(...)
Exhortación a los obispos
25. Tomaos el mayor cuidado de que los pueblos abunden en los preceptos de la sabiduría cristiana y no olviden jamás que el matrimonio no fue instituido por voluntad de los hombres, sino en el principio por autoridad y disposición de Dios, y precisamente bajo esta ley, de que sea de uno con una; y que Cristo, autor de la Nueva Alianza, lo elevó de menester de naturaleza a sacramento y que, por lo que atañe al vínculo, atribuyó la potestad legislativa y judicial a su Iglesia.
Acerca de esto habrá que tener mucho cuidado de que las mentes no se vean arrastradas por las falaces conclusiones de los adversarios, según los cuales esta potestad le ha sido quitada a la Iglesia. Todos deben igualmente saber que, si se llevara a cabo entre fieles una unión de hombre con mujer fuera del sacramento, tal unión carece de toda fuerza y razón de legítimo matrimonio; y que, aun cuando se hubiera verificado convenientemente conforme a las leyes del país, esto no pasaría de ser una práctica o costumbre introducida por el derecho civil, y este derecho sólo puede ordenar y administrar aquellas cosas que los matrimonios producen de sí en el orden civil, las cuales claro está que no podrán producirse sin que exista su verdadera y legítima causa, es decir, el vínculo nupcial.
Importa sobre todo que estas cosas sean conocidas de los esposos, a los cuales incluso habrá que demostrárselas e inculcárselas en los ánimos, a fin de que puedan cumplir con las leyes, a lo que de ningún modo se opone la Iglesia, antes bien quiere y desea que los efectos del matrimonio se logren en todas sus partes y que de ningún modo se perjudique a los hijos. También es necesario que se sepa, en medio de tan enorme confusión de opiniones como se propagan de día en día, que no hay potestad capaz de disolver el vínculo de un matrimonio rato y consumado entre cristianos y que, por lo mismo, son reos de evidente crimen los cónyuges que, antes de haber sido roto el primero por la muerte, se ligan con un nuevo vínculo matrimonial, por más razones que aleguen en su descargo. Porque, si las cosas llegaran a tal extremo que ya la convivencia es imposible, entonces la Iglesia deja al uno vivir separado de la otra y, aplicando los cuidados y remedios acomodados a las condiciones de los cónyuges, trata de suavizar los inconvenientes de la separación, trabajando siempre por restablecer la concordia, sin desesperar nunca de lograrlo.
Son éstos, sin embargo, casos extremos, los cuales sería fácil soslayar si los prometidos, en vez de dejarse arrastrar por la pasión, pensaran antes seriamente tanto en las obligaciones de los cónyuges cuanto en las nobilísimas causas del matrimonio, acercándose a él con las debidas intenciones, sin anticiparse a las nupcias, irritando a Dios, con una serie ininterrumpida de pecados. Y, para decirlo todo en pocas palabras, los matrimonios disfrutarán de una plácida y quieta estabilidad si los cónyuges informan su espíritu y su vida con la virtud de la religión, que da al hombre un ánimo fuerte e invencible y hace que los vicios dado que existieran en ellos, que la diferencia de costumbres y de carácter, que la carga de los cuidados maternales, que la penosa solicitud de la educación de los hijos, que los trabajos propios de la vida y que los contratiempos se soporten no sólo con moderación, sino incluso con agrado.
(...)
Encíclica Arcanum Divinae Sapientiae, León XIII, 1880
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martes, 29 de mayo de 2018
lunes, 28 de mayo de 2018
El matrimonio cristiano (Encíclica)
(...)
Frutos del matrimonio cristiano
14. Si se considera a qué fin tiende la divina institución del matrimonio, se verá con toda claridad que Dios quiso poner en él las fuentes ubérrimas de la utilidad y de la salud públicas.
Y no cabe la menor duda de que, aparte de lo relativo a la propagación del género humano, tiende también a hacer mejor y más feliz la vida de los cónyuges; y esto por muchas razones, a saber: por la ayuda mutua en el remedio de las necesidades, por el amor fiel y constante, por la comunidad de todos los bienes y por la gracia celestial que brota del sacramento. Es también un medio eficacísimo en orden al bienestar familiar, ya que los matrimonios, siempre que sean conformes a la naturaleza y estén de acuerdo con los consejos de Dios, podrán de seguro robustecer la concordia entre los padres, asegurar la buena educación de los hijos, moderar la patria potestad con el ejemplo del poder divino, hacer obedientes a los hijos para con sus padres, a los sirvientes respecto de sus señores.
De unos matrimonios así, las naciones podrán fundadamente esperar ciudadanos animados del mejor espíritu y que, acostumbrados a reverenciar y amar a Dios, estimen como deber suyo obedecer a los que justa y legítimamente mandan amar a todos y no hacer daño a nadie.
