que cuando decimos que "tengo fe en Dios" estoy diciendo que me pongo en sus manos y me confío a su voluntad.
Porque cuando confío en alguien, me fío de su voluntad, que sé que no me defraudará. Y si no confío en Él, es que mi fe es muy débil.

De la misma manera si digo "la fe cristiana es algo importante para mí", ¿qué estoy diciendo? Que algo importante en mi vida es mi confianza en Cristo, con todo lo que ello conlleva. Por eso la fe es una virtud esencial para el cristiano, sobre la que se sustenta todo, sobre la confianza que depositamos en Cristo.

¿Nos hemos parado a pensar si confiamos en Cristo? ¿Confiamos en su voluntad, o nos fiamos de Él? Pues si no somos capaces de confiar en Él, es que no tenemos fe. Tener fe es tener confianza en Él, pero si no somos capaces de confiar en Cristo, es que no tenemos fe en Él.

Por eso (en una interpretación meramente espiritual mía) la fe es un don de Dios. Es decir, de Dios parte la iniciativa de que confiemos en Él. Porque Él se hace digno de nuestra confianza y abre sus brazos a que nos entreguemos a Él y a su santa voluntad.

Somos nosotros los que recelamos, los que huimos de la confianza que nos da un amigo, los que nos da miedo entregar nuestra vida a Él que nos la pide para hacerla perfecta, santa, agradable a Dios mediante la lucha contra el pecado.

Cuando Adán se escondía de Dios en el paraíso, había perdido la fe en Él, es decir, había perdido su confianza en Él. Había confiado en el diablo antes que en la Palabra del mismo Señor. Recuperar la confianza es recuperar la fe.

A esto voy... ¿y el pecado? Que Dios sea el único autor de la norma moral (como nos enseña el Génesis en el relato del paraiso) nos obliga a confiar en Él que nos enseña cuál es el camino recto. Si intentamos crear nosotros el camino, inventarnos la enseñanza, no estamos confiando en Él, no estamos teniendo fe en su Palabra.

La Fe en Dios (Confianza en Dios) implica por tanto varios rasgos característicos:

- tener fe en Dios implicar conocer su existencia. El primer momento de la confianza en alguien nos lleva a conocer su existencia. No podemos confiar en lo que no existe, o en lo inanimado.

- tener fe en Dios y conocer su existencia nos lleva a confiar en Él para poder decir de verdad que creemos en Él. Decirle a alguien: creo en tí, pero no te confiaría ni lo más liviano de mi vida, no suena a veraz.

- tener fe en Dios (confiar en Él)  implica entregarnos alegremente a su voluntad (como hacemos con el verdadero amigo al que confiamos nuestra vida en los momentos clave).

- tener fe en Dios (confiar en Él) implica aceptar su enseñanza como la única norma moral segura. No podemos recibir ninguna enseñanza de un maestro si no confiamos en su sabiduría y su capacidad de transmitírnosla.

- tener fe en Dios (confiar en Él) nos lleva a esperarlo en el umbral de nuestra existencia con la misma confianza que el hijo pródigo puesta en su infinita bondad.

Otros enlaces:
Más flechas en la aljaba

domingo, 15 de marzo de 2015

¿Y si creer me complica la vida?

Comenzaste a servir al Señor, quizás no recuerdas cuándo o hace poco tiempo. Tu intención es dedicar todo tu ser a Él, modelar tu voluntad a la suya y ponerlo en el centro de tu existencia.

Pero no faltan las ocasiones en las que ves que todo te va mal. Los problemas se suceden a veces sin dejar tregua, incluso en los momentos más tranquilos de tu vida. Cualquier cosa se vuelve una contrariedad, una dificultad, un escollo que salvar.

Tus pecados vuelven una y otra vez y te ves como Sísifo, intentando subir una piedra por la ladera de una montaña, para a continuación ver cómo la piedra vuelve a caer y todo recomienza.

