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jueves, 13 de febrero de 2020

La oración que va directa a Dios

Cuando queremos establecer un diálogo con alguien, tenemos que hacerlo presente de algún modo: en una charla cara a cara, por teléfono, por carta, etc. Siempre el intercambio de ideas, de pareceres, la relación paterno-filial, la relación entre amigos, exige un vínculo palpable, algo que podríamos llamar una presencia de esa otra persona

Cuando en la misma Sagrada Escritura el autor sagrado quiere ponderar la especial relación de Moisés con Dios, dice de él que hablaba con Dios “cara a cara” (Ex 33, 11-13). Esto no significa que el texto sagrado quiera decir que Moisés era tan grande como Dios, sino que el lazo que les unía era tan especial que les llevaba a hablar de ese modo, sin intermediarios, cara a cara, lo cual implica una presencia extraordinaria de Dios ante Moisés. Sin esa presencia es imposible decirse que se habla "cara a cara".

En el relato de la transfiguración (Lc 9, 30) se dice que Moisés y Elías hablaban con Jesús transfigurado. Los tres estaban presentes y establecen ese diálogo de modo especial ante los apóstoles.


Para hablar con Dios es importante hacerlo presente, saber que está presente en nuestras vidas y que nos ama. Y ¿cómo es esa presencia de Dios en nosotros? En orden al caso que quiero tratar en este momento me voy a centrar en las presencias eucarística y de inhabitación (si bien existen otras presencias como las de inmensidad, hipostática y de visión).


Por la presencia eucarística sabemos que Cristo mismo y todo Él se haya presente en el pan que ha sido consagrado. Dios, sin dejar el Cielo, es decir, sin sufrir ningún menoscabo en su esencia ni en su presencia celestial, se hace también presente íntegramente sustituyendo la sustancia del pan que deja de ser pan, aunque conserve sus accidentes, es decir, su apariencia de pan.


Por lo tanto, debido a lo excelso de esta presencia, nuestra oración puede dirigirse hacia la Hostia consagrada sabiendo que es Dios mismo allí presente el que nos atiende. Y está así presente en la reserva del Sagrario, en la custodia expuesta a la adoración de los fieles y cómo no, en la Santa Misa que lo hace posible y actual.


Pero también Dios se haya presente en el alma del bautizado que no está en pecado mortal (Jn 14, 23) por la inhabitación trinitaria


Todo bautizado ha recibido en su bautismo un tesoro de gracias inmenso, que lo convierte en hijo de Dios y heredero del reino celestial: 


a) la gracia santificante (es decir, la “misma sangre” de Dios que nos eleva al plano divino y nos hace hijos de Él). Este estado se pierde por el pecado mortal.


b) las virtudes infusas (las teologales, las cardinales y sus derivadas) cuya práctica nos marcarán el camino del cielo, el camino de la perfección cristiana, especialísimamente la virtud teologal de la caridad (o amor sobrenatural a Dios) que es la que lo ilumina todo y la que lo embellece todo. 


c) y los dones del Espíritu Santo, por los que Dios actuará en nosotros consiguiendo que la práctica imperfecta de las virtudes que nosotros solos no sabemos ejercitar adecuadamente, se conviertan en una práctica “a lo divino”, de modo que el alma que llega al estado en que merece esta intervención divina, actúa sus virtudes con la excelencia del mejor instrumentista.


Por todo esto es fácil de entender que la condición de ser hijos de Dios, es decir, de gozar de su “misma sangre”, de la gracia santificante (recibida en el bautismo), sea indispensable para que la Trinidad entera inhabite el alma de un bautizado. Un alma en pecado mortal (privada de la gracia santificante) no puede pretender gozar de esta presencia íntima de inhabitación.
De aquí se infiere claramente que para acceder al Santo entre los Santos en la comunión eucarística sea necesario el estado de gracia santificante, es decir, sin pecado mortal consciente, es decir, inhabitados por Dios mismo. 