La ausencia de religión en el matrimonio
15. Estos tan grandes y tan valiosos frutos produjo realmente el matrimonio mientras conservó sus propiedades de santidad, unidad y perpetuidad, de las que recibe toda su fructífera y saludable eficacia; y no cabe la menor duda de que los hubiera producido semejantes e iguales si siempre y en todas partes se hubiera hallado bajo la potestad y celo de la Iglesia, que es la más fiel conservadora y defensora de tales propiedades. Mas, al surgir por doquier el afán de sustituir por el humano los derechos divino y natural, no sólo comenzó a desvanecerse la idea y la noción elevadísima a que la naturaleza había impreso y como grabado en el ánimo de los hombres, sino que incluso en los mismos matrimonios entre cristianos, por perversión humana, se ha debilitado mucho aquella fuerza procreadora de tan grandes bienes.
¿Qué de bueno pueden reportar, en efecto, aquellos matrimonios de los que se halla ausente la religión cristiana, que es madre de todos los bienes, que nutre las más excelsas virtudes, que excita e impele a cuanto puede honrar a un ánimo generoso y noble? Desterrada y rechazada la religión, por consiguiente, sin otra defensa que la bien poco eficaz honestidad natural, los matrimonios tienen que caer necesariamente de nuevo en la esclavitud de la naturaleza viciada y de la peor tiranía de las pasiones. De esta fuente han manado múltiples calamidades, que han influido no sólo sobre las familias, sino incluso sobre las sociedades, ya que, perdido el saludable temor de Dios y suprimido el cumplimiento de los deberes, que jamás en parte alguna ha sido más estricto que en la religión cristiana, con mucha frecuencia ocurre, cosa fácil en efecto, que las cargas y obligaciones del matrimonio parezcan apenas soportables y que muchos ansíen liberarse de un vínculo que, en su opinión, es de derecho humano y voluntario, tan pronto como la incompatibilidad de caracteres, o las discordias, o la violación de la fidelidad por cualquiera de ellos, o el consentimiento mutuo u otras causas aconsejen la necesidad de separarse. Y si entonces los códigos les impiden dar satisfacción a su libertinaje, se revuelven contra las leyes, motejándolas de inicuas, de inhumanas y de contrarias al derecho de ciudadanos libres, pidiendo, por lo mismo, que se vea de desecharlas y derogarlas y de decretar otra más humana en que sean lícitos los divorcios.
16. Los legisladores de nuestros tiempos, confesándose partidarios y amantes de los mismos principios de derecho, no pueden verse libres, aun queriéndolo con todas sus fuerzas, de la mencionada perversidad de los hombres; hay, por tanto, que ceder a los tiempos y conceder la facultad de divorcio. Lo mismo que la propia historia testifica. Dejando a un lado, en efecto, otros hechos, al finalizar el pasado siglo, en la no tanto revolución cuanto conflagración francesa, cuando, negado Dios, se profanaba todo en la sociedad, entonces se accedió, al fin, a que las separaciones conyugales fueran ratificadas por las leyes. Y muchos propugnan que esas mismas leyes sean restablecidas en nuestros tiempos, pues quieren apartar en absoluto a Dios y a la Iglesia de la sociedad conyugal, pensando neciamente que el remedio más eficaz contra la creciente corrupción de las costumbres debe buscarse en semejantes leyes.
Males del divorcio
17. Realmente, apenas cabe expresar el cúmulo de males que el divorcio lleva consigo. Debido a él, las alianzas conyugales pierden su estabilidad, se debilita la benevolencia mutua, se ofrecen peligrosos incentivos a la infidelidad, se malogra la asistencia y la educación de los hijos, se da pie a la disolución de la sociedad doméstica, se siembran las semillas de la discordia en las familias, se empequeñece y se deprime la dignidad de las mujeres, que corren el peligro de verse abandonadas así que hayan satisfecho la sensualidad de los maridos.
Y puesto que, para perder a las familias y destruir el poderío de los reinos, nada contribuye tanto como la corrupción de las costumbres, fácilmente se verá cuán enemigo es de la prosperidad de las familias y de las naciones el divorcio, que nace de la depravación moral de los pueblos, y, conforme atestigua la experiencia, abre las puertas y lleva a las más relajadas costumbres de la vida privada y pública.
Y se advertirá que son mucho más graves estos males si se considera que, una vez concedida la facultad de divorciarse, no habrá freno suficientemente poderoso para contenerla dentro de unos límites fijos o previamente establecidos. Muy grande es la fuerza del ejemplo, pero es mayor la de las pasiones: con estos incentivos tiene que suceder que el prurito de los divorcios, cundiendo más de día en día, invada los ánimos de muchos como una contagiosa enfermedad o como un torrente que se desborda rotos los diques.
Su confirmación por los hechos
18. Todas estas cosas son ciertamente claras de suyo; pero con el renovado recuerdo de los hechos se harán más claras todavía. Tan pronto como la ley franqueó seguro camino al divorcio, aumentaron enormemente las disensiones, los odios y las separaciones, siguiéndose una tan espantosa relajación moral, que llegaron a arrepentirse hasta los propios defensores de tales separaciones; los cuales, de no haber buscado rápidamente el remedio en la ley contraria, era de temer que se precipitara en la ruina la propia sociedad civil.