Todas estas dificultades complican tu vida, te transmiten ciertamente angustia y tristeza. Llegarás a pensar que Dios te está mandando todas estos problemas a tí, que quieres amarle y servirle.

La duda está sembrada en tu corazón. ¿Es posible que Dios te trate así? ¿Merece la pena continuar en esto? ¿No viven mejor otras personas que se encuentran alejadas de Dios?

¿Qué me está pasando?

Lo que te ocurre es el efecto de la principal argucia del demonio: sembrar en tí la falta de paz.

La santidad se construye sobre la paz interior, por lo que el diablo actúa quitándote la paz para que tú termines por pensar que nada merece la pena.

Por lo tanto, la principal labor del cristiano es mantener la paz en su corazón.

La paz es la mejor tierra sobre la que sembrar la vida de fe. Y al mismo tiempo la vida de fe debe procurarte un trasfondo de paz en tu interior.

Jesús quiso compartir nuestra humanidad para que fuéramos plenamente conscientes de que Él sabía de nuestras pasiones, nuestras debilidades, nuestros cansancios, nuestros buenos propósitos realizados o no.

Muchas personas creen que las cosas malas nos suceden porque son castigo de Dios, porque hemos sido víctimas de un juez implacable que no nos deja ninguna tregua. Sin embargo olvidamos que las situaciones dolorosas nos suceden a todos, y los que tenemos fe las aprovechamos para superarlas y acercarnos más a Dios.

Y todo esto viene a robarnos la paz y a sembrar en nosotros la duda de si la vida de fe sirve para algo o no.

La fe es la que nos equipa para la lucha contra el mal, la que da sentido a nuestra vida y la que nos enseña el camino correcto a lo largo de nuestra existencia.

La fe nos hace mirar hacia nuestro interior, buscar a Jesús para encontrarlo en el centro de nuestra alma, pues lo natural en nosotros es mirar hacia afuera, hacia el exterior.

La fe nos da la suficiente oscuridad en nuestra vida para que el verdadero amor sea posible.

La fe nos hace darnos cuenta de que todo lo que nos rodea (que en el fondo siempre termina por frustrarnos) no es lo principal, sino que lo verdaderamente importante no pertenece a este mundo que pasa, sino a otro mundo que permanece.

Nuestro cuerpo es débil y vulnerable, pero nuestra alma tiene ansias de permanencia y durabilidad. La fe nos hace darnos cuenta de esta dualidad y nos prepara para la lucha que se avecina: nuestras pasiones que nos lastran frente a las virtudes que nos dan alas.

Creer no sólo no nos complica la vida, sino que nos abre los ojos al verdadero destino de nuestra existencia: la vida feliz en Cristo.

Mientras nuestros sentidos nos hablan de lo material, la fe nos enseña la prevalencia de nuestra naturaleza espiritual sobre la corporal. Y este camino, a veces, es doloroso porque nos hace desapegarnos de lo que vemos y a lo que nos asimos, para confiar en Jesús que nos enseña el camino hacia nuestro verdadero destino.

martes, 31 de julio de 2012

El Credo del Pueblo de Dios

Con motivo de la celebración del Año de la Fe, convocado por S.S. Benedicto XVI, traemos en este artículo el Credo del Pueblo de Dios de S.S. Pablo VI.


Este Credo es una versión extensa y meditada de los artículos principales de nuestra fe lo que puede servirnos para nuestra reflexión personal, así como para profundizar en aspectos de nuestra fe que no habíamos tenido ocasión de reafirmar en nuestra vida.


Tener fe no significa creer en algo al modo en que creemos que mañana lloverá o creemos en el testimonio de un amigo que nos asevera algo de lo que ha sido testigo.


Tener fe en Dios, tener fe en Cristo significa:


- confiar en Él, es decir, reconocerlo como Dueño y Señor de nuestras vidas. Poner en sus manos nuestra existencia y dejarnos llevar por sus Palabras y su Gracia.