No puede recibir una donación de sangre sino quien tiene el mismo grupo sanguíneo del donante, y la 
"sangre" del alma en pecado mortal ya no es la misma que la sangre del Hijo de Dios que se va a recibir en la Eucaristía.
 

En la Santa Misa, el alma inhabitada por Dios se encuentra en un hablar cara a cara con Dios mismo presente en la Eucaristía. No podemos concebir nosotros un encuentro más íntimo y más directo con Dios que comerle a Él mismo, que dejarnos llenar por su mismo ser y esencia que penetra en nosotros y nos llena sin dejar vacíos.

En la liturgia más antigua, los catecúmenos podían asistir a Misa y debían retirarse tras las lecturas y el sermón, porque lo que venía después, la consagración del Pan y el Vino, no era apto para su condición de no bautizados y privados, por tanto, de la misma “sangre” de Dios. Hoy en día se nos dice que quien esté en pecado mortal no puede acercarse a comulgar, puesto que como ya hemos visto, ambas cosas son incompatibles, aunque sí puede estar presente durante el resto de la Misa completa.


Para mí, en toda Misa, tanto la de lengua vernácula como la del rito tridentino, hay un momento muy especial que es el de la consagración. En esto no descubro nada nuevo. Para todos lo es. Pero en ese momento es cuando creo que debemos dirigir todas nuestras palabras y pensamientos a Dios que se hace allí presente sobre el altar. Nunca está más presente que allí que se está inmolando incruentamente por nosotros. Cada palabra que digamos, cada gesto, cada mirada, cada pensamiento debería ir encaminado a aquel Pan y Vino consagrados que ya son el mismo Dios del cielo. Y esto podemos hacerlo porque estamos inhabitados por El, porque es Él el que inspira nuestra oración y nos da la gracia para poder hablarle a Dios.


Cuando termina la consagración decimos: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección; Ven, Señor Jesús”, y son las primeras palabras con las que nos estamos dirigiendo a Él, que está presente allí. Deberían de ser dichas desde la conciencia de que el mismo Cristo nos escucha en ese momento desde el altar.


Después con el “Amén” final tras la plegaria eucarística o canon romano, estamos uniéndonos a ese sacrificio que acaba de tener lugar, estamos asintiendo a todo lo que el sacerdote acaba de pronunciar, siendo toda la plegaria eucarística un hablarle a Él, todo dirigido a Él. Y nos unimos al sacerdote por ese Amén como decían en la antigua Roma, haciendo que “fuera como un trueno que hiciera temblar los templos paganos”.


Inmediatamente, con el “Padre Nuestro”, tomamos prestadas las mismas palabras de Cristo para hablarle al Padre. Es como si Cristo que nos inhabita hablara junto con nosotros dirigiéndose al Padre. Y no hay que olvidar que la teología católica dice que donde está el Hijo, está el Padre por la pericoresis, es decir, que en el Santísimo Sacramento se haya presente de cierto modo también el Padre Eterno. Por lo que cobra todo el sentido rezar el Padre Nuestro dirigiéndonos a las especies consagradas.

Más adelante decimos: “Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor” del mismo modo y con la misma intención que lo que llevamos dicho hasta ahora. Todo un reconocimiento de que aquel altar es la sede del Rey Todopoderoso y digno de toda gloria y que nosotros somos sus siervos.


Tras el saludo de la paz llega un momento íntimo especial, en el que nos vamos a dirigir a Él como el "Cordero de Dios que quita los pecados del mundo", para decirle que tenga misericordia de nosotros y que nos dé la paz. En ese momento el sacerdote parte un trozo pequeño de la Hostia consagrada y lo incorpora al cáliz con el Vino consagrado, representando así que el cuerpo y la sangre de Cristo que hasta ese momento estaban separados (símbolo de la muerte y del sacrificio) pasan a unirse de nuevo (simbolizando la Resurrección, la vida). En el rito tridentino se acentúa este momento tan importante arrodillándose los fieles nuevamente y adorando a Cristo que ha resucitado para ser ahora nuestro alimento.


