sábado, 15 de marzo de 2014

Magisterio ordinario y extraordinario

¿Qué hemos de entender por magisterio?
 Es el ejercicio de la función de enseñar que compete a un obispo sobre la comunidad que le ha sido encomendada. El obispo, por tanto, es el maestro máximo de la fe sobre sus fieles y ejerce el magisterio cuando les enseña el contenido de la fe.

¿Qué es el magisterio ordinario?
Es la función de enseñar que ejercen los obispos en comunión con el Papa sobre la comunidad que le ha sido encomendada.
Se llama ordinario, porque se ejerce ordinariamente mediante la catequesis y la predicación, sin ninguna solemnidad especial.
Exige de los fieles nuestra adhesión al contenido de la fe enseñado, si bien no está libre en absoluto del error. (CIC n. 753; Catecismo, n. 85, 2034)

¿Qué es el magisterio extraordinario?
Es la función de enseñar que ejerce el Papa solemnemente

Un obispo que no esté en comunión con el Papa, ¿puede enseñar la fe?
Al no estar en comunión con el Papa, no puede ejercer el magisterio ordinario que le compete. (Catecismo, n. 2034).

Si un obispo puede equivocarse y se exige que me adhiera a su enseñanza, ¿qué debo hacer si me enseñan algo que sé que está equivocado?
En primer lugar, nuestra fuente de conocimiento de la verdad revelada no proviene exclusivamente de la que recibimos de nuestro obispo (o del Papa) sino que la fe se recibe ex auditu (según lo oido) por el testimonio de otros fieles y otros sacerdotes, de nuestro conocimiento de la Santa Biblia y de la Tradición de la Iglesia.
En segundo lugar, todo docente puede equivocarse, pues todos somos falibles, por lo que será imprescindible nuestro discernimiento para asegurarnos el contenido exacto de la fe.
En todo caso, debemos siempre respeto a la enseñanza recibida, aunque pueda contener algún error sin mala fe, del mismo modo que respetamos lo que nos enseña con buena intención nuestro padre o nuestra madre, aunque ellos tampoco están libres del error.

Un obispo o el Papa, ¿puede ejercer alguna actividad intelectual que no constituya magisterio ordinario ni extraordinario?
Si un obispo (o el Papa) dicen "buenas tardes" cuando es por la mañana, no ejercen una actividad magisterial. Esto no es magisterio.
Un obispo (o el Papa) que dan una clase de física o dictan una conferencia ante un auditorio o escriben un libro sobre un tema, incluso teológico, no ejercen el magisterio episcopal.
Nuestro Santo Padre Benedicto XVI, en su fructífera obra "Jesús de Nazaret" precisa esto al comienzo de la misma, reconociendo que dicha obra no debe ser interpretada como un acto magisterial suyo como sucesor de Pedro.
El magisterio se ejerce cuando el obispo o el Papa se dirigen a sus fieles con la intención de impartir una catequesis o una predicación en el ámbito de una congregación de fieles reunida para tal fin.
Del mismo modo, también se ejerce el magisterio cuando un obispo (o el Papa) escribe una carta u otro documento con la intención de dirigirse a sus fieles para ilustrarles sobre la fe.

sábado, 15 de febrero de 2014

El futuro de la Iglesia


El futuro de la Iglesia (Ratzinger, 1968)

Lo que dijo Joseph Ratzinger en 1968 acerca de la Iglesia del 2000

Hace poco más de cuarenta años y casi una década antes de ser nombrado obispo por Pablo VI, el entonces sacerdote y profesor de teología en Tubinga y luego Ratisbona, Dr. Joseph Ratzinger, emitía una serie de charlas en un programa radiofónico de su país. La misma ha sido publicado en un libro titulado "Fe y futuro".

...sólo quien se da a sí mismo crea futuro. Quien sólo quiere enseñar, quien sólo desea cambiar a los otros, permanece estéril.

No necesitamos una Iglesia que celebre el culto de la acción en «oraciones» políticas. Es completamente superflua y por eso desaparecerá por sí misma.

Permanecerá la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia que cree en el Dios que se ha hecho ser humano y que nos promete la vida más allá de la muerte.