- obedecerle, es decir, ajustar nuestras vidas a su voluntad, de modo que sea la voluntad de Cristo la que opere en todas las mociones de nuestro espíritu.


En definitiva, tener fe en Cristo es amarle con todo nuestro ser para hacerlo uno con nosotros. Nuestra existencia debe orientarse mediante la buena voluntad hacia la consecución de estos fines.


Aprovechemos este Año de la Fe para afianzar estos principios en nuestra existencia haciendo uso de todos los medios de Gracia que Cristo mediante la Iglesia pone a nuestro alcance.


Credo del Pueblo de Dios (pdf, 53 kb)

domingo, 8 de julio de 2012

10 consejos para perder la fe

Estos consejos para perder la fe, están tomados del blog Ascending Mount Carmel del amigo 'The Idler' que generosamente nos ha permitido traducirlos y exponerlos aquí.

Hemos sabido de este elenco tan sumamente acertado a través de Religión en Libertad que publicó un resumen de este texto. Aquí ofrecemos una traducción completa y directa del original. Espero que nos sirva a todos como ejemplo de lo que no debemos hacer con nuestra fe.

"El proceso de conversión nos proporciona mucho tiempo, que necesitamos en el desierto espiritual para darnos cuenta de cómo son las cosas realmente. La siguiente lista pretende ilustrar lo que yo creo que son las formas más efectivas para que nuestra vida espiritual, como católicos que somos, quede completamente destruida o al menos bastante disminuida. Si quieren que su vida espiritual crezca, evite las siguientes situaciones:

1.- Asume que la Iglesia está perdida: escucha a los disidentes y a otros que atacan la fe sin asegurarte que tu propia fe es lo suficientemente sólida para soportarlo.
Escucha constantemente las diatribas de los predicadores fundamentalistas contra la Iglesia, a la que llaman "la prostituta de Babilonia". Presta oídos a las diversas invectivas lanzadas contra la Iglesia por el "Natural Catholic Reporter" (N.T.: algo así como lobos con piel de cordero).
Piensa que Hans Küng es el mejor teólogo que la Iglesia ha tenido. Toma en serio las objecciones a la fe que hacen desde algunas páginas web, como Carm.org (N.T.: lobos con piel de lobos).
Haciendo esto puedes empezar a sentirte aislado, enfadado por el desmembramiento que sufre nuestra fe, que una vez fue hermosa, y ocurre que la mayoría de los católicos hoy están completamente desnortados.
Cualquier religión te empieza a parecer atractiva una vez que has visto unos cuantos videos de marionetas litúrgicas; tu fe sufrirá golpes posiblemente fatales si atiendes a las razones contra el catolicismo de los fundamentalistas -aquellos que quieren desmantelar la Iglesia desde dentro- y de los anticatólicos.

2.- Sé escrupuloso en demasía: la escrupulosidad es un problema especial entre nosotros los católicos; es verdad, cuando nos vemos enfrentados a la maravillosa realidad de la presencia real de Cristo en la Eucaristía  y todo lo que conlleva la Sagrada Comunión, uno puede llegar a ser claramente consciente de su propia naturaleza pecadora. Un régimen saludable de examen de conciencia es bueno y recomendable; la confesión frecuente puede realmente ayudar a desarraigarnos del pecado y al menos conducirnos hacia el buen camino.
Pero si quieres llegar a un estado de locura como la de Nietzsche, examina cada pequeña acción con lupa. Considera cualquier pecado como si fuera mortal, vive con miedo. Te aseguro que tu fe se consumirá en esas llamas.

3.- Cambia en tu vida la misericordia por la justicia: siguiendo con lo anteriormente dicho, empieza a considerar que Dios es inmisericorde. Considéralo como un tirano que sólo se entusiasma con la idea de arrojarte al infierno. Esto no sólo matará tu fe y tu amor por Dios, sino que también te conducirá a lo contrario, al anticristianismo o algo peor.