Se dice que los antiguos romanos se horrorizaron ante los primeros casos de divorcio; tardó poco, sin embargo, en comenzar a embotarse en los espíritus el sentido de la honestidad, a languidecer el pudor que modera la sensualidad, a quebrantarse la fidelidad conyugal en medio de tamaña licencia, hasta el punto de que parece muy verosímil lo que se lee en algunos autores: que las mujeres introdujeron la costumbre de contarse los años no por los cambios de cónsules, sino de maridos.
Los protestantes, de igual modo, dictaron al principio leyes autorizando el divorcio en determinadas causas, pocas desde luego; pero ésas, por afinidad entre cosas semejantes, es sabido que se multiplicaron tanto entre alemanes, americanos y otros, que los hombres sensatos pensaran en que había de lamentarse grandemente la inmensa depravación moral y la intolerable torpeza de las leyes. Y no ocurrió de otra manera en las naciones católicas, en las que, si alguna vez se dio lugar al divorcio, la muchedumbre de los males que se siguió dejó pequeños los cálculos de los gobernantes.
Pues fue crimen de muchos inventar todo género de malicias y de engaños y recurrir a la crueldad, a las injurias y al adulterio al objeto de alegar motivos con que disolver impunemente el vínculo conyugal, de que ya se habían hastiado, y esto con tan grave daño de la honestidad pública, que públicamente se llegara a estimar de urgente necesidad entregarse cuanto antes a la enmienda de tales leyes. ¿Y quién podrá dudar de que los resultados de las leyes protectoras del divorcio habrían de ser igualmente lamentables y calamitosas si llegaran a establecerse en nuestros días? No se halla ciertamente en los proyectos ni en los decretos de los hombres una potestad tan grande como para llegar a cambiar la índole ni la estructura natural de las cosas; por ello interpretan muy desatinadamente el bienestar público quienes creen que puede trastocarse impunemente la verdadera estructura del matrimonio y, prescindiendo de toda santidad, tanto de la religión cuanto del sacramento, parecen querer rehacer y reformar el matrimonio con mayor torpeza todavía que fue costumbre en las mismas instituciones paganas.
Por ello, si no cambian estas maneras de pensar, tanto las familias cuanto la sociedad humana vivirán en constante temor de verse arrastradas lamentablemente a ese peligro y ruina universal, que desde hace ya tiempo vienen proponiendo las criminales hordas de socialistas y comunistas. En esto puede verse cuán equivocado y absurdo sea esperar el bienestar público del divorcio, que, todo lo contrario, arrastra a la sociedad a una ruina segura.
(...)
Encíclica Arcanum Divinae Sapientiae, S.S. León XIII, 1880
Aquí dejo el enlace al documento completo.
Frutos del matrimonio cristiano
14. Si se considera a qué fin tiende la divina institución del matrimonio, se verá con toda claridad que Dios quiso poner en él las fuentes ubérrimas de la utilidad y de la salud públicas.
Y no cabe la menor duda de que, aparte de lo relativo a la propagación del género humano, tiende también a hacer mejor y más feliz la vida de los cónyuges; y esto por muchas razones, a saber: por la ayuda mutua en el remedio de las necesidades, por el amor fiel y constante, por la comunidad de todos los bienes y por la gracia celestial que brota del sacramento. Es también un medio eficacísimo en orden al bienestar familiar, ya que los matrimonios, siempre que sean conformes a la naturaleza y estén de acuerdo con los consejos de Dios, podrán de seguro robustecer la concordia entre los padres, asegurar la buena educación de los hijos, moderar la patria potestad con el ejemplo del poder divino, hacer obedientes a los hijos para con sus padres, a los sirvientes respecto de sus señores.
De unos matrimonios así, las naciones podrán fundadamente esperar ciudadanos animados del mejor espíritu y que, acostumbrados a reverenciar y amar a Dios, estimen como deber suyo obedecer a los que justa y legítimamente mandan amar a todos y no hacer daño a nadie.
La ausencia de religión en el matrimonio
15. Estos tan grandes y tan valiosos frutos produjo realmente el matrimonio mientras conservó sus propiedades de santidad, unidad y perpetuidad, de las que recibe toda su fructífera y saludable eficacia; y no cabe la menor duda de que los hubiera producido semejantes e iguales si siempre y en todas partes se hubiera hallado bajo la potestad y celo de la Iglesia, que es la más fiel conservadora y defensora de tales propiedades. Mas, al surgir por doquier el afán de sustituir por el humano los derechos divino y natural, no sólo comenzó a desvanecerse la idea y la noción elevadísima a que la naturaleza había impreso y como grabado en el ánimo de los hombres, sino que incluso en los mismos matrimonios entre cristianos, por perversión humana, se ha debilitado mucho aquella fuerza procreadora de tan grandes bienes.