De la misma manera, el sacerdote que sólo sea un funcionario social puede ser reemplazado por psicoterapeutas y otros especialistas.

Pero seguirá siendo aún necesario el sacerdote que no es especialista, que no se queda al margen cuando aconseja en el ejercicio de su ministerio, sino que en nombre de Dios se pone a disposición de los demás y se entrega a ellos en sus tristezas, sus alegrías, su esperanza y su angustia.

Demos un paso más. También en esta ocasión, de la crisis de hoy surgirá mañana una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio.

Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad.

Se presentará, de un modo mucho más intenso que hasta ahora, como la comunidad de la libre voluntad, a la que sólo se puede acceder a través de una decisión. Como pequeña comunidad, reclamará con mucha más fuerza la iniciativa de cada uno de sus miembros.

Ciertamente conocerá también nuevas formas ministeriales y ordenará sacerdotes a cristianos probados que sigan ejerciendo su profesión: en muchas comunidades más pequeñas y en grupos sociales homogéneos la pastoral se ejercerá normalmente de este modo.

Junto a estas formas seguirá siendo indispensable el sacerdote dedicado por entero al ejercicio del ministerio como hasta ahora. Pero en estos cambios que se pueden suponer, la Iglesia encontrará de nuevo y con toda la determinación lo que es esencial para ella, lo que siempre ha sido su centro: la fe en el Dios trinitario, en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, la ayuda del Espíritu que durará hasta el fin.

La Iglesia reconocerá de nuevo en la fe y en la oración su verdadero centro y experimentará nuevamente los sacramentos como celebración y no como un problema de estructura litúrgica.

Será una Iglesia interiorizada, que no suspira por su mandato político y no flirtea con la izquierda ni con la derecha.

Le resultará muy difícil. En efecto, el proceso de la cristalización y la clarificación le costará también muchas fuerzas preciosas. La hará pobre, la convertirá en una Iglesia de los pequeños. El proceso resultará aún más difícil porque habrá que eliminar tanto la estrechez de miras sectaria como la voluntariedad envalentonada.

Se puede prever que todo esto requerirá tiempo. El proceso será largo y laborioso, al igual que también fue muy largo el camino que llevó de los falsos progresismos, en vísperas de la revolución francesa –cuando también entre los obispos estaba de moda ridiculizar los dogmas y tal vez incluso dar a entender que ni siquiera la existencia de Dios era en modo alguno segura(9)– hasta la renovación del siglo xix.

Pero tras la prueba de estas divisiones surgirá, de una Iglesia interiorizada y simplificada, una gran fuerza, porque los seres humanos serán indeciblemente solitarios en un mundo plenamente planificado.

Experimentarán, cuando Dios haya desaparecido totalmente para ellos, su absoluta y horrible pobreza. Y entonces descubrirán la pequeña comunidad de los creyentes como algo totalmente nuevo. Como una esperanza importante para ellos, como una respuesta que siempre han buscado a tientas.

A mí me parece seguro que a la Iglesia le aguardan tiempos muy difíciles. Su verdadera crisis apenas ha comenzado todavía. Hay que contar con fuertes sacudidas. Pero yo estoy también totalmente seguro de lo que permanecerá al final: no la Iglesia del culto político, que fracasó ya en Gobel, sino la Iglesia de la fe.

Ciertamente ya no será nunca más la fuerza dominante en la sociedad en la medida en que lo era hasta hace poco tiempo. Pero florecerá de nuevo y se hará visible a los seres humanos como la patria que les da vida y esperanza más allá de la muerte.

viernes, 24 de enero de 2014

Nuestra sociedad, herida de muerte

En la Historia hemos conocido grandes sociedades, grandes culturas que después de desplegar su grandeza, cayeron irremediablemente por diversas causas. Pensemos en el Imperio Romano, que tras desplegar toda su fortaleza en el mundo antiguo, decayó hasta el extremo de la desaparición, sin que pudieramos apuntar con el dedo a una causa específica, que no fuera la descomposición interna y la degradación de sus instituciones fundamentales.