4.- Céntrate en la vida espiritual de todos menos en la tuya: disecciona la vida espiritual de los demás pero no te fijes en la tuya. Rechaza esforzarte por tu propia salvación a causa del miedo.

5.- No mantengas una conversación inteligente sobre religión, sino discute: el debate y la discusión son fuentes de conocimiento, pero los argumentos no. Por lo tanto cada vez que tu fe sea puesta en entredicho, empieza a enfadarte y suelta tu lengua. Discute hasta que te desmayes, no escuches lo que la otra persona dice y frústrate tanto como sea posible.

6.- Haz lo mínimo que se te pida: conviértete en un católico perezoso. Empieza por ir a Misa sólo los domingos, después sáltatela de vez en cuando y finalmente sólo irás en Navidad y en Pascua de Resurrección.

7.- No conozcas tu fe: una buena forma de dejar morir tu fe es no conociéndola. Evita leer las Escrituras, ignora los Padres de la Iglesia, deja de lado esos libros de Teología (cosas viejas y polvorientas), rechaza estudiar la Historia. De esta forma cuando alguien inevitablemente cuestiona o ataca tu fe, tú te torcerás inmediatamente y considerarás otras opciones.

8.- Evita recibir frecuentemente la Sagrada Comunión: dado que recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo nos fortalece, podemos decir que comulgar con frecuencia sólo puede ayudarte en todos los aspectos de tu vida cristiana. Por lo tanto, si deseas debilitarte, evita recibir la comunión. Evita mejorar incluso cuando puedas, porque sólo te sentirás limpio y total y absolutamente rejuvenecido cada vez que recibes a Cristo.

9.- Encógete de miedo cuando tu fe se vea desafiada (miente, escóndete, huye):  esta es la clave, cada vez que alguien ataque u objete algo contra tu fe, vuélvete y huye. Mejor aún, conviértete en un cúmulo de disculpas titubeantes y avergüénzate. Esto te hará sentir que tu fe es débil, indigno de recibir la comunión, un cobarde, al final. Seguro, hay ocasiones y lugares para defender tu fe pero no siempre es conveniente discutir de religión en una comida con alguien que sólo está siendo maleducado. Pero si deseas realmente perjudicar tu vida espiritual, te recomiendo que seas realmente un cobarde.

10.- No reces: sobre todo, si deseas matar tu fe, no reces. El no rezar te aleja de toda conversación divina, con tu familia en el cielo, con Dios mismo. Si realmente quieres que tu fe muera, ésta es la forma de hacerlo. La oración es el agua que mantiene vivo el árbol de tu fe. Deja de regarlo y mira cómo se seca."

Amén.

(Traducción: Ana María Rodríguez)

Enlaces relacionados:

viernes, 29 de junio de 2012

¿Qué hacer cuando tenemos sequedad de espíritu?

En este estado, la persona se encuentra en soledad ante Dios, sin goces espirituales; todo se vuelve frialdad y distancia. La fe intensa y viva de antes es como si hubiera desaparecido. Tú crees estar en el mismo sitio que siempre y es como si Dios se hubiera retirado.

Para estos momentos, que pueden durar mucho tiempo, te brindo estos consejos, por si te sirven de ayuda:

1) Asume que este estado forma parte del progreso espiritual. Los grandes santos han sufrido esa tibieza de espíritu como parte de su camino de perfección.

2) Procura no hacer grandes cambios en tu vida. Santa Teresa decía: "En tiempo de turbación, no hay que hacer mudanza".

3) Mantén tu vida espiritual todo lo que sea posible. Dios te conoce hasta en lo más íntimo y te comprende de manera perfecta si no puedes hacer lo que hacías antes.