Y por último y antes de comulgar decimos junto con el soldado romano “no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”, nuevamente dirigidos a Él. Son las palabras de un gentil con fe las que nos abren las puertas de la comunión. Este gesto se recalca en el rito tridentino repitiéndolo tres veces.


Todo este repaso a las palabras que decimos en la Misa tras la consagración a las que estamos acostumbrados no busca otra finalidad sino: 


- darnos cuenta de que le hablamos a Él que está allí presente y que por tanto debemos poner toda nuestra intención, nuestros pensamientos, nuestro amor en esa Víctima que se ofrece por nosotros sobre el altar en ese momento.


- que la comunión será más fructífera cuanto mejor haya sido preparada, y cuanto mejor dispuesta esté nuestra alma para recibir a nuestro Redentor, y conviene utilizar todas estas palabras de la liturgia con ese fin y evitar las comuniones apresuradas y distraídas.


- que una Misa dicha a la ligera o escuchada rutinariamente por nosotros es como un sol que brilla al que hemos cerrado las contraventanas de nuestro corazón. Si queremos recibir todo el tesoro de gracias actuales de la Misa y ponerlas en acto, tenemos que abrir esas contraventanas para dejarle entrar y dejarnos bañar por su gracia. 


En la Santa Misa nosotros somos Moisés.  

Nosotros somos Elías. 

Por la pura y simple gracia de Dios.


Otros enlaces:
¿Cómo entendí yo qué son las indulgencias?
 El amor verdadero

viernes, 6 de mayo de 2016

18 testimonios de que la Santa Misa ES sacrificio

Que la Santa Misa es un sacrificio por el que Cristo se inmola en cada una de ellas en rememoración del sacrificio del Calvario (diferente de él sólo en el modo), es algo que algunos se atreven a negar hoy día temerariamente.

Y digo esto porque los testimonios en favor del carácter sacrificial de la Misa son incesantes a lo largo del Magisterio de la Iglesia. Expongo los más importantes y dignos de mención desde los primeros momentos de la fe cristiana, a fines del siglo I en que aparece este carácter en la Didajé.

ca. año 70 dC, Didajé o Enseñanza de los Apóstoles:
14:1 En el día del Señor reunios y romped el pan y haced la Eucaristía, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro.

14:2 Todo el que tenga disensión con su compañero, no se junte con vosotros hasta que no se hayan reconciliado, para que no sea profanado vuestro sacrificio.

14:3 Este es el sacrificio del que dijo el Señor: “En todo lugar y tiempo se me ofrece un sacrificio puro: porque yo soy el gran Rey, dice el Señor, y mi nombre es admirable entre las naciones”
Siglo IV, San Agustín, Sobre la ciudad de Dios: (hablando sobre Rm 12, 3ss). "Este es el sacrificio de los cristianos, formando nosotros, siendo muchos en número, un cuerpo en Jesucristo. Lo cual frecuenta la Iglesia en la celebración del Augusto Sacramento del altar que usan los fieles, en el cual se le demuestra que en la oblacion y sacrificio que ofrece, ella misma se ofrece."

Siglo IV, San Agustín, sermón 2 sobre el salmo 33: "... Porque allí estaba el sacrificio según el orden de Aaron y después el mismo instituyo con su cuerpo y sangre el sacrificio según el orden de Melquisedec."

Siglo IV, San Agustín, contra el adversario de la Ley y los profetas: "Este (el Israel según el espíritu) inmola a Dios un sacrificio de alabanza no según el orden de Aaron, sino según el orden de Melquisedec."

Siglo IV, Abad Casiano, sobre las instituciones cenobíticas: "sobre el salmo 140, pasaje en el que en un sentido más sagrado puede también entenderse aquel verdadero sacrificio vespertino que puede ser o el que es entregado en la cena por el Señor Salvador a los apóstoles al atardecer (cfr. Mt 26, 20) cuando daba comienzo a los misterios sacrosantos de la Iglesia..."

