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sábado, 17 de diciembre de 2011

El retrato de nuestra alma

Hace pocos días estaba viendo la versión antigua de la película "El retrato de Dorian Grey". Muchos podréis pensar qué tiene esto que ver con nuestra fe o con la religión, pero el hecho es que a mí me llevó a una reflexión que me gustaría compartir con vosotros.

El personaje de la película vende su alma al diablo para conservarse físicamente tan joven y bello como aparece en un retrato que le había hecho un famoso pintor. En esa "venta" su alma queda traspasada al cuadro y es éste el que envejece.

Si embargo otro fenómeno curioso ocurre con el retrato y es que también muestra toda la degradación moral que Dorian va sufriendo al llevar una vida disoluta y corrupta.


Hasta tal punto el retrato se vuelve repugnante que el mismo Dorian se siente tentado de cambiar su vida para  ver si puede cambiar esa horrible pintura. Sin embargo debido a la naturaleza del pacto con el diablo eso ya no es posible.

Yo pensé, ¿y si cada uno de nosotros tuviésemos un cuadro de nuestra alma, donde se fuesen reflejando todos y cada uno de nuestros pecados?. ¿Qué supondría en nuestras vidas el ver como el pecado nos degrada y estropea ese alma pura y limpia que tenemos en el momento de nuestro bautizo, cuando ya hemos sido librados del pecado original?

Creo que a muchos de nosotros nos haría cambiar y querer ser mejores. Intentaríamos conservar nuestra alma tal como Dios nos la regaló, aunque sólo fuera por no ver nuestra propia fealdad, esa que sólo Él puede ver, la verdadera, la que los demás no ven.

 A diferencia del personaje de la película nosotros sí que tenemos un medio para librarnos de esa fealdad: el sacramento de la penitencia.

 Acerquémonos al confesionario, pidamos sinceramente perdón a Dios, cambiemos nuestras vidas, para que Él pueda siempre vernos limpios e intachables, a imagen y semejanza suya, tal como nos creó.

lunes, 23 de febrero de 2009

La Virgen María, la nueva Eva (y II)


(Viene de la parte I)

La concepción de María inaugura, por tanto, una nueva era en la humanidad, la era de la liberación del pecado original; de esa liberación todos participamos como hijos de Dios (que nos libera en Cristo) e hijos de la Virgen María (nuestra madre).

Y todo esto por disposición gratuita y generosa del mismo Dios creador que también libremente nos creó en el origen.

Pero no todo el camino estaba recorrido. Era necesario que ella y Él superaran la prueba del pecado. Si sabemos que Cristo (el santo por excelencia) y Eva fueron tentados (Mt 4, 1-11 y Gn 3, 1ss), la Virgen hubo de serlo también. Pero ella surgió victoriosa de esa tentación preservándose
libre del pecado hasta su tránsito. Si Dios la había preservado del pecado original por pura gracia divina, fue ella la que, por su virtud y con la ayuda de la misma gracia, perseveró hasta el final a diferencia de Eva.

Eva fue pura y pecó; la Virgen fue pura y perseveró. Eva nos trajo el pecado y la Virgen nos trajo al Salvador y nos mostró el camino de la santidad: perseverar hasta el final.

La consecuencia de su Inmaculada Concepción y de su vida de virtud, sin tacha de pecado ni el venial, tenía que ser forzosamente su
elevación al Cielo en cuerpo y alma. La muerte en el sepulcro no era el fin del ser humano previsto por Dios en el origen, sino que fue la consecuencia que nos trajo el pecado original. Por tanto, la Virgen María, libre de ese pecado propagado por el ser humano, tuvo que ser elevada al Cielo al final de su vida.