4) Si no puedes orar, convierte tu oración en pequeñas jaculatorias: "Jesús, ten misericordia de mí", "Ayúdame a tener fe", "Quiero creer", "Jesús, socórreme", etc. Si puedes repetirlas varias veces al día, mantendrás tu vínculo con Dios, cuando pases por delante de alguna Iglesia o mires al crucifijo, por ejemplo.

5) Asiste a la Misa Dominical. En situaciones difíciles es mejor asistir a Misa aunque tu ánimo esté lejos de lo que se está celebrando, que no asistir. La frase: "Para qué voy a ir si no estoy en lo que tengo que estar" no es una opción deseable. Cristo apreciará mucho más tu sacrificio.

6) Ten a la mano las Sagradas Escrituras, así como algún libro espiritual que te inspirara especialmente en algún otro momento de tu vida. Si no te encuentras con fuerzas y ánimo para leerlos, tenlos cerca de tí.

Si no sabes qué leer, repasa en los evangelios las Palabras de Jesús: "Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré".

En el Antiguo Testamento puedes leer el libro de los Proverbios (y también el Eclesiástico y el Eclesiastés) en los que encontrarás pequeños consejos muy útiles en tu vida cotidiana. Recurre a algún texto que en algún otro momento te inspirara de manera especial: Salmo 23 (El Señor es mi pastor), el Salmo 22 (Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado), la experiencia de Elías, etc.

7) Escucha música espiritual o, al menos, alguna que te eleve el espíritu. Todos necesitamos esta ayuda para nuestra vida ordinaria. Cuánto más en estos momentos.

8) No desprecies la ayuda que te pueda venir de fuera. Seguro que tienes algún amigo de fe probada o algún confesor o director espiritual al que pedir consejo. Pídeles ayuda y ruégales que recen por tí. También puedes acudir a algún convento de religiosas cerca de tu casa para hacerles esta petición, aunque no te conozcan. Verás como te acogen con cariño, pues te agradecerán el que las hagas sentirse útiles por tí.

9) Si es posible lleva contigo un rosario, un decenario o un crucifijo, en tu bolsillo, en el monedero, en tu bolso o maleta. Cuando lo toques y lo veas te servirá para recordarte que Jesús está contigo.

10) No te angusties ni desesperes. Este estado es propio de las personas que aman a Dios de una manera especial, para las que Él significa algo importante en sus vidas. No lo interpretes como un alejamiento de Dios, sino como una prueba que manda el Señor. Confía en Él,  confía. Si quieres que Él gobierne tu vida, ponla en sus manos y deja que Él obre sus maravillas.


Dos agricultores padecían una sequía prolongada. Uno de ellos esperaba la lluvia, el otro, en lugar de estar ocioso y lamentándose, escarbaba y abonaba su terreno para prepararlo. ¿Cuál crees que estaría mejor preparado para que el terreno diera fruto cuando volvieran las lluvias?





Enlaces relacionados:
Cristo y la Cruz
La mayor de las riquezas
"Si vivieres sin Dios, tú perderás..."

sábado, 16 de junio de 2012

Somos la Iglesia Católica (subtitulado en español)


Somos la Iglesia Católica. La gran familia de Cristo.


No te limites a sobrevivir como cristiano. Goza de sus riquezas.

lunes, 7 de mayo de 2012

Cristo, la oportunidad de nuestras vidas

Cada uno de nosotros hemos recibido multitud de oportunidades desde nuestro nacimiento. Solemos valorar y apreciar todo lo que ha sido puesto en nuestra vida para nuestro bien y prosperidad. Apreciamos el don de haber nacido en una familia que nos acoge, de haber podido disponer de recursos para no pasar hambre, de disponer de educación, amigos, bienes, cultura, amor, conocimiento, etc.


Todas estos dones son oportunidades para vivir mejor, para gozar de nuestra vida de una manera más plena y radiante.
¿Qué nos aporta la fe en este marco vital? ¿Tiene la fe algo que decir en todo esto?
Hoy quiero reflexionar sobre el sentido que aporta a nuestra vida la fe cristiana y católica.