Ese esquema se repite hoy en día. Estamos inmersos en un proceso de autodestrucción de nuestra socidad avanzada occidental por propia descomposición moral interna. Y este proceso no es debido al azar sino a un plan perfectamente orquestado que persigue acabar con las instituciones que han sido las esenciales para el desarrollo del pensamiento y la moral cristianas, como es la familia, núcleo social básico basado en el matrimonio entre un hombre y una mujer diferenciados en sus papeles.

La agenda es muy clara:

- para acabar con el matrimonio, hay que dar cabida en él a cualquier tipo de relación que se quiera establecer, por lo que el matrimonio perderá su esencia social fundamental.

- para ello es muy conveniente que el papel del hombre y la mujer queden desdibujados, para que se permitan enlaces hombre-hombre o mujer-mujer-hombre, por ejemplo. Para conseguir esto, el feminismo radical (que se cimenta sobre las bases de los movimientos sociales del siglo XX que perseguían los mismos derechos civiles para el hombre y la mujer, lógicos, por cierto, pero nada más) ya tiene las armas preparadas y listas, pues la etiqueta "machista" tiene efectos devastadores allí donde se utilice.

- el amor cristiano dejará de ser lo prioritario, para dar paso al sexo como motor prioritario de todas nuestra mociones, de manera que la permisividad sexual debe ser amplísima.

- como un mecanismo de "seguro" ante los riesgos de esta actividad, el derecho al aborto bajo diversas causas pseudojustificatorias será la excusa perfecta para el propio bienestar.

- la entrega personal al otro (véase la parábola del buen samaritano) dará paso a la solidaridad meramente económica con el que vive muy alejado, de manera que no lo conozco y no me causa problemas en mi día a día. La solidaridad se convertirá en la nueva palabra para la caridad, es decir, para el amor. 

- el bienestar propio y social será la nueva bandera. Todo lo que se oponga a él, podrá ser excluido, censurado e incluso víctima de la eutanasia.

- para este nuevo modelo social es una ayuda inestimable un sistema educativo perverso e incapacitante en el que se creen adolescentes manipulables y poco formados, que sean de inestimable ayuda en este proceso destructivo.

- nuevas formas de dependencia, cada vez más virulentas y graves, se instauran sin actividad por parte de los poderes públicos, dado que colaboran en este proceso destructivo; véase, por ejemplo, el uso indiscriminado de aparatos móviles (celulares) y otros equipos portátiles informáticos desde edades absolutamente precoces. La pérdida de tiempo y la permanente distracción que provocan actúan en contra del desarrollo lógico de la persona.

- las leyes y los impuestos no han de servir al bien común, sino que han de ser vehículos de autoperpetuación del Estado y de la propia ideología.

Como consecuencia de toda esta agenda, hoy muchas legislaciones occidentales empiezan a ver con buenos ojos la poligamia en sus diversas formas gracias al matrimonio homosexual que ha servido de semilla y de experimento social para la destrucción de la institución del matrimonio tal y como lo hemos conocido.

Hoy podemos encontrarnos con cierto material en internet en el que se recogen testimonios gráficos de las más diversas formas de "enlaces" ridículos y degradantes como los que sirven para legitimar la unión entre una mujer y su perro, entre un hombre y su coche, o entre cualquier persona y la paz o la libertad, todo bajo la apariencia de "derecho al matrimonio".

Gracias al desorden moral y a la permisividad social, no faltan iniciativas conducentes a ver cada vez con mejores ojos cualquier actividad sexual aunque sea con menores de edad amparados en el ejercicio del sexo como algo natural. Esto es consecuencia de la extensión de estos extremos hasta el punto de contaminar las esferas del poder donde se generan las leyes que rigen las sociedades.

El cáncer se origina en unas pocas células que terminan por contagiar su proceso destructivo a otras hasta que el enfermo alcanza un nivel de degradación tal que sus procesos vitales básicos son incompatibles con la vida.

Esto es lo que ocurre hoy en nuestra sociedad. Muchas causas han podido originar el primer daño que se ha ido extendiendo, pero hoy quiero fijarme en una de ellas de especial efecto virulento destructivo y es el feminismo radical mundial.

