lunes, 31 de marzo de 2014

Spem in alium non habui...

En el albor de la nueva claridad de la Pascua que la Cuaresma y la Semana Santa anuncian como trompetas que traen la salvación a nuestra tierra, a nuestra carne, repetimos yo y mi familia, con Josué, aquellas palabras sagradas:


"Y si no están dispuestos a servir al Señor, elijan hoy a quién quieren servir: si a los dioses a quienes sirvieron sus antepasados al otro lado del Río, o a los dioses de los amorreos, en cuyo país ustedes ahora habitan. Yo y mi familia serviremos al Señor." (Jos 24, 15)


sábado, 15 de marzo de 2014

Magisterio ordinario y extraordinario

¿Qué hemos de entender por magisterio?
 Es el ejercicio de la función de enseñar que compete a un obispo sobre la comunidad que le ha sido encomendada. El obispo, por tanto, es el maestro máximo de la fe sobre sus fieles y ejerce el magisterio cuando les enseña el contenido de la fe.

¿Qué es el magisterio ordinario?
Es la función de enseñar que ejercen los obispos en comunión con el Papa sobre la comunidad que le ha sido encomendada.
Se llama ordinario, porque se ejerce ordinariamente mediante la catequesis y la predicación, sin ninguna solemnidad especial.
Exige de los fieles nuestra adhesión al contenido de la fe enseñado, si bien no está libre en absoluto del error. (CIC n. 753; Catecismo, n. 85, 2034)

¿Qué es el magisterio extraordinario?
Es la función de enseñar que ejerce el Papa solemnemente

Un obispo que no esté en comunión con el Papa, ¿puede enseñar la fe?
Al no estar en comunión con el Papa, no puede ejercer el magisterio ordinario que le compete. (Catecismo, n. 2034).

Si un obispo puede equivocarse y se exige que me adhiera a su enseñanza, ¿qué debo hacer si me enseñan algo que sé que está equivocado?
En primer lugar, nuestra fuente de conocimiento de la verdad revelada no proviene exclusivamente de la que recibimos de nuestro obispo (o del Papa) sino que la fe se recibe ex auditu (según lo oido) por el testimonio de otros fieles y otros sacerdotes, de nuestro conocimiento de la Santa Biblia y de la Tradición de la Iglesia.
En segundo lugar, todo docente puede equivocarse, pues todos somos falibles, por lo que será imprescindible nuestro discernimiento para asegurarnos el contenido exacto de la fe.
En todo caso, debemos siempre respeto a la enseñanza recibida, aunque pueda contener algún error sin mala fe, del mismo modo que respetamos lo que nos enseña con buena intención nuestro padre o nuestra madre, aunque ellos tampoco están libres del error.

Un obispo o el Papa, ¿puede ejercer alguna actividad intelectual que no constituya magisterio ordinario ni extraordinario?
Si un obispo (o el Papa) dicen "buenas tardes" cuando es por la mañana, no ejercen una actividad magisterial. Esto no es magisterio.
Un obispo (o el Papa) que dan una clase de física o dictan una conferencia ante un auditorio o escriben un libro sobre un tema, incluso teológico, no ejercen el magisterio episcopal.
Nuestro Santo Padre Benedicto XVI, en su fructífera obra "Jesús de Nazaret" precisa esto al comienzo de la misma, reconociendo que dicha obra no debe ser interpretada como un acto magisterial suyo como sucesor de Pedro.
El magisterio se ejerce cuando el obispo o el Papa se dirigen a sus fieles con la intención de impartir una catequesis o una predicación en el ámbito de una congregación de fieles reunida para tal fin.
Del mismo modo, también se ejerce el magisterio cuando un obispo (o el Papa) escribe una carta u otro documento con la intención de dirigirse a sus fieles para ilustrarles sobre la fe.

sábado, 15 de febrero de 2014

El futuro de la Iglesia


El futuro de la Iglesia (Ratzinger, 1968)

Lo que dijo Joseph Ratzinger en 1968 acerca de la Iglesia del 2000

Hace poco más de cuarenta años y casi una década antes de ser nombrado obispo por Pablo VI, el entonces sacerdote y profesor de teología en Tubinga y luego Ratisbona, Dr. Joseph Ratzinger, emitía una serie de charlas en un programa radiofónico de su país. La misma ha sido publicado en un libro titulado "Fe y futuro".