¿Qué de bueno pueden reportar, en efecto, aquellos matrimonios de los que se halla ausente la religión cristiana, que es madre de todos los bienes, que nutre las más excelsas virtudes, que excita e impele a cuanto puede honrar a un ánimo generoso y noble? Desterrada y rechazada la religión, por consiguiente, sin otra defensa que la bien poco eficaz honestidad natural, los matrimonios tienen que caer necesariamente de nuevo en la esclavitud de la naturaleza viciada y de la peor tiranía de las pasiones. De esta fuente han manado múltiples calamidades, que han influido no sólo sobre las familias, sino incluso sobre las sociedades, ya que, perdido el saludable temor de Dios y suprimido el cumplimiento de los deberes, que jamás en parte alguna ha sido más estricto que en la religión cristiana, con mucha frecuencia ocurre, cosa fácil en efecto, que las cargas y obligaciones del matrimonio parezcan apenas soportables y que muchos ansíen liberarse de un vínculo que, en su opinión, es de derecho humano y voluntario, tan pronto como la incompatibilidad de caracteres, o las discordias, o la violación de la fidelidad por cualquiera de ellos, o el consentimiento mutuo u otras causas aconsejen la necesidad de separarse. Y si entonces los códigos les impiden dar satisfacción a su libertinaje, se revuelven contra las leyes, motejándolas de inicuas, de inhumanas y de contrarias al derecho de ciudadanos libres, pidiendo, por lo mismo, que se vea de desecharlas y derogarlas y de decretar otra más humana en que sean lícitos los divorcios.
16. Los legisladores de nuestros tiempos, confesándose partidarios y amantes de los mismos principios de derecho, no pueden verse libres, aun queriéndolo con todas sus fuerzas, de la mencionada perversidad de los hombres; hay, por tanto, que ceder a los tiempos y conceder la facultad de divorcio. Lo mismo que la propia historia testifica. Dejando a un lado, en efecto, otros hechos, al finalizar el pasado siglo, en la no tanto revolución cuanto conflagración francesa, cuando, negado Dios, se profanaba todo en la sociedad, entonces se accedió, al fin, a que las separaciones conyugales fueran ratificadas por las leyes. Y muchos propugnan que esas mismas leyes sean restablecidas en nuestros tiempos, pues quieren apartar en absoluto a Dios y a la Iglesia de la sociedad conyugal, pensando neciamente que el remedio más eficaz contra la creciente corrupción de las costumbres debe buscarse en semejantes leyes.
Males del divorcio
17. Realmente, apenas cabe expresar el cúmulo de males que el divorcio lleva consigo. Debido a él, las alianzas conyugales pierden su estabilidad, se debilita la benevolencia mutua, se ofrecen peligrosos incentivos a la infidelidad, se malogra la asistencia y la educación de los hijos, se da pie a la disolución de la sociedad doméstica, se siembran las semillas de la discordia en las familias, se empequeñece y se deprime la dignidad de las mujeres, que corren el peligro de verse abandonadas así que hayan satisfecho la sensualidad de los maridos.
Y puesto que, para perder a las familias y destruir el poderío de los reinos, nada contribuye tanto como la corrupción de las costumbres, fácilmente se verá cuán enemigo es de la prosperidad de las familias y de las naciones el divorcio, que nace de la depravación moral de los pueblos, y, conforme atestigua la experiencia, abre las puertas y lleva a las más relajadas costumbres de la vida privada y pública.
Y se advertirá que son mucho más graves estos males si se considera que, una vez concedida la facultad de divorciarse, no habrá freno suficientemente poderoso para contenerla dentro de unos límites fijos o previamente establecidos. Muy grande es la fuerza del ejemplo, pero es mayor la de las pasiones: con estos incentivos tiene que suceder que el prurito de los divorcios, cundiendo más de día en día, invada los ánimos de muchos como una contagiosa enfermedad o como un torrente que se desborda rotos los diques.
Su confirmación por los hechos
18. Todas estas cosas son ciertamente claras de suyo; pero con el renovado recuerdo de los hechos se harán más claras todavía. Tan pronto como la ley franqueó seguro camino al divorcio, aumentaron enormemente las disensiones, los odios y las separaciones, siguiéndose una tan espantosa relajación moral, que llegaron a arrepentirse hasta los propios defensores de tales separaciones; los cuales, de no haber buscado rápidamente el remedio en la ley contraria, era de temer que se precipitara en la ruina la propia sociedad civil.
Se dice que los antiguos romanos se horrorizaron ante los primeros casos de divorcio; tardó poco, sin embargo, en comenzar a embotarse en los espíritus el sentido de la honestidad, a languidecer el pudor que modera la sensualidad, a quebrantarse la fidelidad conyugal en medio de tamaña licencia, hasta el punto de que parece muy verosímil lo que se lee en algunos autores: que las mujeres introdujeron la costumbre de contarse los años no por los cambios de cónsules, sino de maridos.
Los protestantes, de igual modo, dictaron al principio leyes autorizando el divorcio en determinadas causas, pocas desde luego; pero ésas, por afinidad entre cosas semejantes, es sabido que se multiplicaron tanto entre alemanes, americanos y otros, que los hombres sensatos pensaran en que había de lamentarse grandemente la inmensa depravación moral y la intolerable torpeza de las leyes. Y no ocurrió de otra manera en las naciones católicas, en las que, si alguna vez se dio lugar al divorcio, la muchedumbre de los males que se siguió dejó pequeños los cálculos de los gobernantes.
Pues fue crimen de muchos inventar todo género de malicias y de engaños y recurrir a la crueldad, a las injurias y al adulterio al objeto de alegar motivos con que disolver impunemente el vínculo conyugal, de que ya se habían hastiado, y esto con tan grave daño de la honestidad pública, que públicamente se llegara a estimar de urgente necesidad entregarse cuanto antes a la enmienda de tales leyes. ¿Y quién podrá dudar de que los resultados de las leyes protectoras del divorcio habrían de ser igualmente lamentables y calamitosas si llegaran a establecerse en nuestros días? No se halla ciertamente en los proyectos ni en los decretos de los hombres una potestad tan grande como para llegar a cambiar la índole ni la estructura natural de las cosas; por ello interpretan muy desatinadamente el bienestar público quienes creen que puede trastocarse impunemente la verdadera estructura del matrimonio y, prescindiendo de toda santidad, tanto de la religión cuanto del sacramento, parecen querer rehacer y reformar el matrimonio con mayor torpeza todavía que fue costumbre en las mismas instituciones paganas.
Por ello, si no cambian estas maneras de pensar, tanto las familias cuanto la sociedad humana vivirán en constante temor de verse arrastradas lamentablemente a ese peligro y ruina universal, que desde hace ya tiempo vienen proponiendo las criminales hordas de socialistas y comunistas. En esto puede verse cuán equivocado y absurdo sea esperar el bienestar público del divorcio, que, todo lo contrario, arrastra a la sociedad a una ruina segura.
(...)
Encíclica Arcanum Divinae Sapientiae, S.S. León XIII, 1880
Aquí dejo el enlace al documento completo.
viernes, 17 de agosto de 2012
La Iglesia de EE.UU. defendiendo los valores católicos: 'Test of fire' (español)
El video (en español) que adjunto a este artículo es un mensaje elaborado por la organización católica "Catholics Called to Witness" (Católicos llamados a ser testigos) de cara a las próximas elecciones a la presidencia en EE.UU.
En otros paises deberíamos tomar buena nota de estas iniciativas.
(Versión original en inglés:)
En otros paises deberíamos tomar buena nota de estas iniciativas.
(Versión original en inglés:)
lunes, 23 de julio de 2012
¿Qué hacer con los hijos cuando los padres se separan o se divorcian?
Me atrevería a decir que esta es una de las situaciones más estresantes y difíciles de superar para los hijos, debido también a la frecuencia con la que se dan estos casos en la vida de hoy.
Y también es una de las circunstancias que más les afectan y les repercute en su modo de enfrentarse a la vida y a su propio crecimiento.
Por ello, los padres que pasan por el trance de separarse o de divorciarse deben prestar extraordinario cuidado con la situación de sus hijos.
Conocemos muchos casos de este tipo y nos atrevemos a hacer unas reflexiones basándonos en lo que hemos visto, de manera reiterada, en la inmensa mayoría de ellos:
1.- Los hijos son la parte más vulnerable de una separación o un divorcio. En estas situaciones aparecen entre dos personas los argumentos y las circunstancias más afiladas y punzantes que pueda uno imaginar. No los vuelvas hacia ellos, no los utilices como arma arrojadiza en vuestros asuntos.
2.- Los niños necesitan sentirse queridos, este es un alimento esencial para el crecimiento sano. Esta es la tarea principal de ser padres, la de ser vehículos y transmisores del amor de Dios. Convierte esta tarea en el centro de tu nueva vida. No veas a tus hijos como parte de un pasado a superar.
3.- Me dices que tienes derecho a rehacer tu vida, a ser feliz, a empezar de nuevo. ¿Has pensado mejor esto?: tienes la obligación de "hacer" la vida de tus hijos; tienes la obligación de hacer felices a tus hijos; tienes la obligación de estar ahí cuando tus hijos "comiencen" sus vidas. Y todo esto por encima de tus necesidades particulares. Ánimo que no es difícil: son tus hijos, ¿no lo harás por ellos?.
4.- No conviertas a tus hijos en un pozo de contemplaciones sin fin. Es fundamental que vosotros, sus padres, trabajéis conjuntamente por su felicidad, no ofreciéndoles caprichos cada vez mayores, "los tuyos sobre los míos". Utilizar los regalos como una espiral de chantajes emocionales, las vacaciones, etc. conduce a un precipicio educativo.
5.- Los hijos de padres separados o divorciados (aunque no sólo ellos) pasan mucho tiempo solos en sus casas. Esto es terrible. La consecuencia inmediata es la ociosidad, las distracciones inoportunas e innecesarias, los vicios que las acompañan, la falta de aprovechamiento en los estudios, la relación indiscriminada con otros amigos por el mero hecho de estar aburridos. Piensa en cómo puedes mejorar o cambiar esto. La labor callada de unos abuelos o de otras personas cercanas es impagable.
6.- Si te has separado o divorciado, eso no quiere decir que hayas renunciado a los valores fundamentales de la sociedad según Dios. Resiste la tentación de complacer a tus hijos en todos los errores de la vida moderna, pensando en que si lo haces, contribuirás a su felicidad (maltrecha por la separación): salidas sin límite, compras compulsivas, móviles que no necesitan, internet indiscriminado, relación con cualquier tipo de personas que se encuentren en las calles.