Han pretendido defender el derecho de la mujer destruyendo la esencia y la naturaleza propia del hombre. Han pretendido dar vida matando, y ese proceso nunca es positivo ni fructífero, sino destructivo y perverso, se practique en el ámbito que se practique.

Gracias a este movimiento hoy sigue habiendo muchas manifestaciones sociales que son propias de la mujer, pero ninguna del hombre. Todo atisbo de exclusividad masculino en cualquier ámbito social se tacha automáticamente de 'machismo' para conseguir su exterminio inmediato. Con esto se consigue que la mujer pueda participar en cualquier manifestación social, sin perder por ello la exclusividad que le es propia en muchísimos otros ámbitos.

Esto conduce a una desigualdad social manifiesta y a unos esquemas completamente distorsionados, que lo que persiguen es la destrucción social para instaurar un nuevo modelo igualitario en el que el predominio sea el de la mujer.

Nuestra sociedad está herida de muerte como lo estuvieron otras en la antigüedad. Esta opinión mía no nace del convencimiento de que la potencia infinita de Dios es capaz de cambiar las cosas sino del estudio comparativo con otros episodios de nuestra experiencia humana en el que la degeneración llega hasta un extremo en que es imparable.

Además otras sociedades esperan a la puerta de la nuestra para tomar posesión de los derribos de la nuestra y cimentar la suya propia. Otras sociedades que basan su fortaleza en el convencimiento de sus propios principios irrenunciables.

La sociedad occidental se enfrenta a su destrucción, gracias a la renuncia que ha hecho de los principios cristianos que hemos recibido en nuestra Tradición y que podemos leer en la Palabra de Dios.

Nuestra fe cristiana no está en juego, pues no depende de las estructuras sociales. Esto también nos lo ha enseñado la Historia, por lo que debemos encarar siempre el futuro con esperanza y con fe.

lunes, 22 de abril de 2013

El arco y la flecha de la santidad

Hace muchos años que leí o me contaron esta historia. He investigado sobre su legitimidad, pero nada he hallado al respecto.

En cualquier caso su enseñanza siempre nos reconforta. Se non è vero, è ben trovato. Y tal y como me la transmitieron en su día, yo hoy la comparto con vosotros.

Cuando San Juan era ya muy mayor, se retiró a la isla de Patmos, que se halla enfrente de las costas de la península de Anatolia (hoy Turquía). Él fue el único de los apóstoles que no fue martirizado y alcanzó la ancianidad. En la cueva que aún se conserva es donde se cree que él tuvo las visiones que le inspiraron la composición del Apocalipsis, que a diferencia de lo que muchos interpretan, no es un libro que hable del fin del mundo, sino de la liturgia celestial y su relación con la liturgia humana.

Para sus discípulos y amigos aquel era un hombre muy especial: fue el único apóstol que acompañó a Jesús hasta el mismo Calvario, a él le fue encomendada la Virgen María por el mismo Cristo en su agonía y al final, escribió uno de los evangelios que consideramos inspirados por Dios, el más teológico y el más doctrinal y rico en contenido.

Aquel era un hombre excepcional, sin duda.

Vivía una vida retirada, inspirando con sus palabras y su vida a aquella joven iglesia naciente.

Un día, sus conocidos lo sorprendieron cuidando distraídamente de unos pájaros que se habían acercado hasta donde estaba él. Su afán era proveerles un poco de alimento, así como disfrutar de sus cantos y sus leves saltos y gorjeos. En aquel entretenimiento podía invertir bastante tiempo, lo que hizo que aquellos coetáneos suyos sintieran un poco de extrañeza.

No era el comportamiento habitual de un hombre de Dios. Viviendo todo lo que él había vivido, tenía que ser una persona menos distraida, más concentrada, más meditativa y reflexiva. Aquello era más propio de personas más frívolas y superficiales.

Cuando la extrañeza fue lo suficientemente grande entre los que lo frecuentaban, el menos inhibido de aquellos muchachos se atrevió a decirle a San Juan: "Maestro, ¿necesita de nuestra ayuda? Le vemos cuidando a esos pájaros y nos extraña".

