miércoles, 25 de mayo de 2016

Instrumentos de las buenas obras o del arte espiritual, de San Benito

La Regla de San Benito fue la primera regla de vida monástica que sirvió para regir la vida en común de los monjes mediante el retiro del mundo.

Este modo de vida se dio en la Iglesia primitiva desde los primeros tiempos dado que muchos anacoretas se retiraron al desierto a vivir la soledad en la adoración y contemplación de Dios. Sin embargo, San Benito fue el primero que instituyó la vida en común de sus monjes que vivían así retirados del mundo recluidos en un monasterio.

Sobre la Regla de San Benito se han basado muchas formas de vida en común posteriores en la Iglesia, como algunas órdenes mendicantes, por lo que ha sido de una importancia extraordinaria.

En el capítulo 4, San Benito hace una exposición sucinta de lo que él llama "Instrumentos de las buenas obras o del arte espiritual" que no son otra cosa sino consejos dirigidos a sus monjes para llevar una vida cristiana recta. Estos instrumentos han sido objeto de estudio en muchas ocasiones como propuestas de San Benito para la vida espiritual.

Yo simplemente me voy a fijar en uno, si bien todos los demás son dignos de la misma consideración. Lo he resaltado con letra cursiva en el texto: cuando tengas malos pensamientos, estréllalos inmediatamente contra Cristo. Malos pensamientos de cualquier tipo, de los que nos atosigan, de los que nos sobrevienen para robarnos la paz, de los que perturban nuestra tranquilidad en la presencia de Dios. Este consejo de San Benito no llega hasta hoy y debemos hacer uso de él en la medida de nuestras necesidades.

A continuación transcribo la totalidad de dichos consejos de San Benito:

Instrumentos de las buenas obras:

Ante todo amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma, y con todas las fuerzas,
y además al prójimo como a sí mismo.
Y no matar.
No cometer adulterio.
No hurtar.
No codiciar.
No levantar falso testimonio.
Honrar a todos los hombres,
y no hacer a otro lo que uno no desea para sí mismo.

Negarse a sí mismo para seguir a Cristo.
Castigar el cuerpo.
No darse a los placeres,
amar el ayuno.
Aliviar a los pobres,
vestir al desnudo,
visitar a los enfermos,
dar sepultura a los muertos,
ayudar al atribulado,
consolar al afligido.

Hacerse ajeno a la conducta del mundo,
no anteponer nada al amor de Cristo.
No consumar los impulsos de la ira,
ni guardar resentimiento alguno.
No abrigar en el corazón doblez alguna,
no dar paz fingida,
no cejar en la caridad.
No jurar, por temor a hacerlo en falso;
decir la verdad con el corazón y con los labios.

No devolver mal por mal,
no inferir injuria a otro e incluso sobrellevar con paciencia las que a uno mismo le hagan,
amar a los enemigos,
no maldecir a los que le maldicen, antes bien bendecirles;
soportar la persecución por causa de la justicia.

No ser orgulloso,
ni dado al vino,
ni glotón,
ni dormilón,
ni perezoso,
ni murmurador,
ni detractor.

Poner la esperanza en Dios.
Cuando se viera en si mismo algo bueno, atribuirlo a Dios y no a uno mismo;
el mal, en cambio, imputárselo a sí mismo, sabiendo que siempre es una obra personal.

Temer el día del juicio,
sentir terror del infierno,
anhelar la vida eterna con toda la codicia espiritual,
tener cada día presente ante los ojos a la muerte.
Vigilar a todas horas la propia conducta,
estar cierto de que Dios nos está mirando en todo lugar.

Cuando sobrevengan al corazón los malos pensamientos, estrellarlos inmediatamente contra Cristo y describirlos al anciano espiritual.
Abstenerse de palabras malas y deshonestas,
no ser amigo de hablar mucho,
no decir necedades o cosas que exciten la risa,
no gustar de reir mucho o estrepitosamente.

Escuchar con gusto las lecturas santas,
postrarse con frecuencia para orar,
confesar cada día a Dios en la oración con lágrimas y gemidos las culpas pasadas,
y de esas mismas culpas corregirse en adelante.

No poner por obra los deseos de la carne,
aborrecer la propia voluntad,
obedecer en todo los preceptos del abad, aun en el caso de que él obrase de otro modo.

No desear que le tengan a uno por santo sin serlo, sino llegar a serlo efectivamente para ser así llamado con verdad.
Practicar con los hechos de cada día los preceptos del Señor;
amar la castidad,
no aborrecer a nadie,
no tener celos,
no obrar por envidia,
no ser pendenciero,
evitar toda altivez.
Venerar a los ancianos,
amar a los jóvenes.
Orar por los enemigos en el amor de Cristo,
hacer las paces antes de acabar el día con quien se haya tenido alguna discordia.

Y jamás desesperar de la misericordia de Dios.

Otros enlaces:
¿Por qué el símbolo del pez?
Una tabla de consuelo y salvación: citas bíblicas y espirituales para nuestras necesidades
Pensamientos para el día a día


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada