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domingo, 9 de septiembre de 2012

El amor verdadero



En aquel verde valle, la pequeña casita ocupaba un lugar privilegiado. Situada en una ladera de la montaña desde ella se veía tanto la hondonada que se extendía a sus pies hasta perderse entre los valles contiguos, como la panorámica que la cumbre del monte ofrecía nada más levantar la mirada. Era el lugar ideal para vivir, y también para trabajar. El único vestigio de civilización que podía apreciarse desde allí lo constituía una estrecha carretera que serpenteaba por el valle para ir buscando, poco a poco, sinuosamente, el pie de la casa.

Aquella casa servía de lugar de acogida para personas que necesitaban ser atendidas, que necesitaban ser amadas.
Allí había personas enfermas, ancianas, solitarias; todas ellas con alguna falta esencial en sus vidas, carencias físicas, carencias espirituales, carencias afectivas. Quizás de todas ellas, las del corazón eran las más dolorosas, pues muchas personas sufrían por padecer alguna enfermedad, pero quizás las que mostraban un sufrimiento mayor eran las que habían experimentado el dolor en sus afectos.

De todas ellas se ocupaba el personal del centro que abarcaba desde personas muy sensibles, comprensivas y pacientes hasta otras que no lo eran tanto. Al frente de todas ellas destacaban por su experiencia y su dominio de las situaciones dos mujeres: sus nombres eran Sara y Susana. Las dos procuraban hacer bien su trabajo, pero su diferente carácter hacía que al final los frutos fueran muy distintos.

Sara era más paciente y había logrado controlar las situaciones que a diario se presentaban en un centro en el que los problemas se hallaban siempre a flor de piel. Susana, por el contrario, era una persona de carácter que afrontaba las situaciones difíciles con aspereza.

La vida transcurría apaciblemente en aquella casa, como si cada día fuera a acabarse todo, como si todos los días se prolongaran hasta la eternidad.

Un día, Sara vio a un coche acercarse en lontananza por la carretera cuando apenas era visible y el rugido de su motor ni siquiera llegaba a susurrar en su oido. No pasó mucho tiempo hasta que el coche alcanzó la casa y se bajaron sus ocupantes. Un señor mayor avanzaba con dificultad ayudado por una mujer y un hombre. Se veía que tenía algún padecimiento serio pues su semblante reflejaba dolor y angustia y caminaba un poco encorvado y trabajosamente. Sara avisó a Susana y salieron ambas a recibir a aquella comitiva que se acercaba cada vez más a la puerta de la casa.

Tras el saludo de cortesía habitual, se presentaron los visitantes y entonces fue cuando ellas se enteraron de que aquel hombre se llamaba Moisés. Sara se dio cuenta de que él la miraba con un brillo especial en sus ojos, si bien no hizo ningún comentario a Susana, pues ella no se tomaba siempre a bien todo lo que le decía. Recibieron a aquel hombre y lo introdujeron en la casa hasta donde estaría su alojamiento personal.

Susana no observó nada anormal en él, era un enfermo más, que traería sus problemas para compartirlos con ellas, mientras que Sara quedó enganchada en la mirada de aquel señor que, por momentos, iba cautivando su pensamiento.

Los días fueron transcurriendo. Sara seguía procurando atender a todos los que tenía a su alrededor con la mayor bondad que podía, hablaba con un tono de voz moderado y procuraba controlar su genio ante cualquier contratiempo que se presentara. Susana mostraba, sin embargo, un semblante más inmoderado, más seco y distante. Con Moisés, ambas se mostraban tal y como eran, de lo que él fue dándose cuenta con el transcurrir de los días.


Cuando habían pasado tres meses, Moisés mandó a llamar a las dos responsables, a Sara y Susana. Él las esperaba en una sala con un gran ventanal por el que entraba el sol a raudales, con una claridad inusual, pero sin hacer ningún tipo de daño. Moisés permanecía en pie, cerca del ventanal, mientras esperaba a que ambas llegaran. No tardó mucho en llegar Sara, que se extrañó de la luz tan arrolladora que llenaba aquella estancia, y que casi le impedía ver a Moisés. Casi a la vez llegó Susana, que se fijó en lo mismo.

Los tres permanecían en silencio, mientras Moisés no dejaba de mirar por el ventanal hacia el profuso sol sin sentir la más mínima molestia. Poco a poco se volvió y las dos quedaron muy extrañadas, casi asustadas. Moisés ya no caminaba de manera vacilante y pesada,  su mirada era limpia y serena y no revelaba ninguno de los padecimientos que ellas habían podido constatar en estos tres meses de su estancia allí. Él se acercó a ellas y las miró a los ojos.

"Antes de venir aquí sabía que me iba a encontrar claridad y oscuridad, luz y sombra, calor y frialdad. Y decidí venir a comprobarlo".

Ellas permanecían en silencio ante aquellas primeras palabras. Él prosiguió:

"He visto que el amargor se volvió dulzura, que la ira se tornó amor y la suavidad terminó por agrietarse. Vosotras habéis construido lo que sois. Quien antes era aceite que cura, hoy es veneno que mata. Quien antes era espinos, hoy es rosa."

"Sara: los duros reveses que recibiste en tu vida los has convertido en trampolín para crecer. Susana: eras una persona afable y cariñosa, pero el mundo, la codicia, la vanidad, la presunción, el egoísmo hicieron presa en tí y no te rebelaste; ellos hicieron de tí lo que hoy eres".

"Ambas habéis hecho uso de vuestra libertad y vuestra voluntad. Recibiréis en consonancia".

Ambas lo miraban con perplejidad. Sara recordó en este momento sus malos modos y sus errores del pasado y no dejaron de asaltarle lágrimas y pensamientos de arrepentimiento y dolor por el mal causado.
Susana, en cambio, quería justificar su situación; a duras penas reconocía que ella había cambiado a peor, pues pretendía convertir toda su existencia en una excusa para su carácter actual.

"Si yo hubiera sabido que tú, el Rey de la Luz estabas aquí, si te hubieras hecho presente...

...entonces tu amor no habría sido verdadero sino sólo una apariencia", sentenció Moisés.



Para reflexionar:

Amar es una cualidad divina. Hemos sido llamados a compartirla con Él. Ver a Dios cara a cara es ser como Él, pues la fe se convierte en evidencia. Pero para ser como Él, que es el amor, para relacionarnos con Él, tenemos que conocer previamente el amor, pues ¿cómo vamos a amarle entonces si no lo hemos amado antes?. Una cierta oscuridad es necesaria para abrir nuestro corazón al amor antes de la visión final.

Moisés las juzgó después de conocerlas, después de darles la oportunidad de cambiar sus vidas para mejor, no antes.

Jesús espera a la puerta de tu alma hasta el último momento a que lo invites a entrar. Pero no lo confíemos todo al último momento intentando sacar partido. Nuestra existencia se forja en una larga sucesión histórica de bienes y males, de aciertos y errores, pero confiar en el arrepentimiento final no es una buena opción.

Junto al mandato del amor, hemos recibido una prohibición: la de juzgar a los demás. Si queremos empezar a amar, tendremos que dejar de juzgar.

No te juzgarán por el peso que tengas colgado de tus pies, sino por la agilidad con que hayas batido tus alas para subir, aunque a duras penas hayas levantado el vuelo. Una vez libre de esa rémora, esas mismas alas te llevarán bien alto.


Ninguna obra de arte se termina en un sólo brochazo, en un sólo golpe de martillo, con un sólo golpe de gubia, con un sólo ladrillo, sino con la paciencia de una larga labor. Este es el camino seguro para el artista.

Un golpe en el yunque es inútil si el artífice es inexperto e inhábil. También es inútil si el golpe no tiene la finalidad de crear una hermosa artesanía de la forja. Incluso, yendo aún más allá, si el metal es demasiado blando, no obtendremos la obra artística hermosa que buscamos. Golpear por golpear no lleva a nada.

Sin embargo, nuestro artífice es el más hábil de los artesanos y su intención irrevocable es la de hacer de cada uno de nosotros la mejor de sus obras. La dureza de nuestro corazón ha de ser moldeada por el artesano, y eso a veces duele. Esos golpes no son estériles si los recibimos con esta finalidad.

Nuestra vida es lo bastante corta como para que la entendamos como un regalo de Dios y nos apresuremos en emplearla para amar.
Y es lo bastante larga como para tener tiempo de recibir innumerables oportunidades para mejorarla y crecer.

No somos lo que nuestras circunstancias hacen de nosotros; 
somos lo que nosotros hacemos a partir de nuestras circunstancias, con la ayuda de la gracia de Dios.

jueves, 12 de julio de 2012

El otero de Dios

Aquel viejo vivía allá en lo alto, en aquella montaña que dominaba el inmenso mar. Mucha gente pensaba de él que estaba loco, pues había llevado una vida apartado de todos, en soledad. 

Desde su otero divisaba el más profundo horizonte llevando su vista más allá de donde ningún humano podía alcanzar fácilmente y aquello le imprimía a su espíritu una paz y serenidad que le hacía volar más alto, por encima de las nubes.

El valle se derramaba a sus pies, desparramándose hasta encontrarse con la espuma del mar que batía incesante contra la playa; él podía contemplar en la distancia a sus conciudadanos que se afanaban en aquellos inmensos pastizales que al borde del mar daban sus frutos generosos. Aquel pueblo vivía de sus cosechas y eso el viejo lo sabía.

Como todos los días, salió de su cobijo y se dispuso a contemplar una nueva jornada aquel bodegón marino pintado para él cada mañana. Pero en cuanto clareó la luz del alba, su visión se mezcló con la maraña de sus pensamientos y quedó petrificado. 

Pasado el estupor inicial, con el rostro desencajado, en una reacción propia más de un loco, alcanzó a coger su calzado y comenzó una desenfrenada carrera ladera abajo. Iba al límite de la velocidad que sus piernas le permitían. Corría y corría, mientras sus pensamientos le empujaban cada vez más en su loco arrebato.

Llegó al valle en su desarbolamiento antes de que su mente hubiera pergeñado alguna idea. Casi sin pensarlo, cogió una tea de las que sirven a los labriegos para calentarse y comenzó a prender fuego a los pastizales. Era la temporada seca y el fuego volaba por entre las matas de aquellos campos. 

Los labriegos no salían de su asombro: estaban viendo con sus propios ojos cómo aquel viejo loco estaba quemando el fruto de sus trabajos, lo que habría de darles de comer hasta el próximo año. Y todo estaba siendo devorado por aquel fuego.
Sin que mediara ni una sola voz, soltaron los aperos de labranza que tenían en las manos y salieron corriendo en pos de aquel loco. La brisa marina aventaba aquel huracán de fuego, por lo que aquellos labriegos desfogaron su rabia persiguiéndolo a él.

El viejo levantó la mirada de su faena destructora y entre las brasas vio cómo sus vecinos comenzaron a perseguirle abandonando todo a su paso. Con la complacencia de una leve sonrisa, soltó la tea que tenía en las manos y comenzó a correr ladera arriba tan rápido como pudo.

Su vida dependía de ello.

Había tomado muchas decisiones en su vida, pero aquello no tenía nombre. Destruir de aquella manera tan inútil el trabajo de tantas familias no podía recibir ningún perdón. No habría explicación posible para aquello, por lo que todos estaban dispuestos a acabar con aquel viejo de una vez para siempre.

Movidos por su ira, contemplaban al ir subiendo por la ladera la devastación del fuego en aquellos fértiles campos, prendiendo aún más la hoguera de su odio por aquel insensato de modo que los últimos tramos de la escarpada subida los hicieron sin fuerzas pero con la llama del rencor prendida vivamente en su corazón.

El viejo apenas les pudo sacar alguna ventaja al llegar a la cima y totalmente extenuado se situó a la entrada de su casa mirando al mar. Cuando los campesinos coronaron la subida, lo vieron allí, apenas en pie, y fueron a por él. Cuando faltaban unos metros para hacerle presa, el viejo levantó su brazo y señaló al mar en pos del horizonte.
Ante aquel inesperado gesto, movidos más por la curiosidad que por la inercia que llevaban, volvieron su mirada a donde el viejo les señalaba. 

En aquel mismo instante una muralla de agua comenzaba a levantarse en un imponente silencio a sólo unos centenares de metros de la orilla. La inmensa ola abarcaba desde un confín al otro de la playa, succionando el agua y todo lo que encontraba a su paso al tiempo que de manera rugiente comenzaba a romper y a entrar con inusitada fuerza en aquel valle antes paradisíaco.

Los ricos campos de pasto ahora eran arrasados por la fuerza del agua del mar en el mismo lugar en el que ellos habían estado hacía unos instantes trabajando. 

Todos quedaron mudos, helados de pavor, sin palabras que articular, sin saber qué pensar o qué decir. Después de contemplar aquella devastación, comprendieron que aquel viejo había salvado sus vidas. Y lo había hecho de la manera más incomprensible: destruyendo lo más querido para ellos. Al fin y al cabo lo tenían por loco.

Aquel anciano venerable recibió el agradecimiento sin fin de los que, a partir de entonces, fueron siempre sus amigos.

Nosotros vemos nuestras vidas desde aquí abajo...
¿Os imagináis cómo ve Dios nuestras vidas desde su otero en lo alto? 
¿Os imagináis cuántas decisiones de Dios en nuestras vidas las tildamos de locas simplemente porque no vemos lo mismo que ve Él?
¿Seguimos a Jesús con la llama del amor en nuestro corazón... o con alguna otra?

Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, 
atraeré a todos hacia mí.
Jn 12, 32

(Inspirado en una historia de mi infancia)


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lunes, 21 de mayo de 2012

El papel del pecado en nuestras vidas

No podemos conocer la mente de Dios. Por lo tanto, cualquier esfuerzo por acercarnos a comprender la finalidad de todo lo que nos pasa (especialmente de las cosas malas) es siempre una tarea limitada.


De esta premisa parto.


¿Juega el pecado algún papel en nuestras vidas?


El pecado es siempre algo a evitar. Sin embargo, Dios sabe extraer sabias lecciones para nosotros, aun de lo más negativo, aún del pecado. Sí, Dios se vale de todo, incluso del pecado, para nuestro bien (Rm 8, 28).


La Iglesia proclama en cada Vigilia de Resurrección el Himno Pascual (Exultet), y en él decimos estas palabras compuestas por Santo Tomás de Aquino: "Feliz culpa, que nos mereció tal Redentor" (O felix culpa).


Estas palabras se basan en los escritos de San Agustín: "Dios juzgó mejor extraer el bien del mal, que permitir que no existiera el mal".


Es decir, el mal juega un papel en nuestras vidas. Pero no para regodearnos en él, para disfrutar de sus aparentes argucias y engaños, sino para utilizarlo como catapulta que nos dirija hacia el bien.


Cuando somos egoístas, estamos padeciendo el aislamiento a que nos conduce, la falta del goce del amor por el otro, creernos autosuficientes en todos. ¿Queremos seguir así?


Cuando somos soberbios, nos sentimos desplazados de los demás por nuestra propia exclusión, es decir, nuestra conducta nos aparta de los otros. ¿Esto nos llena?


Cuando somos libidinosos, creemos que ese placer no causa daño a nadie, pero nos daña a nosotros mismos, nos distrae de lo verdaderamente valioso en la vida, nos enfanga en una cadena ilimitada de goce pasajero que nos vuelve solitarios y nos aparta del amor verdadero. ¿A dónde nos conduce todo esto?


Cuando no amamos, nos privamos voluntariamente de nuestro prójimo.


Creemos que quienes se privan del resto del mundo son los Cartujos, y por lo tanto, en un primer vistazo, deberían ser los que menos aman a sus hermanos. Sin embargo, ellos conocen las más altas cotas del amor, mientras por otro lado muchas personas que viven en medio de nuestra sociedad experimentan la soledad y el aislamiento que te destruye y te amarga la existencia. Porque no aman.


¿Qué podemos hacer cuando experimentamos en nuestras vidas todos estos aspectos negativos del pecado? Utilizarlos como catapulta para salir de esa situación. Es el pecado el que nos proyecta hacia Dios.


¿Esto significa que debemos pecar para después obtener el beneficio de salir de ese pecado? Te contestaré con un ejemplo: paseamos tranquilamente por la calle, tropezamos en algún obstáculo evidente y nos caemos. Nos hemos hecho bastante daño y como consecuencia de él, nos proponemos tener más cuidado y no volver a tropezar en ese quicio. Incluso advertimos a nuestros amigos y familiares que tengan cuidado.


El dolor de la caída ha sido aleccionador, pero si se nos olvidara esa lección, no tendríamos la intención de volver a caernos para volver a tener el mismo dolor y volver a proponernos no caer. No. Incluso a nuestros amigos y familiares no les vamos a recomendar que caigan en el obstáculo para que sientan el mismo dolor que nosotros y no se tropiecen más.


Simplemente les  daremos nuestro testimonio personal diciéndoles que caer de esa manera puede causarles mucho daño.


El pecado (la caida) nos hace daño y a la luz de ese dolor, nos proponemos no volver a pecar (a caer). Pero no vamos a ser tan necios de pretender volver a pecar (a caer) con el objeto de que nos dañe (duela) para obtener nuevamente el beneficio del escarmiento.


Es decir, el efecto sanador del pecado no debe interpretarse nunca como una licencia para pecar. Dios quiere que experimentemos la enfermedad del pecado para que anhelemos la salud de la gracia y también, para que seamos testigos ante los demás de que es preferible la verdad a la mentira.


¿Qué condición es imprescindible para que el pecado sea sanador? Reconocernos pecadores y arrepentirnos. Cuántas personas viven en nuestro mundo inmersos en el pecado, público o no, y se mantienen así durante años, incluso durante toda su vida. A esas personas su pecado no les sana.


Círculo maravilloso que nos lleva a reconocer el efecto sanador del Sacramento de la Penitencia por el que nos reconocemos pecadores, nos arrepentimos y obtenemos el beneficio de la Gracia de Dios que nos saca de nuestro estado caido.


El pecado, que es dolor, aflicción, caída, oscuridad, se convierte en medio de salud, alegría y luz por medio de la acción de Dios.


Maravillosa la mente de Dios, sólo en lo que nosotros podemos alcanzar.


Enlaces relacionados:
¿En qué consiste comprender la mente de Dios? Juan Pablo II
El retrato de nuestra alma
El sentido del ayuno cristiano


sábado, 17 de diciembre de 2011

El retrato de nuestra alma

Hace pocos días estaba viendo la versión antigua de la película "El retrato de Dorian Grey". Muchos podréis pensar qué tiene esto que ver con nuestra fe o con la religión, pero el hecho es que a mí me llevó a una reflexión que me gustaría compartir con vosotros.

El personaje de la película vende su alma al diablo para conservarse físicamente tan joven y bello como aparece en un retrato que le había hecho un famoso pintor. En esa "venta" su alma queda traspasada al cuadro y es éste el que envejece.

Si embargo otro fenómeno curioso ocurre con el retrato y es que también muestra toda la degradación moral que Dorian va sufriendo al llevar una vida disoluta y corrupta.


Hasta tal punto el retrato se vuelve repugnante que el mismo Dorian se siente tentado de cambiar su vida para  ver si puede cambiar esa horrible pintura. Sin embargo debido a la naturaleza del pacto con el diablo eso ya no es posible.

Yo pensé, ¿y si cada uno de nosotros tuviésemos un cuadro de nuestra alma, donde se fuesen reflejando todos y cada uno de nuestros pecados?. ¿Qué supondría en nuestras vidas el ver como el pecado nos degrada y estropea ese alma pura y limpia que tenemos en el momento de nuestro bautizo, cuando ya hemos sido librados del pecado original?

Creo que a muchos de nosotros nos haría cambiar y querer ser mejores. Intentaríamos conservar nuestra alma tal como Dios nos la regaló, aunque sólo fuera por no ver nuestra propia fealdad, esa que sólo Él puede ver, la verdadera, la que los demás no ven.

 A diferencia del personaje de la película nosotros sí que tenemos un medio para librarnos de esa fealdad: el sacramento de la penitencia.

 Acerquémonos al confesionario, pidamos sinceramente perdón a Dios, cambiemos nuestras vidas, para que Él pueda siempre vernos limpios e intachables, a imagen y semejanza suya, tal como nos creó.

domingo, 11 de septiembre de 2011

La unción de los enfermos perdona los pecados

Abrimos hoy el Catecismo de la Iglesia y nos dirigimos al n. 1532. En él encontramos la doctrina católica sobre los efectos del Sacramento de la Unción de los enfermos.
Es muy útil que conozcamos esta doctrina para nuestra propia vida y la de las personas que dependen de un modo u otro de nosotros.


Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1532: 
La gracia especial del sacramento de la Unción de los enfermos tiene como efectos:
— la unión del enfermo a la Pasión de Cristo, para su bien y el de toda la Iglesia;
— el consuelo, la paz y el ánimo para soportar cristianamente los sufrimientos de la enfermedad o de la vejez; 
— el perdón de los pecados si el enfermo no ha podido obtenerlo por el sacramento de la penitencia; 
— el restablecimiento de la salud corporal, si conviene a la salud espiritual; 
— la preparación para el paso a la vida eterna.


Enlaces relacionados:
El pecado imperdonable
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Los regalos misteriosos de Dios

domingo, 14 de agosto de 2011

El pecado imperdonable

Los evangelios nos hablan de que los pecados podrán ser perdonados, excepto uno. El Catecismo de la Iglesia Católica viene a aclararnos, con su habitual precisión y certeza, cuál es este pecado:


1864 “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada” (Mc 3, 29; cf Mt 12, 32; Lc 12, 10). No hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo (cf DeV 46). Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna.


Por lo tanto, el pecado imperdonable es el que ofende al Espíritu Santo de tal manera que hace que el pecador no reconozca el poder de Dios para perdonar


En definitiva, no será perdonado quien no quiera recibir el perdón de Dios, quien levante una barrera ante sí mismo de manera que no permita que Dios se le acerque. El Catecismo finaliza con la expresión: "... semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final ...", lo que deja abierta la posibilidad última de salvación del pecador a la misericordia de Dios, que nos conoce hasta en nuestras más íntimas mociones y pensamientos para discernir perfectamente un último hálito de arrepentimiento.


Nuestra obligación sigue siendo la de rezar por todos los que han levantado este muro en sus vidas, porque aunque a nuestra imperfecta percepción, podamos creer que son personas perdidas para Dios, es Él el Creador de todos y el Padre de todos. Que por la misericordia de Dios, no caigamos nunca tampoco nosotros en este camino sin final.


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La Virgen María, la nueva Eva
La salvación de otros depende también de nosotros
Sustancia, hipóstasis y relación en la Trinidad
Catecismo de la Iglesia (en español)

miércoles, 22 de junio de 2011

¿Tiene sentido el sacrificio, la penitencia?

Hablar hoy día de sacrificio o de penitencia puede resultar algo pasado de moda, como si estos conceptos hubieran dejado de tener sentido, como si fueran cosa del pasado.

Sin embargo, la Iglesia católica nos sigue hablando del sacrificio como parte de nuestra vida para fecundar nuestra existencia cristiana. Pero, ¿tiene sentido esto?


Evidentemente, a nadie nos gusta sacrificarnos ni recibir dolor o daño de manera natural, pues nuestro sentido de autoprotección nos induce a alejarnos de todo aquello que nos cause mal.

Sin embargo, estamos acostumbrados a ver en nuestro entorno (y en nuestra propia vida) gestos y actitudes que en muchos momentos nos llevan a asumir cierto dolor o fatiga para evitar un mal a otra persona querida: los padres que se sacrifican por sus hijos, los profesionales que arriesgan su vida por salvar la de un desconocido, las incomodidades que soportamos por aliviar la soledad o la angustia de personas que sabemos que las padecen, etc.

Muchos de estos comportamientos los asumimos libre y directamente en nuestras vidas sin plantearnos graves problemas, como algo natural, porque forman parte del Amor que Cristo nos ha predicado y que queremos llevar a nuestra vida de cristianos.

¿Por qué, entonces, no aceptar sacrificios para expresar nuestro amor por aquella persona que se marchó a la casa del Padre y que puede necesitar nuestro alivio desde la otra vida, en el purgatorio?

¿Por qué no expresar nuestro amor por la persona que tenemos cercana a nosotros asumiendo las dificultades de la convivencia como un sacrificio?

¿Por qué no convertir en un gesto de amor aquella enfermedad que nos agobia, aquella soledad que nos oprime, antes que dejar que nos angustien hasta la desesperación, al estilo de Cristo?