7.- No pretendas forzar su crecimiento porque a tí te convenga. Pasas por una situación difícil en tu vida y piensas que si tus hijos se hacen mayores pronto, todo mejorará. Pero esto perjudicará tremendamente a tus hijos, porque los habrás sometido a un desarrollo forzado para el que no van a estar preparados. No precipites las etapas de crecimiento.
8.- Imagínate que te obligaran a cambiar de piso cada semana y estuvieras constantemente de un lado para otro. O que te cambiaran de centro de trabajo continuamente, que tu entorno más próximo termine por ser algo lejano porque siempre está cambiando. ¿Por qué lo haces con tus hijos? Cuando la convivencia es imposible, tenemos que darle una solución, claro está. Pero siempre que se pueda, el niño debe mantener su rutina diaria como parte esencial de su vida. Si hoy no encuentras la manera de hacerlo, piensa en cómo lo puedes conseguir el día de mañana.
9.- "Manolo, estás siendo muy exigente conmigo y me pides unas cosas casi irrealizables. Parece que no conoces el mundo de hoy...".
Te contesto: estando vivo y feliz tu matrimonio, si tu hijo hubiera necesitado un riñón tuyo, ¿se lo habrías dado? Seguro que sí. ¿Y si hubiera necesitado tu vida para que él siguiera viviendo, se la habrías dado? Sin pensarlo...
Ahora él necesita otros sacrificios tuyos, ¿se los negarás?. No son cosas fáciles de hacer, como tampoco lo es renunciar a un riñón que puede servirte a tí. ¿Entonces ...?
Muchas personas tratan el tema de los hijos como un capítulo más de un largo documento de acuerdo matrimonial. Trabaja para que esto no sea así. Los hijos son algo central en vuestras vidas.
10.- Benedicto XVI nos ilumina siempre con su doctrina: los divorciados vueltos a casar no están marginados de la Iglesia, sino que pueden vivir su fe plenamente, aunque no puedan acercarse a recibir los sacramentos. Se participa en la Eucaristía si realmente se entra en comunión con el Cuerpo de Cristo. Si la Iglesia te acoge aún en esta situación tan difícil, no pienses que todo está perdido y lleva a tus hijos a Misa, porque Dios no os ha abandonado ni tú le has abandonado a Él.
Qué palabras tan consoladoras las de nuestro Santo Padre.
Cada pareja es un mundo. Es cierto. Y como todo esto depende de la voluntad de dos (no sólo de la mía), muchas de estas cosas son irrealizables porque la otra persona no está en sintonía mental y espiritual conmigo, con lo que yo pienso. Desgraciadamente, es así. ¿Qué puedo hacer?. 1) Haz lo que esté en tu mano, todo lo que puedas hacer. 2) Arrodíllate ante Dios y confía en Él. Sí, no basta la mera pasividad, creer que si yo hago lo que puedo, ya lo he hecho todo. No. Confía en Él, pon esto en sus manos, haz lo que puedas y lánzale la pelota al tejado de Dios, con humildad y amor. Él la recibirá con gusto, porque quiere ayudarte.
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Y también es una de las circunstancias que más les afectan y les repercute en su modo de enfrentarse a la vida y a su propio crecimiento.
Por ello, los padres que pasan por el trance de separarse o de divorciarse deben prestar extraordinario cuidado con la situación de sus hijos.
Conocemos muchos casos de este tipo y nos atrevemos a hacer unas reflexiones basándonos en lo que hemos visto, de manera reiterada, en la inmensa mayoría de ellos:
1.- Los hijos son la parte más vulnerable de una separación o un divorcio. En estas situaciones aparecen entre dos personas los argumentos y las circunstancias más afiladas y punzantes que pueda uno imaginar. No los vuelvas hacia ellos, no los utilices como arma arrojadiza en vuestros asuntos.
2.- Los niños necesitan sentirse queridos, este es un alimento esencial para el crecimiento sano. Esta es la tarea principal de ser padres, la de ser vehículos y transmisores del amor de Dios. Convierte esta tarea en el centro de tu nueva vida. No veas a tus hijos como parte de un pasado a superar.
3.- Me dices que tienes derecho a rehacer tu vida, a ser feliz, a empezar de nuevo. ¿Has pensado mejor esto?: tienes la obligación de "hacer" la vida de tus hijos; tienes la obligación de hacer felices a tus hijos; tienes la obligación de estar ahí cuando tus hijos "comiencen" sus vidas. Y todo esto por encima de tus necesidades particulares. Ánimo que no es difícil: son tus hijos, ¿no lo harás por ellos?.
4.- No conviertas a tus hijos en un pozo de contemplaciones sin fin. Es fundamental que vosotros, sus padres, trabajéis conjuntamente por su felicidad, no ofreciéndoles caprichos cada vez mayores, "los tuyos sobre los míos". Utilizar los regalos como una espiral de chantajes emocionales, las vacaciones, etc. conduce a un precipicio educativo.
