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lunes, 21 de octubre de 2019

La destrucción de símbolos paganos en el martirio de las Santas Justa y Rufina

Los símbolos paganos que han sido destruidos hoy en Roma nos debe hacer reflexionar sobre lo que en otros tiempos se pensaba de ellos dentro de la misma Iglesia Católica sin ningún tipo de rubor.

Cito textualmente a continuación el elogio de las Santa mártires Justa y Rufina, en el Martyrologium Hispanum, tomo IV, pag. 164 ss. editado en Lyon en 1656:


Eran Justa y Rufina unas sencillas mujeres, de modesta condición, amables, castas y religiosas, que por sí mismas se ganaban la vida: "como quien nada tiene pero todo lo posee". Se dedicaban a la venta de objetos de alfarería. Estaban al cuidado de este su comercio de alfarería cuando se les entró un monstruoso ídolo, al que los paganos llamaban Salambone, pidiendo de ellas una ofrenda. Contestaron ellas: Nosotras adoramos a Dios y no un ídolo hecho a mano. Oyendo esto, aquel que iba por dentro del ídolo, lleno de ira arremetió contra las vasijas que las santas doncellas tenían allí para la venta, rompiéndolas y quebrándolas casi todas. Y entonces aquellas nobles y cristianas mujeres, no para tomar venganza del daño hecho a su pobreza, sino para destruir tal iniquidad, empujaron al ídolo que al caer al suelo se hizo pedazos. Divulgaron el hecho los paganos tachándolo de sacrilegio y clamando que debían ser juzgadas y condenadas a muerte.

Y como alguien se lo dijera al Gobernador, éste mandó al punto que las devotísimas vírgenes fueran encarceladas y bien custodiadas. Y cuando más tarde vino a la Ciudad, las mandó llamar para intimidarlas con la vista de los instrumentos de tortura. Comparecieron a la vista del juez totalmente entregadas a Dios, y aquel mandó traer el potro. Al instante las pusieron en él, más para su gloria que para castigo, y se dio la orden de atormentarlas con garfios. El interrogatorio del juez puso en claro que ellas admitían haber cometido el llamado sacrilegio.

Viéndolas el Gobernador con rostro alegre y buen ánimo como si no estuviesen padeciendo dolores, decide que hay que atormentarlas con mayor rigor, cárcel más dura y someterlas por hambre. Luego de hecho esto, mandó que las pusiesen a caminar por parajes difíciles y pedregosos. Llegó así el tiempo de alcanzar la victoria, sin que el premio a tal lucha se pudiese ya dilatar. Justa, agotada, expiró en la cárcel santamente. Y Rufina, que allí permanecía, fue más tarde y por mandato del juez degollada, entregando así su alma a Dios.

Todo esto ocurrió en Sevilla (España) a fines del siglo II d.C.

La mera presencia de un ídolo pagano ofendía la fe de las cristianas Justa y Rufina, cuya destrucción las llevó al martirio. No nos hacemos una idea de qué pensarían aquella heroicas mártires si vieran esos mismos ídolos dentro de un Templo cristiano.

domingo, 15 de marzo de 2015

¿Y si creer me complica la vida?

Comenzaste a servir al Señor, quizás no recuerdas cuándo o hace poco tiempo. Tu intención es dedicar todo tu ser a Él, modelar tu voluntad a la suya y ponerlo en el centro de tu existencia.

Pero no faltan las ocasiones en las que ves que todo te va mal. Los problemas se suceden a veces sin dejar tregua, incluso en los momentos más tranquilos de tu vida. Cualquier cosa se vuelve una contrariedad, una dificultad, un escollo que salvar.

Tus pecados vuelven una y otra vez y te ves como Sísifo, intentando subir una piedra por la ladera de una montaña, para a continuación ver cómo la piedra vuelve a caer y todo recomienza.

Todas estas dificultades complican tu vida, te transmiten ciertamente angustia y tristeza. Llegarás a pensar que Dios te está mandando todas estos problemas a tí, que quieres amarle y servirle.

La duda está sembrada en tu corazón. ¿Es posible que Dios te trate así? ¿Merece la pena continuar en esto? ¿No viven mejor otras personas que se encuentran alejadas de Dios?

¿Qué me está pasando?

Lo que te ocurre es el efecto de la principal argucia del demonio: sembrar en tí la falta de paz.

La santidad se construye sobre la paz interior, por lo que el diablo actúa quitándote la paz para que tú termines por pensar que nada merece la pena.

Por lo tanto, la principal labor del cristiano es mantener la paz en su corazón.