La Iglesia, movida por el Espíritu Santo, nos lo ha enseñado así y así lo hemos visto en la Historia. Muchos siglos pasaron hasta la definición dogmática de la Inmaculada Concepción en 1854 por S.S. Pío IX, pero ni un solo siglo hasta la de la Asunción de la Virgen a los Cielos en 1950 por S.S. Pío XII. Así lo vio lúcidamente éste Papa al definir este dogma:

"4. Este privilegio resplandeció con nuevo fulgor desde que nuestro predecesor Pío IX, de inmortal memoria, definió solemnemente el dogma de la Inmaculada Concepción de la augusta Madre de Dios. Estos dos privilegios están, en efecto, estrechamente unidos entre sí. Cristo, con su muerte, venció la muerte y el pecado; y sobre el uno y sobre la otra reporta también la victoria en virtud de Cristo todo aquel que ha sido regenerado sobrenaturalmente por el bautismo.

Pero por ley general, Dios no quiere conceder a los justos el pleno efecto de esta victoria sobre la muerte, sino cuando haya llegado el fin de los tiempos. Por eso también los cuerpos de los justos se disuelven después de la muerte, y sólo en el último día volverá a unirse cada uno con su propia alma gloriosa.


5. Pero de esta ley general quiso Dios que fuera exenta la bienaventurada Virgen Maria. Ella, por privilegio del todo singular, venció al pecado con su concepción inmaculada; por eso no estuvo sujeta a la ley de permanecer en la corrupción del sepulcro ni tuvo que esperar la redención de su cuerpo hasta el fin del mundo.


6. Por eso, cuando fue solemnemente definido que la Virgen Madre de Dios, María, estaba inmune de la mancha hereditaria de su concepción, los fieles se llenaron de una más viva esperanza de que cuanto antes fuera definido por el supremo magisterio de la Iglesia el dogma de la Asunción corporal al cielo de María Virgen."
(Constitución Apostólica Munificentissimus Deus, S.S. Pío XII, 1-Noviembre-1950)

La Virgen María es la Nueva
EVA porque ella es también la primera mujer pero de la nueva humanidad que brota de Cristo, por la que somos hijos de Dios, por el bautismo. Ella fue preservada del pecado original no por virtud propia, sino en atención a los méritos de Cristo, nuestro Redentor. Por esto, ella ocupa el primer lugar en el tiempo de esta nueva humanidad, pero teniendo en cuenta que Cristo es el verdadero autor de nuestra liberación.

La Virgen María es la
NUEVA Eva porque ella, a diferencia de la primera Eva, persevera hasta el final y se convierte para nosotros en la primera criatura que ha cumplido en su totalidad el plan primigenio de Dios para el hombre. De esa manera, la Virgen ha vencido a satanás, no en el sentido liberador en que lo hace Jesucristo que nos trae a todos una vida nueva, sino en el sentido de que ella ha conformado su vida completamente a los deseos de Dios, sin tacha, y nos muestra el camino de la vida santa.

Es por ello que ocupa un lugar de privilegio entre todas las criaturas. Porque gracias a ella y a su vida hemos comprendido que si queremos aspirar al Cielo, a la salvación eterna, sólo será posible si lo hacemos como ella, perseverando hasta el final.

Ella, la primera mujer nueva nos enseña el
camino del seguimiento de Cristo a todos nosotros. Ella lo cumplió en perfección pues fue preservada del pecado original y además perseveró en la virtud hasta el final. Nuestra misión será la de perseverar, la de cumplir la vida de virtud deseada por Cristo, ya que hemos nacido con el pecado de los primeros padres.

Este
pecado es heredado y nos ha sido perdonado por el Bautismo; nuestras obras son nuestras y nos acompañarán ante Dios: "Luego escuché una voz que me ordenaba desde el cielo: 'Escribe: ¡Felices los que mueren en el Señor! Sí –dice el Espíritu– de ahora en adelante, ellos pueden descansar de sus fatigas, porque sus obras los acompañan'". (Ap 14, 13)

Enlaces relacionados:
La Virgen María, la nueva Eva (I)
Novedades sobre la Virgen de Guadalupe

sábado, 21 de febrero de 2009

La Virgen María, la nueva Eva (I)


Ya los primeros Padres de la Iglesia atribuyeron a la Virgen María el título de Nueva Eva, lo que nos lleva a pensar que ya ellos vieron en ella las características propias de la que ha colaborado en la Historia de la Salvación de un modo absolutamente extraordinario.