5.- Los hijos de padres separados o divorciados (aunque no sólo ellos) pasan mucho tiempo solos en sus casas. Esto es terrible. La consecuencia inmediata es la ociosidad, las distracciones inoportunas e innecesarias, los vicios que las acompañan, la falta de aprovechamiento en los estudios, la relación indiscriminada con otros amigos por el mero hecho de estar aburridos. Piensa en cómo puedes mejorar o cambiar esto. La labor callada de unos abuelos o de otras personas cercanas es impagable.
6.- Si te has separado o divorciado, eso no quiere decir que hayas renunciado a los valores fundamentales de la sociedad según Dios. Resiste la tentación de complacer a tus hijos en todos los errores de la vida moderna, pensando en que si lo haces, contribuirás a su felicidad (maltrecha por la separación): salidas sin límite, compras compulsivas, móviles que no necesitan, internet indiscriminado, relación con cualquier tipo de personas que se encuentren en las calles.
7.- No pretendas forzar su crecimiento porque a tí te convenga. Pasas por una situación difícil en tu vida y piensas que si tus hijos se hacen mayores pronto, todo mejorará. Pero esto perjudicará tremendamente a tus hijos, porque los habrás sometido a un desarrollo forzado para el que no van a estar preparados. No precipites las etapas de crecimiento.
8.- Imagínate que te obligaran a cambiar de piso cada semana y estuvieras constantemente de un lado para otro. O que te cambiaran de centro de trabajo continuamente, que tu entorno más próximo termine por ser algo lejano porque siempre está cambiando. ¿Por qué lo haces con tus hijos? Cuando la convivencia es imposible, tenemos que darle una solución, claro está. Pero siempre que se pueda, el niño debe mantener su rutina diaria como parte esencial de su vida. Si hoy no encuentras la manera de hacerlo, piensa en cómo lo puedes conseguir el día de mañana.
9.- "Manolo, estás siendo muy exigente conmigo y me pides unas cosas casi irrealizables. Parece que no conoces el mundo de hoy...".
Te contesto: estando vivo y feliz tu matrimonio, si tu hijo hubiera necesitado un riñón tuyo, ¿se lo habrías dado? Seguro que sí. ¿Y si hubiera necesitado tu vida para que él siguiera viviendo, se la habrías dado? Sin pensarlo...
Ahora él necesita otros sacrificios tuyos, ¿se los negarás?. No son cosas fáciles de hacer, como tampoco lo es renunciar a un riñón que puede servirte a tí. ¿Entonces ...?
Muchas personas tratan el tema de los hijos como un capítulo más de un largo documento de acuerdo matrimonial. Trabaja para que esto no sea así. Los hijos son algo central en vuestras vidas.
10.- Benedicto XVI nos ilumina siempre con su doctrina: los divorciados vueltos a casar no están marginados de la Iglesia, sino que pueden vivir su fe plenamente, aunque no puedan acercarse a recibir los sacramentos. Se participa en la Eucaristía si realmente se entra en comunión con el Cuerpo de Cristo. Si la Iglesia te acoge aún en esta situación tan difícil, no pienses que todo está perdido y lleva a tus hijos a Misa, porque Dios no os ha abandonado ni tú le has abandonado a Él.
Qué palabras tan consoladoras las de nuestro Santo Padre.
Cada pareja es un mundo. Es cierto. Y como todo esto depende de la voluntad de dos (no sólo de la mía), muchas de estas cosas son irrealizables porque la otra persona no está en sintonía mental y espiritual conmigo, con lo que yo pienso. Desgraciadamente, es así. ¿Qué puedo hacer?. 1) Haz lo que esté en tu mano, todo lo que puedas hacer. 2) Arrodíllate ante Dios y confía en Él. Sí, no basta la mera pasividad, creer que si yo hago lo que puedo, ya lo he hecho todo. No. Confía en Él, pon esto en sus manos, haz lo que puedas y lánzale la pelota al tejado de Dios, con humildad y amor. Él la recibirá con gusto, porque quiere ayudarte.
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viernes, 1 de julio de 2011
Un político valiente: David Cameron
Con motivo del Día del Padre el pasado 19 de junio, el primer ministro británico David Cameron ha publicado en el Sunday Telegraph un artículo sobre la figura del padre y la familia en la sociedad moderna.
De una manera poco vista actualmente, él se compromete con su experiencia personal de su propia familia, para reflexionar sobre la necesidad de reivindicar la figura del padre en la sociedad actual.
Cuando hoy muchos piensan que una familia puede crearse con cualquier combinación de hombres y/o mujeres, como si fuera una sociedad mercantil más que nace de la voluntad de los hombres, David Cameron aboga por el referente paterno dentro de la familia, por la diversidad de papeles entre el padre y la madre, y la necesidad de proteger también al padre dentro de su política de defensa de la familia.
Es indudable que el contenido de la carta es de una gran belleza y sinceridad, muy necesaria en la sociedad en la que vivimos.
Adjunto los enlaces desde el que pueden descargar una traducción propia al español de la carta y el original inglés.
(Para la traducción he contado con la ayuda inestimable de mi esposa Ana. Todos los errores son míos; los aciertos, son de ella).
