domingo, 14 de junio de 2009

Pensamientos (XXXIII): Benedicto XVI


Ningún reino de este mundo es el Reino de Dios, ninguno asegura la salvación de la humanidad en absoluto. El reino humano permanece humano, y el que afirme que puede edificar el mundo según el engaño de Satanás, hacer caer el mundo en sus manos.

Aquí surge la gran pregunta que nos acompañará a lo largo de todo este libro: ¿qué ha traído Jesús realmente, si no ha traido la paz al mundo, el bienestar para todos, un mundo mejor? ¿Qué ha traido? La respuesta es muy sencilla: a Dios. Ha traido a Dios.

Aquel Dios cuyo rostro se había ido revelando primero poco a poco, desde Abrahám hasta la literatura sapiencial, pasando por Moisés y los Profetas; el Dios que sólo había mostrado su rostro en Israel y que, si bien entre muchas sombras, había sido honrado en el mundo de los pueblos; ese Dios , el Dios de Abrahám, Isaac y Jacob, el Dios verdadero. Él lo ha traído a los pueblos de la tierra.


Ha traído a Dios: ahora conocemos su rostro, ahora podemos invocarlo. Ahora conocemos el camino que debemos seguir como hombres en este mundo. Jesús ha traído a Dios y, con Él, la verdad sobre nuestro origen y nuestro destino; la fe, la esperanza y el amor. Sólo nuestra dureza de corazón nos hace pensar que esto es poco.

Sí, el poder de Dios en este mundo es un poder silencioso, pero constituye el poder verdadero, duradero.
La causa de Dios parece estar siempre como en agonía. Sin embargo, se demuestra siempre como lo que verdaderamente permanece y salva. Los reinos de la tierra, que Satanás puso en su momento ante el Señor, se han ido derrumbando todos. Su gloria, su doxa, ha resultado ser apariencia.

Pero la gloria de Cristo, la gloria humilde y dispuesta a sufrir, la gloria de su amor, no ha desaparecido ni desaparecerá.


S.S. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, pp. 69-70.

Enlaces relacionados:
San Agustín: Cristo no mengua.
Santa Teresa de Jesús: el Castillo interior.
Santa Ángela de la Cruz: los hijos de la humildad.

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