Comencemos por el principio. El plan de Dios para el hombre era perfecto. Hombre y mujer, Adán y Eva, creados en armonía y colocados en el lugar ideal que todos soñamos para existir.

Y fueron creados puros, sin mancha, sin haber conocido el pecado; es decir, sin el que después conoceríamos como pecado original. Fueron dotados de libertad, pues el que ama no puede restringir la libertad de la persona amada, y el amor del Dios Perfecto tiene que ser necesariamente también perfecto. Por lo tanto, perfecta fue la libertad dada al hombre.

Seres humanos puros, libres para obedecer y amar, inocentes fueron (fuimos) creados. Sólo el pecado dio al traste con este plan. El mal uso de la libertad, la desobediencia, sembró la semilla del mal en el jardín del Edén. Y esa semilla terminó por contaminar todo el jardín, es decir, ese pecado original terminó por propagarse a toda la especie humana.

Todo ser humano quedó herido en su naturaleza e inclinadas sus pasiones al mal a causa de ese pecado. "... Sin embargo, la transmisión del pecado original es un misterio que no podemos comprender plenamente... el pecado original es llamado 'pecado' de manera análoga: es un pecado 'contraído', 'no cometido', un estado y no un acto." (Catecismo, n. 404)

Dios, en su infinita sabiduría, dispuso que para enmendar el error humano, para traernos la salvación, fuera un hombre como nosotros el que nos lo revelara. Pero como el ser humano no es capaz de salvarse a sí mismo, igual que el náufrago necesita del auxilio del que lo rescata, es Dios el que tiene que participar activamente en esa salvación, no como mero espectador.

Ese Hombre Salvador, por tanto, fue un ser humano; pero no cualquier ser humano, sino un Hombre-Dios, compartiendo dos naturalezas en su mismo ser, siendo completo hombre y completo Dios.

Como hombre que era, debía de nacer de una mujer. Y Dios dispuso, preservar a esa mujer del pecado heredado de los padres, del pecado original, para que el mismo Cristo no estuviera en contacto con el pecado y para que no hubiera el menor asomo de duda de que el pecado no pudo haberse propagado a Él.

Entonces, Dios puso una 'barrera de contención'. La Virgen María, la que habría de ser su madre, fue concebida ella misma sin pecado original. Sólo Eva había compartido como mujer ese privilegio con ella.

La Virgen María fue, por tanto, como Eva, una mujer perfecta, una mujer hecha según los planes de Dios que nos cuenta el Génesis. Mentalmente podríamos haber cogido a la Virgen Santísima y haberla trasladado al jardín del Edén que ella lo hubiera ocupado por derecho propio.

Con Adán y Eva, fuimos expulsados por Dios del paraíso, pero con la concepción purísima de la Virgen esa prohibición se levantó para ella. La Virgen ya pertenece a aquella condición humana creada para vivir en el paraíso con su pureza original. Por tanto, quien hubiera de nacer de ella tendría que ser igualmente puro, ya no habría más propagación del pecado original en su línea descendente.

Desde la concepción purísima de la Virgen, el mundo ya no es igual para todos nosotros, de alguna manera. Sigue habiendo muerte, odios, guerras, injusticias, debido a la concupiscencia del pecado original, a la inclinación al mal que nos ha dejado, pero éste ya no reina en el mundo.

Quienes naciéramos de Cristo por el Bautismo, quienes perteneciéramos a la familia de Dios, quienes fuéramos hijos suyos, descendientes de esa misma línea no por la sangre sino por el espíritu, estaríamos igualmente libres del pecado original, se nos perdonaría ese pecado al adquirir la condición de hijos de Dios, es decir, por el Bautismo.

Por esto, el Bautismo nos hace hijos de Dios y libres del pecado original al mismo tiempo.

(Continuará ... La Virgen María la Nueva Eva II)



Enlaces relacionados:
Sobre la Virgen de Guadalupe
La gebirá mesiánica en el Antiguo Testamento
La gebirá mesiánica en el Nuevo Testamento. La Virgen María