Siglo VI, monje Casiodoro, comentarios del salterio: "... A estos dice que no se ha de congregar con la sangre de los animales ni con la costumbre de inmolar víctimas, sino por la inmolación de su cuerpo y sangre, la cual, celebrada en todo el orbe, salvo al humano linaje."
"Sacrificio de la Santa Iglesia ha de entenderse no la oblacion de animales sino este rito que ahora se celebra con la inmolación solemne del cuerpo y de la sangre."
Siglo VII, San Isidoro de Sevilla, Tres libros de sentencias: "El orden, pues, de la Misa y de las oraciones, con las cuales se consagran los sacrificios ofrecidos a Dios, por primera vez fue establecido por San Pedro, y está celebración la realiza todo el orbe de la misma manera."

Siglo VII, San Gregorio Magno, Diálogos: "... Viviendo inmortal e incorruptible en sí mismo de nuevo se inmola por nosotros en este misterio de la oblacion sagrada. Pues allí se toma su cuerpo, se distribuye su carne para salvación del pueblo, se derrama su sangre no ya en manos de los incrédulos, sino en la boca de los creyentes."
"Porque ¿quien de los creyentes puede dudar de que en la misma hora del sacrificio se abren los cielos a la voz del sacerdote..."
"Pero es necesario que cuando hagamos el sacrificio eucaristico nos inmolemos a nosotros mismos a Dios en contricion de corazón porque los que celebramos los misterios de la Pasión del Señor debemos imitar lo que hacemos."
1562, Concilio de Trento, numerosas citas en la 22a. sesión (Denzinger 1739ss): "... Y porque en este divino sacrificio que en la Misa se  realiza, se contiene e incruentamente se inmola aquel mismo Cristo que una sola vez se ofreció El mismo cruentamente en el altar de la Cruz; enseña el Santo Concilio que este sacrificio es verdaderamente propiciatorio ... Una sola y la misma es, en efecto, la víctima, y el que ahora se ofrece por Ministerio de los sacerdotes es el mismo que entonces se ofreció a si mismo en la Cruz, siendo sólo distinta la manera de ofrecerse".

1964, Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen Gentium número 28: "En ella (los sacerdotes) actuando en la persona de Cristo y proclamando su misterio, unen la ofrenda de los fieles al sacrificio de su Cabeza; actualizan y aplican en el sacrificio de la Misa hasta la venida del Señor el único sacrificio de la Nueva Alianza: el de Cristo..."

1964, Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Sacrosanctum Concilium número 7: " (Cristo) esta presente en el sacrificio de la Misa, no sólo en la persona del ministro, ... sino también sobre todo bajo las especies eucarísticas".

1968, Credo del Pueblo de Dios, por S.S. Pablo VI, con motivo de la clausura del Año Santo de la Fe en la conmemoración del XIX centenario del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo, número 24:  "Nosotros  creemos  que  la  misa  que es celebrada por el sacerdote representando la persona  de  Cristo,  en  virtud  de  la  potestad recibida  por  el  sacramento  del  orden,  y  que  es ofrecida  por  él  en  nombre  de  Cristo  y  de  los miembros  de  su  Cuerpo  místico,  es  realmente el    sacrificio    del    Calvario,    que    se    hace sacramentalmente presente en nuestros altares."

Instrucción General del Misal Romano, número 27: "En la Misa, o Cena del Señor, el pueblo de Dios es convocado y reunido, bajo la presidencia del sacerdote, quien obra en la persona de Cristo (in persona Christi) para celebrar el memorial del Señor o sacrificio eucarístico... Pues en la celebración de la Misa, en la cual se perpetúa el sacrificio de la cruz..."

Otros enlaces:
Las 7 presencias de Cristo
Oración para una visita a Jesús Sacramentado, por San Juan Pablo II
El culto debido a Dios y a los Santos

jueves, 12 de julio de 2012

El otero de Dios

Aquel viejo vivía allá en lo alto, en aquella montaña que dominaba el inmenso mar. Mucha gente pensaba de él que estaba loco, pues había llevado una vida apartado de todos, en soledad. 

Desde su otero divisaba el más profundo horizonte llevando su vista más allá de donde ningún humano podía alcanzar fácilmente y aquello le imprimía a su espíritu una paz y serenidad que le hacía volar más alto, por encima de las nubes.