...sólo quien se da a sí mismo crea futuro. Quien sólo quiere enseñar, quien sólo desea cambiar a los otros, permanece estéril.

No necesitamos una Iglesia que celebre el culto de la acción en «oraciones» políticas. Es completamente superflua y por eso desaparecerá por sí misma.

Permanecerá la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia que cree en el Dios que se ha hecho ser humano y que nos promete la vida más allá de la muerte.

De la misma manera, el sacerdote que sólo sea un funcionario social puede ser reemplazado por psicoterapeutas y otros especialistas.

Pero seguirá siendo aún necesario el sacerdote que no es especialista, que no se queda al margen cuando aconseja en el ejercicio de su ministerio, sino que en nombre de Dios se pone a disposición de los demás y se entrega a ellos en sus tristezas, sus alegrías, su esperanza y su angustia.

Demos un paso más. También en esta ocasión, de la crisis de hoy surgirá mañana una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio.

Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad.

Se presentará, de un modo mucho más intenso que hasta ahora, como la comunidad de la libre voluntad, a la que sólo se puede acceder a través de una decisión. Como pequeña comunidad, reclamará con mucha más fuerza la iniciativa de cada uno de sus miembros.

Ciertamente conocerá también nuevas formas ministeriales y ordenará sacerdotes a cristianos probados que sigan ejerciendo su profesión: en muchas comunidades más pequeñas y en grupos sociales homogéneos la pastoral se ejercerá normalmente de este modo.

Junto a estas formas seguirá siendo indispensable el sacerdote dedicado por entero al ejercicio del ministerio como hasta ahora. Pero en estos cambios que se pueden suponer, la Iglesia encontrará de nuevo y con toda la determinación lo que es esencial para ella, lo que siempre ha sido su centro: la fe en el Dios trinitario, en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, la ayuda del Espíritu que durará hasta el fin.

La Iglesia reconocerá de nuevo en la fe y en la oración su verdadero centro y experimentará nuevamente los sacramentos como celebración y no como un problema de estructura litúrgica.

Será una Iglesia interiorizada, que no suspira por su mandato político y no flirtea con la izquierda ni con la derecha.

Le resultará muy difícil. En efecto, el proceso de la cristalización y la clarificación le costará también muchas fuerzas preciosas. La hará pobre, la convertirá en una Iglesia de los pequeños. El proceso resultará aún más difícil porque habrá que eliminar tanto la estrechez de miras sectaria como la voluntariedad envalentonada.

Se puede prever que todo esto requerirá tiempo. El proceso será largo y laborioso, al igual que también fue muy largo el camino que llevó de los falsos progresismos, en vísperas de la revolución francesa –cuando también entre los obispos estaba de moda ridiculizar los dogmas y tal vez incluso dar a entender que ni siquiera la existencia de Dios era en modo alguno segura(9)– hasta la renovación del siglo xix.

Pero tras la prueba de estas divisiones surgirá, de una Iglesia interiorizada y simplificada, una gran fuerza, porque los seres humanos serán indeciblemente solitarios en un mundo plenamente planificado.

Experimentarán, cuando Dios haya desaparecido totalmente para ellos, su absoluta y horrible pobreza. Y entonces descubrirán la pequeña comunidad de los creyentes como algo totalmente nuevo. Como una esperanza importante para ellos, como una respuesta que siempre han buscado a tientas.

A mí me parece seguro que a la Iglesia le aguardan tiempos muy difíciles. Su verdadera crisis apenas ha comenzado todavía. Hay que contar con fuertes sacudidas. Pero yo estoy también totalmente seguro de lo que permanecerá al final: no la Iglesia del culto político, que fracasó ya en Gobel, sino la Iglesia de la fe.

Ciertamente ya no será nunca más la fuerza dominante en la sociedad en la medida en que lo era hasta hace poco tiempo. Pero florecerá de nuevo y se hará visible a los seres humanos como la patria que les da vida y esperanza más allá de la muerte.