San Juan, por la expresión del rostro de aquel discípulo, entendió la intención de reproche en sus palabras y tras un breve silencio, le dijo:

"Mira, ve a la casa de tu amigo el cazador, y me traes un arco y una flecha".

Ante aquella petición tan insólita, el joven no pudo reprimir su curiosidad y buscó lo que San Juan le había pedido, más que nada para ver en qué acababa todo aquello.

Cuando hubo regresado con aquellos dos instrumentos, San Juan le dijo: "Ya que sabes cazar, tensa el arco con la flecha".

El joven así lo hizo. Se aparejó el arco y la flecha y lo tensó.

San Juan le dijo: "aún no es suficiente, tienes que tensarlo más". El muchacho así lo hizo y aumentó la tensión en aquel arco. San Juan lo miró dubitativamente y le insistió: "Aún más".

El muchacho sentía que aquel arco ya no daba más de sí, sus brazos se cansaban y no podría tensarlo más. "Maestro, no puedo más; si lo tenso más se romperá el arco".

San Juan lo miró benevolente y le dijo: "es suficiente". Aquel joven entendió aquella lección sin palabras sobre la santidad.

Todos tenemos nuestras limitaciones pues no hemos recibido fuerzas ilimitadas. Estamos llamados a la santidad, pero nuestra condición es frágil y pecadora.

Imaginémonos una esfera suficientemente grande y a cada uno de nosotros colocado en el centro de esa esfera. Todas nuestras posibilidades y potencialidades, de virtud y de maldad, están dentro de la esfera, todo lo que podemos hacer y decir, los talentos recibidos, lo que está al alcance de nuestra mano.

Por otro lado, fuera de la esfera se halla lo que nos es imposible porque la naturaleza nos lo ha negado o porque la gracia de Dios no considera que sea lo conveniente para nosotros, simplemente porque no son talentos de los que nos han sido entregados.

Si consideramos la imagen de la esfera, la santidad a la que estamos llamados está dentro de la esfera. Para ser santos, Dios no nos pide cosas imposibles, sino cosas posibles para nosotros, aunque creamos hoy día que son muy difíciles de hacer.

Todo consiste en discernir entre "lo imposible" y "lo posible, aunque sea difícil". Ser santos no consiste en llevar todas nuestras potencialidades al límite, sino simplemente en amar como Jesús quiere de nosotros.

La santidad está al alcance de la mano de cada uno de nosotros, aunque muchas veces creamos que es algo propio de superhéroes. Sólo se trata de llegar al convencimiento de que podemos salvar nuestras perezas y comodidades y convertir el evangelio en nuestra norma de vida.

Es un error frecuente perder la paz interior por contemplar la santidad como algo tan inalcanzable que la vemos como irrealizable en nuestras vidas, como si Dios nos pidiera un imposible. Sin embargo, Dios nos pide gestos sencillos de amor, como decía la Beata Teresa de Calcuta, para que, a través de ellos, alcancemos la dicha de ser santos.

De la misma manera que todos hemos recibido distintos talentos, también tenemos cada uno un plan distinto de Dios para nuestra santidad, y nuestra labor es descubrir ese plan divino en nuestra vida cotidiana.

Dios no nos pide cosas absurdas ni irrealizables. Todo el evangelio es posible con la gracia de Dios.

Si creemos demasiado en nuestras propias fuerzas difícilmente asumiremos que Dios nos puede perdonar cuando flaqueemos y caigamos en la tentación.

Si creemos demasiado en nuestras propias fuerzas difícilmente perdonaremos a los que se acerquen a nosotros y nos hagan algún mal, porque pensaremos que todo el mundo ha de ser tan extraordinariamente sólidos como nosotros creemos ser. Y esto no es la santidad.

Ser santos implica confiar en Jesús, poner nuestras vidas en sus manos y dejar que Él nos modele.

Si vemos nuestra santidad como una tarea suave que nos lleva a la felicidad y no como una labor de titanes que llegue a tensar el arco de nuestra vida hasta el límite de la rotura, quizás nos decidamos a ser santos más pronto que tarde, siguiendo el ejemplo del discípulo amado.

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