El valle se derramaba a sus pies, desparramándose hasta encontrarse con la espuma del mar que batía incesante contra la playa; él podía contemplar en la distancia a sus conciudadanos que se afanaban en aquellos inmensos pastizales que al borde del mar daban sus frutos generosos. Aquel pueblo vivía de sus cosechas y eso el viejo lo sabía.

Como todos los días, salió de su cobijo y se dispuso a contemplar una nueva jornada aquel bodegón marino pintado para él cada mañana. Pero en cuanto clareó la luz del alba, su visión se mezcló con la maraña de sus pensamientos y quedó petrificado. 

Pasado el estupor inicial, con el rostro desencajado, en una reacción propia más de un loco, alcanzó a coger su calzado y comenzó una desenfrenada carrera ladera abajo. Iba al límite de la velocidad que sus piernas le permitían. Corría y corría, mientras sus pensamientos le empujaban cada vez más en su loco arrebato.

Llegó al valle en su desarbolamiento antes de que su mente hubiera pergeñado alguna idea. Casi sin pensarlo, cogió una tea de las que sirven a los labriegos para calentarse y comenzó a prender fuego a los pastizales. Era la temporada seca y el fuego volaba por entre las matas de aquellos campos. 

Los labriegos no salían de su asombro: estaban viendo con sus propios ojos cómo aquel viejo loco estaba quemando el fruto de sus trabajos, lo que habría de darles de comer hasta el próximo año. Y todo estaba siendo devorado por aquel fuego.
Sin que mediara ni una sola voz, soltaron los aperos de labranza que tenían en las manos y salieron corriendo en pos de aquel loco. La brisa marina aventaba aquel huracán de fuego, por lo que aquellos labriegos desfogaron su rabia persiguiéndolo a él.

El viejo levantó la mirada de su faena destructora y entre las brasas vio cómo sus vecinos comenzaron a perseguirle abandonando todo a su paso. Con la complacencia de una leve sonrisa, soltó la tea que tenía en las manos y comenzó a correr ladera arriba tan rápido como pudo.

Su vida dependía de ello.

Había tomado muchas decisiones en su vida, pero aquello no tenía nombre. Destruir de aquella manera tan inútil el trabajo de tantas familias no podía recibir ningún perdón. No habría explicación posible para aquello, por lo que todos estaban dispuestos a acabar con aquel viejo de una vez para siempre.

Movidos por su ira, contemplaban al ir subiendo por la ladera la devastación del fuego en aquellos fértiles campos, prendiendo aún más la hoguera de su odio por aquel insensato de modo que los últimos tramos de la escarpada subida los hicieron sin fuerzas pero con la llama del rencor prendida vivamente en su corazón.

El viejo apenas les pudo sacar alguna ventaja al llegar a la cima y totalmente extenuado se situó a la entrada de su casa mirando al mar. Cuando los campesinos coronaron la subida, lo vieron allí, apenas en pie, y fueron a por él. Cuando faltaban unos metros para hacerle presa, el viejo levantó su brazo y señaló al mar en pos del horizonte.
Ante aquel inesperado gesto, movidos más por la curiosidad que por la inercia que llevaban, volvieron su mirada a donde el viejo les señalaba. 

En aquel mismo instante una muralla de agua comenzaba a levantarse en un imponente silencio a sólo unos centenares de metros de la orilla. La inmensa ola abarcaba desde un confín al otro de la playa, succionando el agua y todo lo que encontraba a su paso al tiempo que de manera rugiente comenzaba a romper y a entrar con inusitada fuerza en aquel valle antes paradisíaco.

Los ricos campos de pasto ahora eran arrasados por la fuerza del agua del mar en el mismo lugar en el que ellos habían estado hacía unos instantes trabajando. 

Todos quedaron mudos, helados de pavor, sin palabras que articular, sin saber qué pensar o qué decir. Después de contemplar aquella devastación, comprendieron que aquel viejo había salvado sus vidas. Y lo había hecho de la manera más incomprensible: destruyendo lo más querido para ellos. Al fin y al cabo lo tenían por loco.