Si nosotros mismos y los que nos rodean trabajamos incesantemente por mejorar nuestras condiciones vitales, la fe se encarga de llenar nuestra vida de oportunidades.


Amar al que está cerca de nuestro corazón es relativamente fácil; la fe nos da la oportunidad de descubrir que también podemos amar al que no es digno de amor, según los criterios del mundo.


Si nos van mal las cosas, la fe no nos sacará de nuestro trance, pero nos dará la oportunidad de descubrir que otras personas viven en circunstancias peores que las nuestras y trabajan por vivir su vida a veces con más dignidad que la nuestra propia.


Si nos equivocamos y pecamos, podríamos olvidarlo sin más y autojustificarnos; la fe, en cambio, nos da la oportunidad de practicar la humildad, para no creernos que ya lo hacemos todo bien, y dirigirnos a Dios en busca de perdón, porque si no lo hacemos ¿cómo vamos a perdonar a quien nos agravie alguna vez? No conoceremos el beneficio de sentirse perdonado para darlo a los demás.


Si nuestra soberbia y egoismo le causa un daño a alguien, nuestro orgullo podría buscar excusas en nuestro corazón para justificar nuestro proceder; la fe nos da la oportunidad de colocarnos en el lugar de la persona ofendida, sentir su dolor como si nos lo hubieran hecho a nosotros y reconocer que ese nunca es el camino.


Si nuestro cansancio o indolencia nos persuade de que no es imprescindible ir a Misa los domingos para nuestra fe, que podemos ser cristianos sin esa carga absurda, la fe nos da la oportunidad de convertir esa "carga" en una disciplina personal en nuestras vidas, en un encuentro con los demás, en una consagración especial de parte de nuestro tiempo al Señor de lo Eterno. Hoy renegamos de la disciplina en la vida, pero nos cargamos de nuevas disciplinas: el gimnasio, las dietas, el aparentar. Cambiamos las disciplinas que hacen crecer el alma, por las que desarrollan sólo el cuerpo.


Nuestro mundo nos hace ser orgullosos y engreidos, pero nos rendimos con todo nuestro ser ante sentimientos superficiales y vacíos: nuestro equipo deportivo favorito, nuestro cantante preferido como si ocuparan un lugar imprescindible en nuestra vidas; la Eucaristía nos da la oportunidad de arrodillarnos ante quien es el Señor del universo, de saber que bajo la apariencia de este trozo de pan, se halla la Esencia de todo. Él sí que merece nuestra adoración, y haciéndolo, nos conduce por el camino del bien y la paz.


Cristo llena nuestra vida de oportunidades, de manera que no sólo los dones se convierten en algo positivo, sino que todo lo que sucede en nuestras vidas, aunque sea negativo, sirve para nuestro crecimiento. La oración será la que nos muestre este valor en nuestras vidas y haga que llevemos a plenitud lo que San Pablo nos dice en Romanos 8, 28: "Dios dispone todas las cosas para el bien de los que le aman".


¿Acaso no es Cristo así, también, un Salvador para nuestra vida cotidiana, para llenarla de motivos de cambio y mejora, en definitiva, de oportunidades de crecer?


La Gran Oportunidad perdida fue la desobediencia a Dios en el paraíso. El fin primordial de nuestras vidas es enderezar definitivamente aquel error y sus consecuencias en nosotros.


En esta tarea bien merece la pena invertir una vida.