El mejor sacrificio no es el que nos buscamos a nuestra medida (ésta o aquélla penitencia externa) sino el que asumimos en nuestro contacto con los demás como parte de nuestra existencia: sobrellevar las dificultades del día a día suele ser mucha mayor penitencia que los grandes gestos externos penitenciales.

Todos estas penalidades no son sino meros trasuntos del amor verdadero que debe presidir nuestro corazón, deben ser reflejo de él y la consecuencia ineludible de nuestra práctica de la caridad.


Por ello, el sacrificio, la penitencia, son consustanciales a la esencia del cristiano e inevitables en todo aquél que quiera vivir cada día más cerca del corazón de Cristo, es decir, de su Cruz y de su Amor.



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miércoles, 25 de febrero de 2009

El ayuno, un gesto de amor


En este tiempo de Cuaresma, es habitual que la Iglesia nos proponga como un medio más de santificación el ayuno, es decir, la privación temporal del alimento de manera que lo experimentemos como una carencia en nuestra vida cotidiana.

Sin embargo, es muy frecuente que no entendamos el sentido del ayuno. O que lo intentemos explicar con razonamientos que no nos calan.

Muchas personas creen que puede tener un efecto terapéutico en nuestras sociedades en las que estamos acostumbrados a la sobreabundancia de alimentos. No creo que estuvieran de acuerdo con este argumento las personas que pasan hambre en países que sufren carencias de lo más elemental. Por lo tanto, no creo que el argumento terapéutico sea el más apropiado para explicar el sentido del ayuno cristiano.

En un segundo momento, podemos encontrar su lógica en el compartir. Nos privamos del alimento para compartir ese dinero que no gastamos con otras personas que lo necesitan. Este argumento utilitarista ("el ayuno sirve para que no gastemos...") tampoco es idóneo, a mi juicio, para explicar el sentido del ayuno. Es evidente que lo que no se consume puede ser entregado a alguien que lo necesite, pero entonces estaríamos hablando de la limosna, otro medio para la santificación en la cuaresma, y no del ayuno. Compartir los bienes, según el mandato de Cristo, es la tarea de cualquier cristiano. Pero ahora no nos estamos refiriendo a la limosna.

Hace mucho tiempo escuché una historia de una persona sencilla que puede ayudarnos a arrojar un poco de luz sobre la razón del ayuno. La mujer protagonista de esta historia tenía un hijo al que en su infancia le fue diagnosticado una diabetes juvenil. Como es natural, esto hacía que el régimen alimenticio de este niño se viera alterado sustancialmente. Mientras todos los niños se recreaban en golosinas, bocadillos y dulces, él no los podía tomar. Esto en un adulto supone un serio inconveniente, cuánto más en un niño en el que el ingrediente adicional es su inexperiencia y su inocencia.

Aquella mujer, para intentar consolar a su hijo que no podía tomar dulces, tomó una decisión: ella dejaría de tomar dulces también. Y así lo hizo. Si su hijo no podía tomar dulces, ella tampoco lo haría. A ella no le hacía daño el azúcar como a su hijo, pero ella renunció voluntariamente a ese alimento como un gesto de amor por su hijo.

Evidentemente aquello era un sacrificio para ella, le costaba trabajo, pero no estaba dispuesta a darse ese placer, ni aún ocultamente, si su hijo no podía hacer lo mismo.

En el mundo existe mucho dolor, mucha hambre: hay personas que pasan hambre en su cuerpo; otras pasan hambre de amor, de caricias, de gestos (esto es quizás aún peor); otras pasan hambre de relaciones humanas; otras pasan hambre de oraciones, como las almas que están en el purgatorio.

Todos pasamos algún tipo de hambre, porque todos nos necesitamos mutuamente y debemos suplir nuestras carencias recíprocamente. Y ayunar es la manera de sentirnos más cercanos de todos los demás, de olvidarnos de nosotros mismos y de nuestras necesidades para ir dándonos cuenta de que hay algo más que nuestro yo.

Guardar ayuno, entre otras cosas, es un gesto de amor que nos hace más cercanos a todos esos que pasan algún tipo de hambre, en definitiva, a todos los que todavía no reinamos con Cristo en su presencia. En el camino de amar cada vez más intensamente al prójimo, el ayuno debe ser un medio más para cumplir cada vez más perfectamente el mandato de Cristo.


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