Enlaces relacionados:
Artículo de David Cameron (traducida al español)
Artículo de David Cameron (original inglés)
De una manera poco vista actualmente, él se compromete con su experiencia personal de su propia familia, para reflexionar sobre la necesidad de reivindicar la figura del padre en la sociedad actual.
Cuando hoy muchos piensan que una familia puede crearse con cualquier combinación de hombres y/o mujeres, como si fuera una sociedad mercantil más que nace de la voluntad de los hombres, David Cameron aboga por el referente paterno dentro de la familia, por la diversidad de papeles entre el padre y la madre, y la necesidad de proteger también al padre dentro de su política de defensa de la familia.
Es indudable que el contenido de la carta es de una gran belleza y sinceridad, muy necesaria en la sociedad en la que vivimos.
Adjunto los enlaces desde el que pueden descargar una traducción propia al español de la carta y el original inglés.
(Para la traducción he contado con la ayuda inestimable de mi esposa Ana. Todos los errores son míos; los aciertos, son de ella).
Enlaces relacionados:
Artículo de David Cameron (traducida al español)
Artículo de David Cameron (original inglés)
jueves, 23 de abril de 2009
El amor, centro del verdadero matrimonio cristiano
Me ha llegado por correo electrónico, a través de un amigo de toda confianza, una publicidad de las que circulan libremente por internet relativa a la última modalidad de ofrecimiento de la prostitución: 'novias de contrato, el sexo más inteligente'.
En el folleto se hace una descripción exhaustiva de las bondades del pseudo-contrato: sin vínculos, total disponibilidad, y toda una serie de pormenores que por su carácter altamente autoexplicativos voy a omitir, todos ellos en la dirección de presentar esta modalidad de prostitución como el perfecto sustitutivo de la relación de pareja, sin compromisos, sin problemas, sin exigencias, sin dificultades y que se puede romper en cualquier momento.
¿Para qué tener casarse, con todos sus inconvenientes, si el matrimonio puede ser sustituido por la relación sexual sin ninguna atadura?
A los ojos de nuestra sociedad hedonista, y tal y como lo describe el folleto, parece la solución ideal. Cogemos la relación de pareja y estudiamos la manera de despojarla de todos sus inconvenientes, sus responsabilidades y sus cargas, sus problemas del día a día. Después de esta operación de cirugía moral avanzada, ¿con qué nos hemos quedado? Con nada, es decir, con un remedo de relación de pareja en la que no existe el amor, el verdadero amor; todo lo más, en la forma de un sustitutivo vacío meramente carnal.
Evidentemente los problemas no son inherentes a la relación de pareja, del mismo modo que el pecado no es inherente a la condición humana tal y como Dios la concibió. En todo matrimonio es normal la existencia de contrariedades que son fruto de la convivencia, el egoismo, la falta de amor, las dificultades económicas o de salud, las relaciones de terceras personas, etc.
Pero si nos fijamos sólo en las contrariedades, nos estaremos olvidando de lo primordial: el amor. Y es éste, el amor, el que da sentido a todo, a la relación matrimonial, a la existencia de los hijos que componen la familia, a la convivencia mutua en felicidad, a la superación de las trabas que se van presentando.
La relación matrimonial, despojada de las dificultades y problemas propios de la convivencia, se ha convertido, por arte del interés humano, en un servicio a cambio de dinero, un intercambio de prestaciones al más puro estilo comercial. Se publicita la frialdad de la prestación sexual como una gran ventaja frente al matrimonio, cuando en realidad representa la aridez del desierto, en el que es imposible la vida, frente a la fecundidad del vergel.
Si hay algo que agradecer a este tipo de publicidad, como en general a toda la actividad del demonio en nuestra sociedad, es que nos permite ver con mayor claridad dónde está la luz verdadera y el sentido de las palabras que hemos recibido de Cristo.
Si queremos despojar a la relación matrimonial del compromiso vitalicio exigido por el Señor, estaremos comenzado la tarea de cirujano de espurgar del matrimonio lo que no nos conviene. Y ya sabemos que el final de dicha tarea es quedarnos con una relación sin sentido, sin vida, sin amor.
Igual ocurre con el resto de dificultades: si no las asumimos en Cristo, si no las llevamos a la cruz del Señor y las crucificamos en ella, junto a nosotros mismos, no estaremos en disposición de alcanzar el verdadero amor.
Si queremos construir una relación matrimonial en la que desechemos lo que nos molesta, al final nos quedaremos con una burbuja de aire en la que no habrá nada que merezca la pena, ni siquiera la relación sexual vacía y hastiante que promete este folleto.
Yendo aún más allá: ¿podríamos concebir cualquier relación humana sin dificultades?. La relación de unos amigos, compañeros de trabajo, vecinos, sin ninguna traba ni problema, ¿llevaría aparejado el verdadero amor al prójimo que nos predica Cristo? Sería una buena ocasión para la reflexión personal.
Enlaces relacionados:
Amor y libertad: el perfecto amor de Dios (2-Marzo-2009)
Amar en la diferencia
¿A qué se parece el amor?
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