Enlaces relacionados:
Amar en la diferencia
¿A qué se parece el amor?
El hombre insignificante





jueves, 23 de junio de 2011

El curso Alpha

Los cursos Alpha han nacido para reintroducir en el amor a Cristo a ateos, agnósticos y personas con una fe débil o apagada.
El éxito ha sido muy importante, y aunque nació como una iniciativa dentro del mundo anglicano, hoy día muchas parroquias católicas ofrecen estos cursos. Están constituidos por sesiones breves con temas muy concretos en el que en un ambiente distendido, se tratan temas básicos de la fe y del compromiso cristiano: ¿Por qué murió Jesús?, ¿cómo nos guía Dios?, etc.
Si quieres informarte más sobre estos cursos, puedes acceder a este enlace donde encontrarás mucha información en español.

Enlaces relacionados:

domingo, 15 de marzo de 2009

¿Cuál es el verdadero tesoro de la Iglesia?


Desde el 30 de septiembre al 27 de octubre de 2001 se celebró en Roma el Sínodo de los Obispos para estudiar el papel del ministerio episcopal en la Iglesia de hoy.

En una de sus intervenciones, el Cardenal Joseph Ratzinger, hoy S.S. Benedicto XVI, expresó una idea digna de reflexión: "La fe es el verdadero tesoro de la Iglesia."

Muchas veces pensamos en los grandísimos tesoros que tenemos en la Iglesia, y nos olvidamos de la fe. Damos por hecho que creemos, pero vemos que nuestra fe es débil y superficial. Recibimos el bautismo cuando éramos niños privados del uso de razón, y vemos hoy nuestra incorporación a la Iglesia como un documento oficial en el que se certifica que estamos bautizados. Nada más.

¿Somos conscientes de que la fe es el verdadero tesoro de la Iglesia?

Si no hemos vivido y alimentado nuestra fe en el día a día de nuestra vida, podremos comprobar cómo esa fe incipiente se va debilitando y agostando, cuando no tergiversando y torciendo. Existe el riesgo de convertir nuestra vida de fe en un inmenso espectáculo en el que se suceden escenas en nuestra cabeza que todos conocemos de la vida de Jesús, de la Virgen, de la Historia de la Iglesia, con las que incluso nos sentimos unidos de alguna forma, pero que no han calado en nuestra existencia.

Seguimos siendo meros espectadores y no hemos dado el paso para convertirnos en protagonistas de nuestra vida de santidad. Por la fe no sólo tenemos que contemplar a Jesús, sino injertarnos en Él para vivir como Él y amarlo infinitamente. Por la fe podemos vivir el amor de la Madre que nos protege y nos abraza. Y por la fe podemos sentirnos hijos de Dios y experimentarlo en la comunidad que nos acoge y alimenta que es la Iglesia.

Pero todo esto lo damos por supuesto o, simplemente, lo ignoramos. La fe puede movernos a lo más alto, pero solemos quedarnos en la mediocridad. Quizás esto ocurra porque no prestamos atención suficiente a lo esencial de nuestra fe:

- La fe es don que se nos da, pero al que tenemos que dar una respuesta, dado que Dios respeta nuestra libertad: ¿damos esa respuesta con nuestra vida, o sólo con nuestros labios?

- Fides ex auditu (Rm 10, 17), la fe que nace de lo oído, de la predicación: ¿hemos estado atentos a la predicación que hemos recibido, o nos hemos limitado a poner una barrera en nuestro corazón en función de que me guste más o menos el predicador que me la transmite, o de la belleza de sus palabras?

- El objeto de nuestra fe como hecho histórico, no como hecho atemporal: ¿somos conscientes de que nuestra fe está encarnada en la Historia, mostrada a nosotros por hechos históricos para nuestro bien? Jesús vivió, murió y resucitó, todos ellos hechos comprobables por los que vivieron junto a Él. ¿Nos dice algo especial esto para nuestra vida?

Podemos afirmar sin duda, guiados de la mano de nuestro Papa, que la fe es el verdadero tesoro de la Iglesia, fundamento de todo nuestro existir y que, como cimiento que es, deberíamos construir con firmeza y cuidar con esmero.