La paz es la mejor tierra sobre la que sembrar la vida de fe. Y al mismo tiempo la vida de fe debe procurarte un trasfondo de paz en tu interior.

Jesús quiso compartir nuestra humanidad para que fuéramos plenamente conscientes de que Él sabía de nuestras pasiones, nuestras debilidades, nuestros cansancios, nuestros buenos propósitos realizados o no.

Muchas personas creen que las cosas malas nos suceden porque son castigo de Dios, porque hemos sido víctimas de un juez implacable que no nos deja ninguna tregua. Sin embargo olvidamos que las situaciones dolorosas nos suceden a todos, y los que tenemos fe las aprovechamos para superarlas y acercarnos más a Dios.

Y todo esto viene a robarnos la paz y a sembrar en nosotros la duda de si la vida de fe sirve para algo o no.

La fe es la que nos equipa para la lucha contra el mal, la que da sentido a nuestra vida y la que nos enseña el camino correcto a lo largo de nuestra existencia.

La fe nos hace mirar hacia nuestro interior, buscar a Jesús para encontrarlo en el centro de nuestra alma, pues lo natural en nosotros es mirar hacia afuera, hacia el exterior.

La fe nos da la suficiente oscuridad en nuestra vida para que el verdadero amor sea posible.

La fe nos hace darnos cuenta de que todo lo que nos rodea (que en el fondo siempre termina por frustrarnos) no es lo principal, sino que lo verdaderamente importante no pertenece a este mundo que pasa, sino a otro mundo que permanece.

Nuestro cuerpo es débil y vulnerable, pero nuestra alma tiene ansias de permanencia y durabilidad. La fe nos hace darnos cuenta de esta dualidad y nos prepara para la lucha que se avecina: nuestras pasiones que nos lastran frente a las virtudes que nos dan alas.

Creer no sólo no nos complica la vida, sino que nos abre los ojos al verdadero destino de nuestra existencia: la vida feliz en Cristo.

Mientras nuestros sentidos nos hablan de lo material, la fe nos enseña la prevalencia de nuestra naturaleza espiritual sobre la corporal. Y este camino, a veces, es doloroso porque nos hace desapegarnos de lo que vemos y a lo que nos asimos, para confiar en Jesús que nos enseña el camino hacia nuestro verdadero destino.

sábado, 25 de agosto de 2012

La 'perra' buena voluntad

En una ocasión en que Sor Teresa me había mostrado todos mis defectos, yo me sentía triste y un poco desamparada. Pensaba: yo, que tanto deseo alcanzar la virtud, me veo muy lejos; querría ser dulce, paciente, humilde, caritativa, ¡ay, no lo conseguiré jamás!...

Sin embargo, en la oración de la tarde, leí que, al expresar Santa Gertrudis ese mismo deseo, Nuestro Señor  Jesucristo le había respondido:

"En todo y sobre todo, ten buena voluntad: esa sola disposición dará a tu alma el brillo y el mérito especial de todas las virtudes. Todo el que tiene buena voluntad, el deseo sincero de procurar mi gloria, de darme gracias, de compadecerse de mis sufrimientos, de amarme y servirme como todas las criaturas juntas, recibirá indudablemente unas recompensas dignas de mi liberalidad, y su deseo le será en ocasiones más provechoso que a otros les son sus buenas obras".

Muy contenta por aquellas frases, siempre en beneficio mío, se las comuniqué a Sor Teresa que sobreabundando, añadió: 

"¿Has leído lo que se cuenta de la vida del Padre Surin? Mientras hacía un exorcismo, los demonios le dijeron: 'Lo conseguimos todo, ¡únicamente no logramos vencer a esa perra de la buena voluntad!'. Pues bien, si no tienes virtud, tienes una 'perrita' que te salvará de todos los peligros. ¡Consuélate; te llevará al Paraíso! ¡Ah!, ¿dónde hay un alma que no desee alcanzar la virtud? ¡Es la vía común! ¡Pero qué poco numerosas son las que aceptan caer, ser débiles, que se sienten felices de verse por los suelos y que las demás las sorprendan en ese trance!".


(Consejos y recuerdos recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz -Celine, en el siglo- hermana de Santa Teresa de Lisieux)

Tener buena voluntad es optar por Cristo sin exclusiones, sin reservas, de manera irrevocable y poner todo de nuestra parte para que su voluntad se cumpla en nosotros.

(La imagen corresponde a la Santa Faz pintada por Celine, inspirada directamente de la Sábana Santa).