Aquel anciano venerable recibió el agradecimiento sin fin de los que, a partir de entonces, fueron siempre sus amigos.

Nosotros vemos nuestras vidas desde aquí abajo...
¿Os imagináis cómo ve Dios nuestras vidas desde su otero en lo alto? 
¿Os imagináis cuántas decisiones de Dios en nuestras vidas las tildamos de locas simplemente porque no vemos lo mismo que ve Él?
¿Seguimos a Jesús con la llama del amor en nuestro corazón... o con alguna otra?

Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, 
atraeré a todos hacia mí.
Jn 12, 32

(Inspirado en una historia de mi infancia)


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domingo, 11 de septiembre de 2011

La unción de los enfermos perdona los pecados

Abrimos hoy el Catecismo de la Iglesia y nos dirigimos al n. 1532. En él encontramos la doctrina católica sobre los efectos del Sacramento de la Unción de los enfermos.
Es muy útil que conozcamos esta doctrina para nuestra propia vida y la de las personas que dependen de un modo u otro de nosotros.


Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1532: 
La gracia especial del sacramento de la Unción de los enfermos tiene como efectos:
— la unión del enfermo a la Pasión de Cristo, para su bien y el de toda la Iglesia;
— el consuelo, la paz y el ánimo para soportar cristianamente los sufrimientos de la enfermedad o de la vejez; 
— el perdón de los pecados si el enfermo no ha podido obtenerlo por el sacramento de la penitencia; 
— el restablecimiento de la salud corporal, si conviene a la salud espiritual; 
— la preparación para el paso a la vida eterna.


Enlaces relacionados:
El pecado imperdonable
Formas de la adoración eucarística
Los regalos misteriosos de Dios

miércoles, 22 de junio de 2011

¿Tiene sentido el sacrificio, la penitencia?

Hablar hoy día de sacrificio o de penitencia puede resultar algo pasado de moda, como si estos conceptos hubieran dejado de tener sentido, como si fueran cosa del pasado.

Sin embargo, la Iglesia católica nos sigue hablando del sacrificio como parte de nuestra vida para fecundar nuestra existencia cristiana. Pero, ¿tiene sentido esto?


Evidentemente, a nadie nos gusta sacrificarnos ni recibir dolor o daño de manera natural, pues nuestro sentido de autoprotección nos induce a alejarnos de todo aquello que nos cause mal.

Sin embargo, estamos acostumbrados a ver en nuestro entorno (y en nuestra propia vida) gestos y actitudes que en muchos momentos nos llevan a asumir cierto dolor o fatiga para evitar un mal a otra persona querida: los padres que se sacrifican por sus hijos, los profesionales que arriesgan su vida por salvar la de un desconocido, las incomodidades que soportamos por aliviar la soledad o la angustia de personas que sabemos que las padecen, etc.

Muchos de estos comportamientos los asumimos libre y directamente en nuestras vidas sin plantearnos graves problemas, como algo natural, porque forman parte del Amor que Cristo nos ha predicado y que queremos llevar a nuestra vida de cristianos.

¿Por qué, entonces, no aceptar sacrificios para expresar nuestro amor por aquella persona que se marchó a la casa del Padre y que puede necesitar nuestro alivio desde la otra vida, en el purgatorio?

¿Por qué no expresar nuestro amor por la persona que tenemos cercana a nosotros asumiendo las dificultades de la convivencia como un sacrificio?

¿Por qué no convertir en un gesto de amor aquella enfermedad que nos agobia, aquella soledad que nos oprime, antes que dejar que nos angustien hasta la desesperación, al estilo de Cristo?

El mejor sacrificio no es el que nos buscamos a nuestra medida (ésta o aquélla penitencia externa) sino el que asumimos en nuestro contacto con los demás como parte de nuestra existencia: sobrellevar las dificultades del día a día suele ser mucha mayor penitencia que los grandes gestos externos penitenciales.

Todos estas penalidades no son sino meros trasuntos del amor verdadero que debe presidir nuestro corazón, deben ser reflejo de él y la consecuencia ineludible de nuestra práctica de la caridad.


Por ello, el sacrificio, la penitencia, son consustanciales a la esencia del cristiano e inevitables en todo aquél que quiera vivir cada día más cerca del corazón de Cristo, es decir, de su Cruz y de su Amor.



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miércoles, 25 de febrero de 2009

El ayuno, un gesto de amor


En este tiempo de Cuaresma, es habitual que la Iglesia nos proponga como un medio más de santificación el ayuno, es decir, la privación temporal del alimento de manera que lo experimentemos como una carencia en nuestra vida cotidiana.

Sin embargo, es muy frecuente que no entendamos el sentido del ayuno. O que lo intentemos explicar con razonamientos que no nos calan.

Muchas personas creen que puede tener un efecto terapéutico en nuestras sociedades en las que estamos acostumbrados a la sobreabundancia de alimentos. No creo que estuvieran de acuerdo con este argumento las personas que pasan hambre en países que sufren carencias de lo más elemental. Por lo tanto, no creo que el argumento terapéutico sea el más apropiado para explicar el sentido del ayuno cristiano.

En un segundo momento, podemos encontrar su lógica en el compartir. Nos privamos del alimento para compartir ese dinero que no gastamos con otras personas que lo necesitan. Este argumento utilitarista ("el ayuno sirve para que no gastemos...") tampoco es idóneo, a mi juicio, para explicar el sentido del ayuno. Es evidente que lo que no se consume puede ser entregado a alguien que lo necesite, pero entonces estaríamos hablando de la limosna, otro medio para la santificación en la cuaresma, y no del ayuno. Compartir los bienes, según el mandato de Cristo, es la tarea de cualquier cristiano. Pero ahora no nos estamos refiriendo a la limosna.

Hace mucho tiempo escuché una historia de una persona sencilla que puede ayudarnos a arrojar un poco de luz sobre la razón del ayuno. La mujer protagonista de esta historia tenía un hijo al que en su infancia le fue diagnosticado una diabetes juvenil. Como es natural, esto hacía que el régimen alimenticio de este niño se viera alterado sustancialmente. Mientras todos los niños se recreaban en golosinas, bocadillos y dulces, él no los podía tomar. Esto en un adulto supone un serio inconveniente, cuánto más en un niño en el que el ingrediente adicional es su inexperiencia y su inocencia.

Aquella mujer, para intentar consolar a su hijo que no podía tomar dulces, tomó una decisión: ella dejaría de tomar dulces también. Y así lo hizo. Si su hijo no podía tomar dulces, ella tampoco lo haría. A ella no le hacía daño el azúcar como a su hijo, pero ella renunció voluntariamente a ese alimento como un gesto de amor por su hijo.

Evidentemente aquello era un sacrificio para ella, le costaba trabajo, pero no estaba dispuesta a darse ese placer, ni aún ocultamente, si su hijo no podía hacer lo mismo.

En el mundo existe mucho dolor, mucha hambre: hay personas que pasan hambre en su cuerpo; otras pasan hambre de amor, de caricias, de gestos (esto es quizás aún peor); otras pasan hambre de relaciones humanas; otras pasan hambre de oraciones, como las almas que están en el purgatorio.

Todos pasamos algún tipo de hambre, porque todos nos necesitamos mutuamente y debemos suplir nuestras carencias recíprocamente. Y ayunar es la manera de sentirnos más cercanos de todos los demás, de olvidarnos de nosotros mismos y de nuestras necesidades para ir dándonos cuenta de que hay algo más que nuestro yo.

Guardar ayuno, entre otras cosas, es un gesto de amor que nos hace más cercanos a todos esos que pasan algún tipo de hambre, en definitiva, a todos los que todavía no reinamos con Cristo en su presencia. En el camino de amar cada vez más intensamente al prójimo, el ayuno debe ser un medio más para cumplir cada vez más perfectamente el mandato de Cristo.


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