Otros enlaces:
¿Por qué el auge de la misa tridentina?
Cristo, la verdad
Sobre la Virgen de Guadalupe: las ideas claras

miércoles, 4 de febrero de 2009

Sobre la fe cristiana


Hablar de la fe requeriría un completo tratado teológico, pero yo intentaré exponer mis reflexiones personales que extenderé en otros posts.


Durante mi vida me he encontrado con muchas personas que me han explicado que su fe cristiana se basa en un conjunto de "creencias" como si la fe se redujera exclusiva y primariamente a una caja de herramientas en la que tenemos que llevar los utensilios que nos hagan falta en nuestra vida cristiana.


Sin embargo, la fe, primariamente, es una adhesión personal. Utilizando un ejemplo muy imperfecto, yo diría que se parece al amor que siente el aficionado al fútbol por el club de sus amores. Este es un amor incondicional, en la victoria y en la derrota, en la prosperidad y en la penuria económica. Un amor que no podemos explicar con la mera utilización de la razón, un amor que es racional pero va más allá de la razón. Sí, la fe, en definitiva, es un enamoramiento de Dios, una confianza en su voluntad, una unión con todos los que desde hace unos 4.000 años sintieron por primera vez Su llamada.


La fe ¿se concede a todos los hombres?: Dios concede la gracia de la fe a todos los hombres, pero también nos concede la Libertad (así, con mayúsculas) de seguirle o no, es decir, de responder a esa gracia: gran misterio, el de la Libertad, del que reflexionaré en otro momento (cuidado: no confudir la Libertad con el "abuso de nuestra libertad" que hacemos los hombres; nuestra libertad de obrar siempre tendrá límites).


En el libro del Génesis nos encontramos un texto maravilloso que nos habla de la respuesta del hombre a la Gracia de Dios: El hombre que se enseñorea del Paraíso, al pecar se siente desnudo y cuando oye que el Señor pasea por su jardín, se avergüenza y se esconde, creyendo ingenuamente que va a poder huir de la mirada de Dios. El Señor, lejos de imponer su voluntad soberana, se limita a preguntar:
"Adán, ¿dónde estás?" 
El hombre cree que por ocultarse tras un arbusto, va a escapar de la mirada de Dios, pero la pregunta resuena: "Adán, ¿dónde estas?".


Haciendo una puntualización lingüística, resulta que en hebreo bíblico "adán" es la palabra que se usa para designar al hombre. Es decir, la pregunta resonaría con mayor fuerza si cabe: "Hombre, ¿dónde estás?".


Dios pregunta y dicha pregunta lleva implícita la libertad de responder o no. Dios no juega a perseguir al ser humano.


Sólo lo llama. Dios no se impone. Sólo invita a que respondamos. ¿Es Dios el que se esconde del hombre o el hombre el que se esconde de Dios?.


Seguro que esta pregunta la hemos sentido en algún momento de nuestra vida en el silencio de nuestro interior.


Alguien que nos pregunta qué estamos haciendo con nuestra vida, dónde nos conduce la vida que llevamos.


Indudablemente la fe cristiana se concretará en formulaciones que recibimos de las Sagradas Escrituras y de la Tradición de modo natural, no impuesto, decantado con el paso del tiempo.


A mi juicio, y modo de resumen, el concepto clave que debería ayudarme a comprender la fe en Dios es el concepto de Libertad, que es el gran regalo que Dios nos da a los hombres. La Fe se entiende desde la Libertad y en tanto en cuanto el hombre ha sido creado libre. Los padres, en nuestro afán protector, queremos que nuestros hijos hagan su vida con arreglo a nuestro criterio del obrar correcto, incluso cuando crecen y se hacen adultos.


Dios, como padre que es, nos da la vida, el don más preciado, nos da su criterio del obrar correcto y nos da la libertad de obrar, aun en contra de su voluntad. Dios, en definitiva, es el Padre Perfecto.


Enlaces relacionados: